6.7.19

Asilo


Hay quien es conocido por lo que otros cuentan de él. Alguien se preocupa de contarnos. Tiene de nosotros la propiedad que no se le ha concedido, ni invitado a usar y se maneja en ella con empecinada soltura. También nosotros nos ocupamos de que los demás tengan su relato sin que se nos confíe esa intendencia. Alguna vez se me ha ocurrido que todos contamos con biógrafos invisibles, cronistas de lo ajeno, gente recia de ánimo en el decir, en el pensar previo e indispensable, disponibles siempre, se les dé cartas en la trama o no, invitados o rehusados en el comercio de las relaciones.

Soy lo que se cuenta de mí tanto como lo que yo voy rutinariamente contando a voluntad, sin mostrar nunca lo más mío, por más que parezca lo contrario. Percibo a veces que una de esas personalidades prospera más que la otra. Que la preferida por mí o aquella en la que me manejo más a gusto no siempre es la que se espera. Tal vez yo haya alentado biografías falsas de quienes conozco, aprecio o amo. Entra en lo razonable. Son varios los personajes en los que depositamos el personaje principal de la sustancia de nuestra existencia. No podemos controlar el texto de esa narración. Se fía a la prudencia del relator, se espera que no desbarre, ni se esmere en las partes menos mostrables, las que no queremos que trasciendan.

No sé quién me cuenta, en fin. Cómo podría. Si el trasunto narrado me deja bien parado, es lo esperado, o es lo turbio y lo gris lo que acaba difundiéndose y lo reconocido afuera. Hay turbio y hay gris, hay ese fluido entre lo glorioso y lo penoso, entre la luz y la sombra. Por otro lado, a lo aprendido, importa poco o nada toda esta literatura. Dirán de nosotros lo que no procede, suele pasar, lo que se le ocurra al improvisado y sobrevenido contador, recurrirán al rumor o se formarán la opinión equivocada y hasta a veces urdirán falsedades, lo que no se ajusta a la verdad, pero es que la verdad está desprestigiada, se prefiere que no concurra, se ha ganado la fama de aburrida. Es la ficción la que irrumpe con más festiva presencia. La verdad es una construcción interesada. Siempre hay quien gana y quien pierde con ella. El verdadero negocio del alma no es la verdad, ni su anverso, la mentira montaraz y cruel y también creativa, sino la belleza. El mundo está a su estricta merced.

Cuando se constata que ese mundo está yéndose a pique, nada anormal ese pensar, es la belleza la que acude y lo endereza. Todo lo que hacemos está impregnado de belleza o de ausencia de belleza. Esto que escribo bajo unos árboles en la entrada de un hospital es una solicitud de amparo en el mundo. Verdad y sueño. Está a veces uno desamparado y clama asilo escribiendo. Queda el amor. Al final solo el amor nos cuenta a los demás y nos explica a nosotros mismos.

No hay comentarios:

La memoria de mi padre

 La memoria de un hijo la preserva un padre. En mi caso, la que ahora ha aparecido todos esos años después en un caja grande dentro de un ar...