13.12.16

Trenes

A veces nos gana la añoranza de las cosas que vivimos poco o incluso casi ni vivimos siquiera, pero que se impregnaron bien fuerte adentro. De entre todas, la que más echo en falta es la cercanía del tren, pero ni siquiera la idea fluida del tren, el que circula, recorre una distancia que nos transporta de un lugar a otro. Es la estación la que ocupa esta melancolía, la posibilidad de que el mundo se abra en ese edificio noble, antiguo a ser posible, en donde nacen y mueren todos los caminos. En las estaciones hay tanta o más vida que en cualquier otro lugar de la ciudad. Está la vida tangible y está la que se especula, la vida con la que el narrador engolosina su ocio y entretiene la espera. Recuerdo la de Córdoba, no la que hicieron cuando se inauguró el tren de alta velocidad; la que yo viví fue la estación vieja. Ahí está una parte de mi vida; no sé si una considerable o trascendente, pero justamente la que ahora siento desplazada en mi memoria, ocupada por recuerdos nuevos, como si no cupiesen todos, como si pugnaran por instalarse en un espacio de más relevancia o más sencillo alcance. Quizá los recuerdos sean también trenes que van de aquí para allá por la cabeza, subiendo y bajando escenas de la vida que se ofrece en el trayecto. Me quedo con el otro, con el tren lento, el que no gana adeptos porque se zampe los kilómetros sin que nos percatemos del viaje. Yo lo que deseo es percatarme, sí, degustar la distancia. No perder nada de lo que custodia mi memoria, no permitir que el olvido se permita ejercer su oficio y acabe devorando las cosas más preciosas. El tren fatiga la distancia que nos separa del olvido. La hace pequeña o, en el caso de que no logre ese deseo, produce la sensación de que es pequeña y de que el viaje es disfrutable y único también.