14.12.16

Soy muy bueno viendo cine negro de la RKO


A mi amigo Rafa Padillo, rkoista declarado.
A mi amigo Pedro del Espino, el trasegador de imágenes.

Hacer algo tan bien que no parezca que se esté haciendo, llevar la maestría al extremo de que no produzca la impresión de que algo extraordinario esté sucediendo, sino que fluya con normalidad y se asiente adentro y sepa uno que ya no es posible evadirse de ese pequeño resplandor interior. Yo he pensado en qué ejerzo esa maestría, sobre qué asuntos exhibo un dominio firme al que no afectan el rigor de lo real, el roto grande que produce vivir, aunque forcemos a diario las maneras para que los días nos besen. Hay algunos que besan con más ardor que otros y los hay que arañan y rompen, días en los que no se alberga la esperanza de que florezca algo bueno. He pensado en qué me manejo con esa soltura formidable, la del maestro que oficia su trabajo, la del paciente obrador de su propia causa. Tras haber pensado (en serio que le he dedicado tiempo) sólo he llegado a la conclusión de que soy muy bueno viendo cine negro de la RKO o de la Paramount. Me vale, sin que se resiente ese ardor primigenio, Universal o la Warner. He sentido placer confesable al ver a Sam Spade buscando en los bajos fondos un halcón maltés o a Philip Marlowe aceptando el caso de dos hermanas de familia noble y vida turbia o a Cody Jarrett diciéndole a su madre, a poco de morir abrasado, que está en la mismísima cima del mundo o al infame, corrupto y gordo Quinlan, sediento de mal o, una de mis favoritas, la del agente de seguros que se deja engolosinar por la cliente rubia y le hace el trabajo de liquidar al marido. He sido feliz al asistir a esa representación del mal, he apreciado mi inclinación natural a dejarme conmover por el blanco y el negro impecables que en la pantalla dibujan el mundo. Creo que no hay cosa que haga mejor que ésa. Hay otros asuntos que se me dan bien, en los que salgo airoso si los acometo. No siendo pudoroso en absoluto, reconozco que sé hacer ciertas cosas y que hasta podría enseñar a otros a procurarse la misma intendencia que yo poseo, en las que me aplico con absoluta naturalidad. No es una distinción que sólo yo haya adquirido: la cumplen con igual o mayor calidad muchos a mi alrededor. No albergo la vanidad de pensar que únicamente yo las acometo con esa solemnidad y calidad de las que aquí presumo.

Aparte de mi apasionamiento cinéfilo o de mi entusiasmo a la hora de escuchar la trompeta de Chet Baker o el piano de Oscar Peterson o del noble vicio de releer cuentos de Borges o de buscar poesía en las librerías, sé estar solo, anhelo a veces ese momento en que nadie te distrae de lo que has decidido hacer. Hasta hay veces en que no hay particularmente nada que hacer. Ni siquiera escuchar a Bill Evans, leer a Thomas Mann o ver la última película de Woody Allen. Todas esas distracciones culturales no rivalizan con el momento en que mi mente se disipa en la contemplación limpia de la realidad. En ocasiones reparamos en el paisaje que nos rodea, en los objetos que nos circundan. No se les da aprecio, no se les tiene (creo yo) el respeto que merecen. Ayer vi a un amigo enganchado a su cámara. Paseaba el pueblo. Parecía no tener prisa. Sólo tenía esa voluntad de mirar otra vez todo aquello que ya había visto cientos o miles de veces. La idea es que hay algo que, a pesar de que se conoce, puede asombrar todavía. Pensé en el placer que le esperaba, en esa caza sin víctimas en las que el ojo acecha lo real y lo aprisiona, lo recluye en su memoria (en la de la cámara) y lo fija en el tiempo, como si fuese una especie de compensación a la certeza de que el tiempo lo acabará erosionando, corrompiendo, haciendo que pierda su esencia o dándole otra, otra que no coincide con la que nosotros barajábamos. De verdad que soy bueno en estas cosas: en la RKO, en la Paramount, en la MGM... No hay vez en que acabe una de esas películas en que no sienta la convicción de que una parte de mí, no creo que una desdeñable, existe únicamente para que yo la siente frente a la pantalla y le proporcione su pequeña ración de cine negro. A las alturas de mi vida en las que estoy todavía ando buscando mi lugar en el mundo. Voy eligiendo uno y descartándolo, fiándome de que alguno que sospecho fundamental lo sea fiablemente y zafándome de los que de verdad no me incumben y no son míos ni lo serán en modo alguno. Uno de los lugares a los que pertenecemos debe ser esa restitución doméstica del placer, venga de donde venga, proceda del lugar que sea. Es una especie de refugio, un monumento a la intimidad más pura.

2 comentarios:

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Pedrodel dijo...

Gracias, amigo Emilio, por hacerme partícipe de tus ideas.
Yo sé que sabes hacer bastantes más cosas de las que aquí cuentas, muchas más; pero claro, esta te entusiasma bastante más.
Un fuerte abrazo.