19.12.16

Las palabras mágicas


Yo creo que no hay mejor sitio en el mundo para escribir una novela triste que un balneario para tuberculosos. La montaña mágica, la imponente obra de Mann, no habla de la tristeza; ni siquiera es un argumento secundario de entre los muchos que la cruzan. Lo que cuenta es la historia de la lentitud. También es un monumento al aburrimiento. No porque la novela sea aburrida, a pesar de que algunos tramos incomoden, deseemos que corran más aprisa, sino porque hace un estudio pormenorizado del tedio, que atenaza a todos los personajes, impregnando sus conversaciones. Sobran muchas de las que larga Settembrini, un vividor, un filósofo, un hombre de su tiempo y un coñazo, según uno soporte sus digresiones. Imagino que no hay personajes como los de Mann en la vida real, en la de las calles, en la de las terrazas de mi pueblo. Siempre pensé que la verdadera vida estaba en las novelas de los grandes escritores. De pequeño recuerdo que me llamaba la atención lo bien que hablaban los personajes de las películas. Las suyas eran conversaciones que yo jamás escuchaba en casa o en la escuela, conversaciones de una profundidad enorme. Todavía sigue esa fascinación, perdura la idea de que un personaje secundario de una película italiana de los cincuenta es capaz de formular oraciones que yo no sabría. En Deadwood, la imponente serie de la HBO sobre el nacimiento del Oeste americano, entre otros asuntos de más hondo calado, los personajes hablan como si les insuflara el mismísimo Shakespeare una brizna de su genialidad. Y el caso es que los escucha uno con absoluto asentimiento. No hay renuencia, no existe nada que pueda parecerse a un rechazo o una incomodidad. Gusta que los demás hablen bien. Se enreda la cabeza en la bondad de las palabras, se engolosina con los adjetivos o con esa especie de subordinación hipotáctica, de recorrido largo, que sabes dónde empieza y abres la boca mucho, por puro asombro, cuando adviertes dónde ha acabado. Pensé en las novelas tristes hoy, nada más levantarme, hace un momento. Será porque es lunes o porque ayer estuvimos todo el día en casa o porque no rige uno qué se le va a venir a la cabeza nada más poner el pie en el suelo, poco después de que la trompetería apocalíptica del despertador te robe de la felicidad consoladora del sueño. El de anoche es deliciosamente caótico. Es curioso: jamás usaría en la calle, en una conversación con un amigo, el adverbio deliciosamente matrimoniado con el adjetivo caótico. Sin embargo, una vez escrito, me agrada. Amamos la literatura porque amamos el lenguaje. Estamos prendados de que exista. No lo manifestamos, no vamos por ahí diciendo que amamos la lengua que usamos, pero es la verdad. Que el lunes vaya bien.

10 comentarios:

Melmoth el errabundo dijo...

Me gusta mucho La montaña mágica de cuyo argumento se parece un poco a Muerte en Venecia, publicado doce años antes: en ambos casos, la historia trata de viajeros confrontados consigo mismos, frente a frente con su propia verdad y que se despiden del siglo XIX. Qué bonito, me dan ganas de llorar, sobre todo teniendo en cuenta que nosotros ya lo hemos hecho con el XX y aquí estamos, en el XXI y ya no quedan sitios para ir a morir apaciblemente. ¡Si vieras cómo está Venecia! Y las montañas están acribilladas de urbanizaciones y estaciones de esquí. En fin. Mann escribió La montaña mágica entre 1912 y 1923, la obra maestra de la literatura de Weimar, la Alemania pre-Hitler, democrática y cultivada; a posteriori, uno no puede iniciar su lectura sin pensar en el cataclismo que, entre líneas, no deja de anunciar. Para el mundo entero, Mann fue la encarnación del anti-Hitler. Novela de iniciación, amigo Emilio, pero también sinfonía wagneriana, su montaña no solo es mágica sino también hipnótica, casi somnífera: ese hechizo que Stanely Kubrick tan bien describió en El resplandor (resumiendo, todo escritor aislado en una montaña acaba majara perdido). En Los testamentos traicionados, Milan Kundera se refiere al "tono sonriente y aburrido hasta lo sublime de Thomas Mann", y aunque no resulta demasiado amable, hay algo de verdad en el comentario. Quisiera recordar que sus dos hermanas, así como dos de sus hijos, Klaus y Michael, se suicidaron. Y yo mismo no me encuentro muy bien.

En fin, te digo todo esto para desearte unas felices fiestas, amigo mío. Han sido muchos los artículos leídos aquí este año. Han sido muchas cosas sentidas, reflexionadas y amadas, ¿no es cierto?

Cuidado con el colesterol.

Abrazos mil.

Emilio Calvo de Mora dijo...

Mándame al correo tu teléfono nuevamente, Francisco.
Es cosa de que recuperarlo. Lo perdí, como suelo perder las cosas.

Melmoth el errabundo dijo...

¿Te llegó el correo?

Mycroft dijo...

Estoy totalmente en contra de todo lo que dices sobre la novela de Mann, aunque no eres el primero al que se lo leo, y ya me he batido en luchas interpretativas. La obra de Mann, como muchas otras, se lee diferente dependiendo del momento vital en que la leemos, pero no es una novela sobre el aburrimiento, sino sobre la muerte.
Las conversaciones de Settembini no sobran. Más bien vertebran la metáfora que es la estancia en el balneario, la calma de la vieja Europa ignorante de los fuegos que vendrán al final de la novela. Settembrini y Nafta luchan por el alma del protagonista, que descenderá de la montaña sólo para morir en una guerra estúpida, pero que en la montaña está rodeado de muerte, de enfermedad, de desidia, del alma envejecida del continente. Settembrini intenta insuflarle vitalidad. Hans está paralizado, somnoliento, asustado realmente de la vida, algo contra lo que Settembrini lucha, mientras que Nafta es puro thánatos... Si Castorp se deja seducir por la Montaña es porque en su juego de puro paréntesis, puede huir de la vida que otros han decidido por él, de la rigidez germana del deber familiar, de la seriedad de su vida de ingeniero: La enfermedad es la excusa para no vivir una vida inauténtica. Pero al rendirse a la Montaña sólo se hace trampas al solitario.
No es una novela sobre el aburrimiento, y las personas aburridas en realidad son gente en vertiginoso descenso hacia la muerte.

Mycroft dijo...

En muchos sentidos Settembrini es mucho más esencial a la trama que Joachim, porque es el único que opone razones válidas a Hans para que abandone la Montaña. Las razones de su familia tienen el efecto opuesto; Cargan a Castorp de más necesidad de huir del guión preestablecido. Settembrini le insta a que huya de ambas trampas. Además es el único que intuye que se forma en el horizonte una nube negra, la Gran Guerra, que los arrastrará a todos.
El propio Mann reconocía que el pasaje de la tormenta de nieve es una representación de la muerte. Además Mann también estuvo en un balneario, y también tenía constantemente la dualidad entre una vida de "lo que se supone que debe vivir un hombre de su posición" y lo que quería vivir. Puede que el destino de Klaus (excelente escritor a su vez)fuera trágico, pero Thomas Mann no podía menos que alegrarse y envidiar la naturalidad con que su hijo Klaus vivía su sexualidad. Mann nunca pudo.

Mycroft dijo...

Dicho de otro modo, la Montaña Mágica y su interín, para algunos de puro tedio, para otros de rutinas sutiles, bajo cuya superficie hay todo un mundo de matices, una auténtica ebullición encubierta, sólo existe porque existe la necesidad de Castorp de escapar de la vida de "Abajo".
Y a su vez, en una segunda lectura, los tediosos y repetitivos rituales de los pacientes, son las rutinas y las costumbres de los hombres en general: Sus trabajos de 9 a 18, sus cafés, sus escapadas... Son los paseos, los desayunos del balneario, y lo mismo que sus inquilinos, la muerte es inminente, y a pesar de ello, no somos capaces de dotar de sentido y de plenintud a nuestra vida, sino que nos perdemos en lo cotidiano.
Bueno, perdona la brasa, es una novela que he pensado MUCHO, porque me he visto demasiado reflejado.

Emilio Calvo de Mora dijo...

No leemos la misma novela, incluso es mejor que sea así. El aburrimiento es la lentitud de la que hablo, ese descenso inapelable a la muerte, de la que hablas y que existe en la novela de Mann. Habla de rutinas, de mecánicas. La impresión que guardo, que no es tan intensa como la que tú enérgicamente cuentas, es la de sentirme desplazado de la alegría, como si todo lo que allí ocurre fuese una especie de viaje hacia el vacío. La luz yendo a la sombra. Por eso nombro el aburrimiento, que no la tristeza. Mann se reprimió lo que pudo, se dejó intimidar por su época, pero dio con la manera de retratar la desviación que él no admitiría nunca. Hasta lo dice arriba Machuca. Son muchas novelas las que hay en una misma novela. Es lo bueno. Y el diálogo, Mycroft, y la idea persistente de que siempre habrá un lector que nos haga ver las cosas de otra manera o reafirmarnos en la que traíamos. A mí, por precisar otra vuelta, me ha parecido el punto de partida para entrar de nuevo. Está ahí detrás. La estoy viendo ahora mientras escribo.

Emilio Calvo de Mora dijo...

me llegó el correo, caballero.
felicitaciones de vuelta,
hablaremos, hay que sentirse bien

Mycroft dijo...

Como curiosidad, el audiolibro que hay en Ivoox es uno de los mejor narrados que se pueden encontrar...Pero mutila totalmente el texto expurgando las charlas con Nafta y Settembrini, dejando a este último como un personaje incomprensible, secundario y bufonesco.
Hay oscuridad y languidez en la montaña, pero Castorp...¿Es infeliz en ella? Más bien se repliega, formando un fuerte cálido en las mantas frente al frío exterior, aguardando no se sabe qué en la seguridad de la rutina, la clínica es el vientre materno del que no quiere salir, y el sepulcro que le espera pacientemente.
No deja de ser una fina ironía humorística por parte de Mann que finalmente resuelva la situación de Castorp reduciéndolo a un tamaño minúsculo y depositado en un campo de batalla donde tampoco sabe qué le aguarda, donde también le espera la muerte, donde sólo se diferencia la perdida seguridad de la Montaña (casi como si Nafta hubiera vencido a Settembrini, en su exposición del mundo como de un lugar inevitablemente perdido)

Mycroft dijo...

Yo he vivido un Tiempo parecido al Tiempo de la Montaña, he vivido en intervalos inactivos, he cedido a hiatos vitales. Cuando uno conoce ese Tiempo (lo escribo en mayúscula, porque es una experiencia subjetiva muy peculiar) lo que a otros lectores les parece lento, uno lo reconoce como un ritmo familiar. Comienza a penetrar en él, a revivirlo. A sumergirse en la metáfora y el simbolismo, y a experimentar la callada lucha interna en Castorp, no como algo tedioso sino casi trepidante.
Por otro lado resulta una novela hermana de la muerte en Venecia...Es muy turbador que Castorp se enamore recordando a un compañero, y que toda su idealizada pasión (otra mera excusa para quedarse más bien, como una mancha en la radiografía) se vea en todo momento contaminada por la experiencia de la enfermedad, la muerte, la provisionalidad. Mann no habla muy directamente, pero parece entenderse que eros y tánatos están muy próximos en la Montaña, rompiéndose el molde de las rígidas convenciones burguesas: Los moribundos pueden permitirse romper las reglas sociales sexuales (Hans acaba más o menos en un menage a trois al menos potencial con una mujer de la que se convence que ama, porque se parece a un niño al que no se atrevió a amar en su infancia. Para ser un libro tedioso, es realmente bizarro a ratos)