11.12.16

Kafka sin Kafka



No sé mucho de la vida de Kafka. No he leído ningún libro biográfico, ni tengo información más allá de la que aparece en ocasiones en suplementos culturales de prensa o en notas encontradas en blogs de amigos (Carmen Anisa lo adora, Juan Pedro García lo adora) o en ciertas revistas literarias a las que acudo con cierta frecuencia. No sé mucho y, al tiempo, de alguna forma, no preciso saber más. He logrado que Kafka no interfiera con el escritor Kafka. Se hace a veces difícil separar lo escrito de quien lo escribe; la persona, del autor. Podría añadir a Lovecraft o a Borges, a Cortázar o a Pavese. Debiéramos leer sin que nos contamine la periferia de la lectura. Estar en Jakob Von Gunten, en su instituto escolar, comido por el frío y por el tedio, sin pensar en que Robert Walser murió en la nieve en una clínica psiquiátrica de Berna en la que fue paciente durante treinta años. Pensar en Neruda y no escuchar su voz acaramelada, como de niño que ensaya la fonética de las palabras y las declama como si estuviese rezando y Dios le escuchase. Pensar en Onetti sin caer en la visión del cenicero en la cama y las colillas ocupándolo entero, escribiendo su prosa impecable desde la enfermedad o desde la pereza más absoluta o incluso juntamente con la influencia enriquecedora de ambas, si es que tal cosa pueda pasar. Dicen que la última rendición de las causas y los azares de la desdichada vida de Franz Kafka contiene trazos de una existencia no tan triste, a pesar de la tuberculosis, de sus proyectos matrimoniales frustrados o de su temor a que nada prosperase y la vida no le invitara a nada mejor que escribir a la salida del trabajo. Leo ahora que entretenía a los amigos proyectando la sombra de sus manos en las paredes o que era especialmente habilidoso en chispeantes juegos verbales. Deberíamos leer a Kafka pensando en Poe. Hacer que en nuestra cabeza se impregne bien fuerte la idea de que fue Poe quien escribió La metamorfosis o América. Hacer que Kafka o la idea que nos hemos hecho de Kafka reemplazara la que tenemos del mismo Walser, encerrado en el psiquiátrico, esperando que la muerte lo alcance en un paseo invernal a las afueras del recinto de su pabellón. Leer sin información añadida, podemos decir. No manejar ni siquiera nombres. Dejar de manejar nombres y sólo ocuparnos de la bondad de lo leído, pero es sólo un pequeño volunto dominical. Ni siquiera yo, proponiendo esto, sería capaz de llevarlo a término. A veces la propia vida del escritor se cuela por la evidencia tangible de su obra. Sin que ellos, al escribirlo, lo pretendan en absoluto, pero sucede. Poe planea por Poe. Lovecraft es una especie de espectro que pasea pueblos deshabitados en donde se ocultan dioses primigenios. Kafka es Gregor Samsa con más frecuencia de la que desearíamos. Samsa convertido en Kafka. En otro orden de cosas está leer la novela o la poesía de quien conoces, con quien has paseado o tomado café o empinado el codo en una barra de viernes. He leído con absoluto alborozo cuentos y novelas de gente a la que profeso un afecto muy grande o a quienes admiro no ya como escritores sino como personas, de esas (ya digo) con las que hablas de fútbol o de lo mal que está la educación o los precios del marisco en las plazas. Esa lectura, hecha así, sabiendo quién está detrás, es curiosa también. ¿Cómo separar la persona y lo que sabemos de él y lo que nos ha confesado también del autor, de quien ha volcado otro yo, no lo dudo, pero íntimamente el mismo? Uno mismo, al escribir, se escinde también, se hace dos o tres o los que se precise para que, en esa disolución, el yo real se desvanezca o desaparezca de cuajo incluso, pero todas estas cosas, al ser pensadas, también se desvanecen, se pierden, no sabe uno cómo acometerlas, con qué palabras volcarlas. El domingo se ha puesto una brizna kafkiano. Roto asumible. Lo remendará el sol en la calle. Hoy luce con elegancia. Luego saldré a ver si distraigo las obligaciones (cien exámenes que corregir, por lo menos) y lo saludo. Al sol, digo.

2 comentarios:

Fernando Álvarez dijo...

Cerré mi año Kafka el año pasado. Me dedico a leer la obra completa de alguien desde hace muchos años. El 16 fue de Kafka. aunque lo tengo muy presente, me dan ganas de releer cosas sueltas. Será que me has animado con tu estupendo escrito. Que sepas que el 18 ya está consagrado a Mann.

Anónimo dijo...

Ah la periferia de la lectura, ah la cultura, ah todo lo que sabemos, mio querido amigo.
Tomás.