30.12.16

Cuatro cuentos navideños...


Hace unos días volvimos a hacerlo. Años después seguimos buscando a George Bailey en Bedford Falls. La idea de escribir unos cuentos navideños (con su coda en forma de canción) es una de esas costumbres irreemplazables con la que festejamos la amistad. Siempre suelo dejar por aquí el comienzo de mi cuento a modo de invitación para que el amable lector encuentre los otros. El mío de este año sigue los pasos de un sicario teológico en la gran ciudad. Ya han pasado unos días y les he dado buena lectura a todos. Aseguro que son muy buenos. Mi historia, a decir de mi amigo Pedro, no es enteramente navideña, pero creo que hay por ahí un cierto espíritu de fraternidad universal y hasta hay indicios fiables de que los milagros existen. A pesar de lo que dicen sus autores, son buenos de verdad. 
1
El diario de los muertos
Leí una vez que Dios te mira desde los ojos de un perro. Por eso nunca mato si hay uno delante. Lo hago sin pudor y lo hago bien. Uno sabe su oficio, reconoce el lugar, se lo piensa mucha veces antes de mandar al infierno a alguien y luego lo envía allí. Ahí acaba mi trabajo. Luego viene el suyo, el de Dios. Los dos nos entendemos a nuestra manera. Todos los muertos que le he enviado, todos esos sacrificados a los que no se les cruzó un perro, fueron mi contribución a la población celestial. Dios decide luego si los acoge o las manda al diablo. Por insólito que parezca, concilio bien el sueño y no tengo pesadillas. A veces la voz de Dios se me cuela en el oído y me susurra cosas que luego no sé recordar, pero no me despierto con el corazón desbocado, ni tengo la sensación de que me reprende o me sancione. Creo que cuenta conmigo para que limpie la tierra de pecadores. Al final, cuando no tenga fuerza o no confíe en mi eficacia, me ofreceré yo mismo, le diré que estoy dispuesto o no cruzaré palabra con Él, tendrá asuntos de más importancia, y me presentaré a sus puertas, le diré que haga conmigo lo que convenga y aceptaré lo que diga sin un mal gesto. Estarán todos mis muertos encantados con recibirme. Me harán entretenida la eternidad, pero si todo se conduce como espero y el buen Dios me sienta a su derecha, seré dichoso y no habrá nada de lo que me arrepienta, ni muerto que me angustie. En la espera de que llegue ese momento, sigo haciendo mi trabajo. Sólo evito a los perros. Me da pudor que Dios me mire desde sus ojos. De hecho, me preocupa la idea de que no sean sólo perros.   (sigue aquí)