23.3.16

Un cuento de ciencia-ficción



Gran Via, Madrid, 1953 / Francesc Catalá-Roca


La vida nos recuerda muchas veces al cine. Hay escenas diarias que huelen a fotograma. Todo lo que no somos capaces de extraer de la realidad (quizá por muy vista, por estar tan a mano, por formar parte ineludible de ella) lo extraemos de una fotografía. Rehacemos el hilo narrativo: hay fotografías que hacen pensar en el cine. Como si estuviesen sacadas de una parte del metraje, una deshilvanada, que no informa de la trama. En esta maravillosa instantánea, que invitar a demorarse en su contemplación, en ahondar en los detalles, en imaginarla más que en observarla, se respira cine negro. O muy negro o muy costumbrista, una de dos. En la versión noir el maletero del coche tiene un muerto. Lo aparcaron la noche de antes y el espectador conoce quién lo ha hecho y hasta el porqué. Los que lo ignoran son los que pasan a su lado y conversan sobre el frío que hace o sobre lo difícil que está llevar un sueldo a casa. El que lo aparcó pasará a diario por ahí. No se delatará, no caerá en el error de mirarlo muy a fondo, por si alguien se huele algo. Se extrañará que los municipales no informen de que en la Gran Vía hay un coche abandonado. Lo que no puede hacer es abrirlo, aunque acaricie las llaves en el bolsillo. No serviría para nada. No arrancaría. Se averió y lo empujó como pudo, hasta que lo dejó estacionado de forma que no llamase la atención. Lo hizo bien. El muerto terminará por cantar más pronto que tarde. En cuanto el frío dé paso al sol y el mal olor alerte sobre el contenido del maletero. Es un hombre al que no conoce. Lo mandaron a que lo matase. Se le da bien matar, pero hay contratiempos que podrían malograr su buen nombre en el ramo. O mandarlo a la cárcel (primero) y al garrote (después). La charla de uno de los barrenderos no promete nada bueno. Le dice a un compañero que va a avisar a la policía. Se le ocurre que dentro del maletero hay un cadáver. Lo ha visto en una película de gángsters que vio en el cine hace un par de sábados. Cogen el muerto, lo envuelven en una manta, lo echan al maletero y luego conducen hasta el río y lo tiran allí, le dice. Le parece todo tan extremadamente inverosímil que decide no llamar. Menos hay que barrer, comenta al compañero. Llega un momento en que se establece una intimidad entre el asesino y el muerto. No era ése el sitio en donde debía acabar. Hubiese estado mejor que el coche llegase al río. De pronto sitio que el coche era una especie de dedo acusador. Ha sido él, ha sido él, parecía pronunciar. Si miramos la fotografía con más ahínco, sabemos qué pasará al final. Basta observar con el empeño adecuado. Todo está ahí contado. Al escribir lo único que se hace es restituir las palabras que nos han confiado. Dejarlas registradas en una hoja, en el editor de un blog o en el procesador del ordenador. Nunca admiré al buen escritor sino al buen contador de historias. De igual manera admiro a quienes hacen fotografías como ésta. Estoy seguro de que saben qué pasó. No se limitan a disparar. Encontrar qué fotografiar, buscar el encuadre, rehusar una toma y hacer otra y otra, hasta que se siente la satisfacción de que era ésa la que deseábamos. Curiosamente nunca he podido escribir sobre una fotografía que haya hecho yo. Me fascina (cada vez más) indagar en lo que veo. Me es fácil partir de una imagen para montar una historia que arrancar únicamente de las palabras o de los recuerdos o de lo que he leído o me han dicho. Soy hijo de mi tiempo. Hay novelas (hablo de novelas buenas) que parten de imágenes menos potentes que la de Francesc Catalá-Roca. Ya mismo le estoy pidiendo a mi amigo Joaquín que me abastezca de material. Que me lo ponga difícil, que me lo haga atractivo. El muerto del maletero podría seguir ahí. Seguro que hay una explicación para que lleve desde el año 53 en ese coche, en la Gran Vía. Philip K. Dick daría con la clave. Yo ya sabía que era un cuento de ciencia-ficción.