20.4.11

Perversión


I
Todas las edades tienen sus perversiones. Si a la vida le extirpamos el punto canalla sería otra cosa, pero no una vida, una travesía. Hay quien se maneja estupendamente en la grisura, en el vacío existencial de un mando a distancia virtual que les conduce por todas las estancias de la existencia. No comprenden que haya un departamento que no esté activado por uno de esos botones que extiende el mando en su cara amable. Tengo un par de buenos amigos que no se salen del guión con el que fueron instalados en la rutina de vivir. Debe ser cosa del ADN o de la mercancía genética con la que nos vistieron nada más terminar papá y mamá de intercambiar los fluidos corporales previsibles. Si uno confía en el azar, en la administración invisible de las cosas que nos van pasando, no hay problema: el guión se va rehaciendo, introduciendo personajes nuevos, comprobando que el riesgo no es materia extirpable y que vivir, a la sazón, produce más vértigo que otra cosa, aunque el vértigo se convierta en algo familiar y capeemos la circunstancia extrema de su condición. Yo no sé vivir sin vértigo, pero una sobredosis aturde. En ese sentido quizá vivir sea gobernar la cantidad de vértigo que manejamo.
 II
El tedio digital puede conducir a un estado de extremo cansancio moral en el que el usuario ya no discierne la realidad y la confunde con extensiones holográficos de la pantalla de su ordenador. A mi amigo K. se le ocurrió meterse en pupila una temporada completa de Los Soprano que tenía en su disco duro. Lo hizo con muy leves interrupciones. Ir al servicio. Atender a su madre por el teléfono. Me confesó que es mejor ese subidón de ficción que la caótica ración de realidad en la que fragmentados la vigilia. La maquinaria del capitalismo monta un minibar en cada esquina, regala pendrives de muchos gigas en el dominical y atrinchera una industria farmaceútica detrás de cada estornudo. Así no es de extrañar que interese más (infinitamente más) que el ciudadano de bien, el que paga sus impuestos, vota en los días señalados y paga la academia de inglés de sus hijos esté bien abastecido de mercancía fungible. Es mejor que se apoltrone en el sofá favoritos, el de orejas que compraron en unas rebajas, y administre la tarde en base a una temporada completa de Los Soprano que decida salir a pasear y recorra las calles y fatigue las avenidas por el placer sencillo de sentirlas cerca y gastar alguna energia en el poco explotable empeño. El capitalismo reparte sus golosinas como el camello regala sus toxinas a pie de colegio en busca de potenciales clientes del inefable futuro. Se trataría, en el fondo, de asegurar unos ingresos, aunque éstos no lleguen de inmediato y precisen de un rodaje.
III
La televisión culmina el adocenamiento. La televisión es el familiar perverso al que confiamos el entero cometido de entreternos, hacernos la vida más fácil y conducirnos, ya uniformados y abastecidos de bazofia consensuada, al catre conciliador. Su perversión consiste en que no exige a sus usuarios formación intelectual al modo en que sí la solicita la lectura. A K. le fulminó Tony Soprano. Así me lo confesó. No es lo mismo el cansancio que entrega Rocco Siffredi a pleno rendimiento, tunelando traseros, ocupando con su hombría el trayecto que la naturaleza consagró a la ingesta de víveres, que el cansancio que entrega Sánchez Dragó en su pompa de orador orfebre a punto de perderse en sus propios jugos semánticos. Los tiempos que estamos igualan al semental italiano y al libresco showman español. Los dos dan de comer a unos cuantos que, en su divina inteligencia, han diseñado un formato en el que caben esas dos formas de entender el entretenimiento popular. Hoy no toca hablar de Bucay.
IV
Este decaimiento moral de la sociedad del bienestar que nos han ido regalando los gerifaltes del mundo viene de perlas para evaluar el grado de perversión que hemos estipulado como razonable. No hay refugio en el que esconderse. Ni embajada de la inocencia en la que resguardarte. Culpables hasta el desmayo, convictos de pasear las calles y contemplar sin dolor el dolor visible. Confinados al dudoso placer de ocupar las horas para no sentir en demasía la angustia existencial de saberlas vacías. Así vivimos, así cerramos de noche los ojos y nos entregamos, ufanos en nuestro útero externo, al sueño reparador. Y en el sueño nos dejamos matar y matamos. Y en el sueño, ya libres, liberados de la crisis que nos ahoga y de la soledad que nos persigue, encontrar la luz y saber que nos ampara. En el sueño, lejos de la realidad cansina, contemplar el extravío de esa luz y admirar el prodigio sencillo de las cosas, pero eso no entra en el discurso de la máquina y el proyeccionista tiene instrucciones muy precisas del modo en que debemos ver la trama. Ni Hitchcock lo hubiese dirigido mejor. Es admirable el engaño.


3 comentarios:

Rafa dijo...

Fue un hermoso día en la vida perfecta, pero llegó otro día y los iluminados nos abrieron los ojos. Amén. Bravo, Emilio.

Paqui Bravo dijo...

Extirpar, educar, empezar otra vez, borrar, aceptar, comprender.

Ramón Besonías dijo...

"Tengo un par de buenos amigos que no se salen del guión con el que fueron instalados en la rutina de vivir". Una amiga denomina a esta tipología humana "setas", aferradas a la tierra que las circunda, temerosas de perder lo que tienen, adictas a la seguridsd, los paisajes familiares y las rutinas cotidianas. Cuestión de carácter, supongo. También los hay que basculan hacia el polo opuesto. Huyen de los lugares comunes, haciendo de su casa un viaje perpetuo. Tránsfugas de sí mismos, temen ser arrastrados por la costumbre.

El mismo tiempo fluye para cada cual a ritmo y compás dispares. La única motivación que nos unifica es el temor a que el tiempo acabe arrollando nuestros deseos. Un temor fundado, plausible, inevitable.