4.4.11

El blues de Bauer



A estas alturas de la trama, importan poco unos cuantos muertos más el domingo por la mañana. Uno se levanta, derrota con la habitual impericia el sueño y planea qué hacer durante el día para todo se conduzca por caminos tranquilos y nada altere el descanso. Parece que nos lo merecemos. En esta toma de principios, la radio suelta que treinta ciudadanos de Tel-Aviv han sido espectadores involuntarios de la demolición de sus propias visceras por el capricho de un kamikaze comido por la fiebre del fanatismo y de la vida eterna a la vera de algún Dios cómplice de la barbarie. No lo dicen así, faltaba más, pero el fondo es el descrito. La brutalidad de la información no descompone el café en la cocina, que bebemos sin que el pulso nos tiemble. Las mañanas de los domingos avanzan imparables: como si estuviesen accionadas por algún mecanismo cabrón que las impele a transcurrir más vertiginosamente que las del lunes o las del jueves. La memoria insiste en sus tradicionales traiciones y nos pone bien a la vista el dolor de los recuerdos o la idea peregrina, pero presente, de que nada hemos hecho de nuestra vida que merezca ser considerado noble o digno de admiración, aunque sea por nosotros mismos. Sí, tenemos ese poso de pesimismo en combate continuo con el júbilo y no siempre la victoria decae sobre el contendiente favorito. La memoria es un mecanismo formidable y no tiene en absoluto en consideración nuestros deseos. Es capaz de mutilar un episodio amoroso y, en cambio, no perder detalle alguno de la muerte de un ser querido o de la visión repentina, en el televisor, del autobús reventado por dos cafres ilustrados por la filosofía de la sangre. Pareciera como si más connatural al hombre fuese la pena que la alegría. Debe ser así: hay momentos en que no albergo duda alguna al respecto. Días de gozo y días de un derrotismo a prueba de chistes de los hermanos Marx, que son siempre medicina santa. 

Ayer, no voy más lejos, un amigo me comentó que para evitar que el mundo le causara daños mayores, había reducido su subscripción a una cadena televisiva de pago cuyos informativos, películas y hasta eventos deportivos iban siempre a su contra, sin escatimar morbo ni derramamientos aleatorios  y gratuitos de sangre. Había pedido a la amable señorita que le atendió por teléfono, después de que una música new age  tipo Yanni o cualquier dulzón de esa especie le tuviese entretenido diez insoportables minutos de mística espera, que sólo le programaran películas de humor y, en todo caso, partidos en los que su equipo hubiese ganado. No le valía el empate. Tampoco las derrotas memorables. Y eso si no había en ellos, triunfos incluídos, conatos de violencia o episodios de violencia pura y dura. Creo que no han atendido su petición. La solución, le he dicho, es que no vea televisión alguna. Que tampoco encienda la radio, que no se ve, pero tiene gente muy capaz de erizarnos el dolor con el relato de los horrores. Los horrores suelen casi siempre ajenos. Fugas nucleares, más gente en la cola del Inem, menos aprobados en Matemáticas en los colegios públicos, más descerebrados al volante, más vándalos matando por amor a quien se entregó a ellos por ignorancia. No hay escondite: no hay agujero en el que colocar la cabeza. Estamos expuestos a tanta injusticia y a tanto desastre que hemos anestesiado nuestra capacidad de asombro y ya sólo nos altera que Benzemá esté lesionado Nadal haya perdido en Miami frente a Djokovic otra final en Miami. o que el frigorífico esté huérfano de latas de cerveza y tengamos que beber agua del grifo en el almuerzo. Le he dicho a mi amigo que siga en lo que estaba: que no va a solucionar nada poniéndose hostil al medio. A los hostiles, al final, se los carga Bauer.

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2 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

Cuando la información se convierte en un producto de consumo y el dolor subsiguiente se administra en las dosis prescritas por los doctores de todas las iglesias, la semana son siete domingos con sus respectivas mañanas y tardes dedicadas al culto de la alienación. Y por si con ello no tuviéramos bastante, nos automedicamos con los ansióliticos de la conciencia. Omeprazol, mucho omeprazol, para evitar las úlceras, que de esas no nos libra ni Bauer. (Lo del blues es otra historia)

Au revoir et chapeau, mon ami!

Joselu dijo...

Soy un devorador de noticias que luego proceso en Twitter. Pero coincido contigo en que estamos anestesiados ante el dolor ajeno. Oigo de los combates y matanzas en Costa de Marfil sin inmutarme, leo que nuestras caixas invierten en valores que llevan al alza el precio de los alimentos en todo el mundo provocando así el hambre más estremecedor, vi el documental INSIDE JOB (que te recomiendo) en que se describe el fraude masivo que se realizó con ingeniería financiera para enriquecer a unos cuantos y mandar a la pobreza a decenas de millones de personas que han perdido sus casas y sus trabajos, leo sobre la tortura de Afganistán hagamos lo que hagamos... Leo y leo pero no me conmuevo. Me intereso eso sí. Si eso me pasa a mí que estoy razonablemente informado ¿qué no pasará a los que no se enteran más que de las carreras de Alonso o del último partido?. El mundo es atroz aunque lo mire desde el lado bueno. Hay quien ha pronosticado una revolución incluso en Estados Unidos y fue un articulista del Wall Street Journal. En fin. Creo que recordaremos este año de 2011 que todavía no ha terminado.