13.4.11

Cultura para todos en su horario habitual de las dos de la madrugada...


Leí alguna vez que es malo sufrir, pero bueno haber sufrido.  Lo dice mi amigo K., al que hace tiempo que no traigo al Espejo: Se aprende de las heridas.

I
Las advertencias acompañan, se dejan oir pero el acto valiente del espectador es contaminarse de estas impurezas, pringarse, hocicar su ortodoxia y probar esta cosecha de perdedores o de inútiles o de vagos que lejos de estimular la infinita capacidad de asombro de quien asiste al hecho artístico prefieren abonarse, sin pudor, enganchados al clic de la caja registradora, a la pereza mental, a cierto grado de desgana intelectual que acaba por convertir la obra facturada (un libro, una canción, una película) en basura, en basura encantada de ocupar un hueco en las estanterías de los grandes almacenes y en los sueños colectivos de un público también abonado a la pereza, a la falta de escrúpulos morales y a la sencilla inobservancia de la regla dorada de este negocio tan particular: entretener sin insultar.
II
Hay literatura mala y eso que hace la sombra de la buena se alargue y conforte más. Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre. Cito a Rilke, un poeta de mi adolescencia estética al que todavía acudo de tiempo en tiempo. El poeta malo no se vacía, no alcanza ningún grado de pobreza. El poeta bueno, el que alumbra prodigios, el que asombra, el que rasga la capa más interna del lector más cómplice y se queda allí, cosido al alma, residente de esa emoción purísima, vive siempre en una orfandad perfecta.
III
El crítico, ese ser en continuo feedback emocional, varado en sus contradicciones, cabeza y corazón en perfecta zozobra, sufre en silencio. Como unas buenas hemorroides. Su dolor, en todo caso, sería el aviso de navegantes desavisados. Los otros no precisan bitácora alguna. Como un genealogista que agotara libros de registro municipales, archivos hospilatarios, fondos de iglesia o sótanos familiares para encontrar restos, huellas, migajas de un antepasado ilustre o de un lejano tío crápula y pendenciero, el crítico acude siempre a la Historia, al mapa de lo que sabe y arroja al lector, ese ser hipotéticamente cómplice y objeto último de todo este desvelo, su riqueza que luego, lo dijo Rilke, deviene pobreza. Así andamos. Sufriendo para después arrojarnos a la felicidad. Viviendo a diario la vida ofrecida como un regalo. Siempre.
IV
Anoche, bien tarde, leí (casi del tirón) Mortal y rosa, el libro más triste y más hondo de Francisco Umbral. Qué hermosa tragedia. Qué belleza escondida en el envés de las palabras. La literatura, la buena, la que se queda en el alma, la que no nos abandona ya nunca, produce una felicidad imperfecta, como debe ser. Todavía llevo al hijo muerto del poeta Umbral, luego qué fue Umbral, a qué se afilió, en qué se convirtió, en el pecho.

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4 comentarios:

Juan Alejandro Pizarro dijo...

Sr. Emilio Calvo de Mora

Son muchas ideas, contadas muy literariamente, pero sin que yo pueda comentar nada concreto, pero me quedo con la idea del crítico como espectador responsable, con el oficio del siglo XX que escribió mi escritor favorito, Cabrera Infante, y que ud. retoma a beneficio de su plática. Es cierto que la cultura es un negocio, pero hay también nobles aportes, sencillas maneras de hacerse manifestar en un mundo adocenado, pero todavía alerta a las inquietudes hermosas, al cine bello, a los libros bellos, incluso a las bitácoras belllas , y hoy creo que acabo de descubrir en ésta una que pienso seguir. Sólo agradecerle la prosa. Un saludo afectuoso.

Ramón Besonías dijo...

La hermenéutica moderna afirma que la forma quizá más pura de experiencia literaria es la poesía; es la que mejor refleja la naturaleza fenomenológica del acto de leer. El lector entra en contacto con "lo otro", manifiesto a través de un libro, un artículo en un blog, una carta, un email... En esta experiencia al encuentro con el misterio de nuestra otredad se reduce la literatura. Lo demás son campañas publicitarias.

Todo es revelación, encuentro, en ocasiones incluso un acto fundante, un fundido de vivencias que transforma la nuestra propia. Nada se agota en la lectura; el poso que queda tras la lectura alimenta ideas, opiniones, perspectivas futuras.

Todo acto de leer es en sí una convivencia, un amago de confianza.

Miguel Cobo dijo...

Don Francisco traspasó su propio umbral (empiezo por el final).

"Y estoy a gusto en mi herida", escribió Miguel Hernández (y acabo por el principio)

¿Vas a escribir algo más hoy? (Desde que me jubilé, mi mayor fuente de "trabajo" eres tú)

Buenas noches y que descanses.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Muchas ideas, Juan Alejandro, contadas alborotadamente. Eso es este blog. Gracias por entrar.

Me gusta más tus comentarios a mis posts que los posts en sí. Tienen más enjundia. Es usted un lector estupendo. Lo demás son camapañas publicitarias...

Descansé a medias habida cuenta de que ando comido por la alergia y no paro de toser, pero algo de descanso hubo. En la vigilia uno no se puede ir a la mano. Estoy activo. Ya parará. Espero que pare, bien mirado.
Un abrazo, señor Cobo, mon ami...