21.11.10

Humo

Quieren que no me intoxique y han construído un fortín de leyes que me preserva de una muerte dolorosa. Se están esmerando en que no sufra y van camino de que me muera mañana o dentro de cincuenta años con un aspecto formidable, exhibiendo una tez limpia, respirando a pleno pulmón y con unos índices de colesterol razonables. El Estado se ha arrogado la facultad de cuidar a su pueblo, no vaya a ser que se descarríe y le de por fumar en los bares o por atiborrar a sus hijos con panecillos químicos con chocolate a la hora del recreo. El Estado actúa con pasmosa eficiencia en asuntos en los que el principal beneficiario se desentiende soberanamente. Vigilante, atento, tutela la educación moral de sus hijos al modo en que otrora se inculcaban valores cristianos y de fidelidad al régimen. Lo hace con encomiable entusiasmo: se ha descubierto de pronto policía del alma, se ha gustado y se ha encomendado la salvaguarda de la salud por encima casi de la voluntad de quien padece. Da la impresión de que se preocupa más de los muertos que de la buena vida de los que todavía respiran, que no fomentan un suicidio asistido ni una eutanasia militante, pero que abren puertas para que en el futuro esas medidas sean habituales y no entren en lo delictivo. Plantean la prohibición de fumar en las marquesinas, en los parques infantiles o en la cola del Vicente Calderón y no se aplican con ahínco a evitar que una niña rumana me asalte en la barra del bar, me tire de la chaqueta y me pida una limosna. Y lo primero que pensé no fue en que la niña estaba pasando hambre, pongo por caso: pensé en el humo del cigarrillo que me estaba fumando y casi inconscientemente lo oculté a su vista, comprobando que no había humo de la última calada que le di. Cuidaba de lo accesorio, cerrando los ojos a lo primordial: el desamparo, el desencanto, la pérdida de la felicidad a una edad en que la felicidad es inherente a lo humano, en la infancia maravillosa que no puede nunca verse involucrada en los desmanes de los adultos, en el descuido de sus obligaciones. El humo cegaba mis ojos, como decía la canción. El humo está cegando a los que administran la cosa pública. Se están esmerando en lo secundario: están descuidando lo fundamental. No hablo sólo de este gobierno nuestro: es una reflexión cosmológica, estoy hablando de todos los que gobiernan y de todos los que son gobernados.

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4 comentarios:

Joselu dijo...

Dejé hace diez años de fumar. Me he liberado de la dependencia psicológica que conllevaba y ese tránsito duró mucho tiempo. Sin embargo, cuando entro a un bar y siento el humo lo tengo por un compañero amistoso. Mi hija no. Ella detesta el humo y a los fumadores. Pienso que tienes razón. Cada vez más el estado está entrando a legislar sobre cuestiones particulares. No sólo hemos de entendernos con él cuando declaramos a Hacienda, sino que su paraguas protector llega a los aspectos más íntimos de nuestras vidas. Podría en la misma línea proscribir el alcohol cuyas consecuencias sobre la salud y la circulación son muy reveladoras. ¿Cuál es el límite de la actuación del estado? Con el tabaco parece que han tocado un asunto sensible para ti, pero me temo que si queremos sentirnos amparados (sanidad, educación, tercera edad, dependencia, seguridad pública...) habremos de aceptar que entre en nuestras vidas para preservarlas de todo menos de la presión que ejerce y que hace que llevemos cada vez más una existencia reglada, normativizada, opresiva... Muchas veces sueño con poder irme a África, pero entre Al Quaeda en el Magreb y la zona subsahariana y las obligaciones laborales y familiares, me temo que habré de resignarme a ser controlado y protegido por el Estado. No hay escapatoria. Saludos.

Anónimo dijo...

No puede ser que la política se trabe tanto en lo humano, hace falta un poco más de aire para respirar, aunque sea intoxicado.
Miguel Utrera Villa

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Un buen padre, uno inflexible, eso parece; yo prefiero despeñarme a voluntad, y por eso, no siendo un fumador habitual, me siento irritado por esa voluntad prohibicionista que afecta a un pequeño vicio que tengo. El alcohol es un drama mayor y no le meten mano por razones meramente financieras. La caja es la caja, Joselu. En África habrá otros asuntos que te irriten más, no creas.
Un abrazo.

Bien dicho. Aire malo, pero mío. Desposeidos estamos, Miguel.

Ramón Besonías dijo...

De no ser por el humo que nos ciega, ¿existiría la lucidez? Ni ella ni el placer que nos proporciona conquistarla.