27.11.10

Estúpido





En parte, cómo no, cinco minutos al día, al menos. Uno es estúpido por solidaridad. Por no caer en un gremio de elegidos que está de vuelta de todo y le sobra carisma e inteligencia para hacer frente al mundo. Estúpido se es casi por imperativo orgánico. Estúpido como síntoma de un mundo absurdo que no da tregua y se empecina a diario en contradecirnos, en cuidar de que la felicidad sea un objeto precioso y distante, exhibido como una utopía. Uno es estúpido sin que un asomo de rubor delate nuestro fracaso. Estúpido sin coartadas. Estúpido analógico. Estúpido digital. Da lo mismo ser un exégeta de la obra de Canetti que un tarugo de taberna. La estupidez es un rango inherente a lo humano. Como si uno de esos bucles del ADN la tuviera impregnada. Como si cada pequeño gesto que hacemos la llamara a voces y pidiera que hiciese nido en nuestra alma. La mía es estúpida por variadísimas razones. Tengo un alma retorcida que disfruta con asuntos retorcidos. Tengo un alma expuesta a continuos quebrantos que no termina de levantar cabeza nunca. La azota el dolor de no tener certezar y la azota el dolor de tenerlas. Mi alma no va a ir ni siquiera al infierno. Se va a perder en el limbo, en el olvido, en el éter cósmico, en la memoria a veces poco fiable de quienes están conmigo y me guardan afecto y o me demuestran amor de vez en cuando. Cuando yo muera, morirá mi estulticia conmigo. Morirá mi temperamento quebradizo y se irán todos los vicios que me ayudan a sobrellevar el peso inmenso de estar vivo. A lo que no voy a renunciar mientras lo esté es a presumir de estupidez. Quizá porque todos somos estúpidos un rato al día. Yo, anoche, mientras intentaba volcar a un disco duro recién comprado, cometí la estupidez de pulsar la tecla equivocada y mandé a la mierda un trabajo de casi un día completo. Por estúpido. Porque soy un gilipollas digital cuando se me pone la cabeza embotada y me vibra el pecho por los nervios propios de mi adicción. Y ahora de pronto me siento reconfortado por la lluvia en Córdoba y reconozco que soy un poco menos estúpido que ayer y que he superado con nota muy alta el fracaso de anoche. Soy un privilegiado.

posdata: agradezco a mi amigo Ramón el préstamo involuntario de la imagen que preside este quebranto sabatino. Sabré recompensarle.

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8 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

Mi solidaridad existencial con tu estupidez tan humana: no estás solo amigo. Nos produce una compasión melancólica la ridícula prepotencia de los que se creen perfectos, sin sombra de estupidez alguna. Su reino no es de este mundo. Pero a veces llueve al sur de Córdoba y nos quitamos la espinita de una tilde semántica:
Es tupido el velo que corremos.

Saludos bajo la lluvia.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Somos estúpidos en esa forma de serlo, Miguel.
Quienes se crean algo, que lo disfruten.
Yo aprendo desde la ignorancia.
Hay más que cosas que desconozco que las que llevo dentro y he aprendido a lo largos de mis años.
Mi reino, amigo, es el tuyo.
De este mundo, conste, de este.
A veces llueve. Lleva toda la tarde. El Campo de la Verdad está bonito desde mi casa.

Un abrazo.
Saludos califales...

Anónimo dijo...

Ojalá sólo la mitad que usted fuese yo, querido amigo. En esa mitad, sería yo hartamente feliz. Y me da lo mismo que piense lo que piense... Ya hablaremos.

Anónimo dijo...

La mitad de estúpido decía...

Ramón Besonías dijo...

Siempre he pensado la estupidez desde la óptica griega, es decir, asociada a la falta de conciencia, de lucidez. Estúpido es quien vive de espaldas a la realidad, ya sea porque la ignora, la repudia o la utiliza o raciona a gusto.

Ser consciente es un ejercicio costoso. Ser tonto se oficia a través del simple gesto de dejarse llevar, de omitir, obviar, ceder a la trágica odisea de comprender el mundo. Por eso, el escritor, el fabulador es un héroe griego, enemigo de la estupidez.

Relatar es sacar a la luz, ver, o por lo menos intentarlo. El narrador mantiene una relación pornográfica con la realidad; detecta su pudor y resistencias a ser asediada por la palabra.

Solo somos implacables con la estupidez impúdica de quien manipula a expensas del otro la realidad para sacarle rédito a su beneficio y gloria. Y aún habiendo sido delatado, insiste en su necedad. El resto de estúpidos son veniales. Incluso hay una estupidez natural, que viene a protegernos contra el insano exceso de lucidez (los monstruos de la razón, que diría Goya), dotándonos de una necesaria, benéfica ingenuidad. En su discurso ante la Academia, Puértolas destacaba la importancia de la ingenuidad como motor y gasolina del escritor. Sin ella la realidad se agota en lo ya dicho, perdiendo el vuelo que precisa para seguir asistiendo con perplejidad al ancho e inefable teatro de la vida.

Buen fin de semana a todos los que habitan esta casa de letras.

Joselu dijo...

Creo que tienes razón. Tengo a veces algún rapto de lucidez, pero la mayor parte del tiempo me la paso lamentando mi estupidez. Sólo alguien inconsciente puede decir que no se arrepiente de nada (yo sí)o que nunca ha hecho nada malo (yo sí) o que la inteligencia dirige todos sus hechos y pensamientos. No me lo creo. Todo el mundo es tonto en algún momento de sus días, forma parte de nuestra entraña equivocarnos, pactar con la sinrazón... Hoy día se considera fértil y provechoso no cometer ningún error que contradiga lo políticamente correcto, pero si somos honrados, todos tenemos algo que oscurecer, que lamentar, de qué arrepentirnos. En mi caso es más esto último que aquello que me hace sentir orgulloso. Quizás la vida sea una superposición de ambos sustratos. Vete a saber.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Eres una máquina, Ramón. La óptica griega, en fin: una buena manera estupenda de empezar el lunes. Siempre pensé que hay mucha relación entre pornografía y escritura. Hay un gesto impúdico, un acto blasfemo a la hora de revelar lo oculto y darlo al aire, digamos.

No tengo casi nada claro, Joselu. Escasas cosas. Las que tengo incluso se dejan contaminar y se pierden y se hace más llevadero el camino. Cuando menos sé, más alegre vivo. Algo así. No del todo, pero algo así. Un abrazo, comapñero.

alex dijo...

Aceptemos pues nuestra estupidez habitualmente congénita. Aprendamos a reconocernos y a sentir compasión por aquellos que se niegan a asumirla pese a la retahíla de gilipolleces que jalonan su vida y serpentean su alma. Así sea.