11.6.10

Debby por mi barrio...


"Delante de la cámara, soy al mismo tiempo el que creo que soy, el que quiero que los demás crean que soy, el que el fotógrafo cree que soy y el que él utiliza para exhibir su arte".

Roland Barthes, La cámara lúcida.


Pasear por el barrio en el que uno nació, años después, tras haber leído El libro del desasosiego de Pessoa o haber escuchado veinte veces (y cada una mejor que la dejada) Criss Cross de Thelonius Monk no es igual que pasear esas calles habiendo leído otros libros, escuchado otros discos . Lo que uno hace o lo que uno deja de hacer modifica sustancialmente lo que uno hace o lo que uno deja de hacer. Emilio Calvo de Mora Villar de mil novecientos ochenta paseaba esas calles con la sonrisa estulta del que nada espera y nada merece todavía: en eso consiste la niñez, en dejarse vivir sin certidumbres y sin presagios. Ahí estaba Fray Albino, los amigos de los sábados y el secreto placer de no poseer mayor inquietud que la posibilidad de que llueva y no poder salir a la plazoleta a echar un partido o correr unos perros. La edad adulta da otros quebrantos: se pone uno a pasear las calles y piensa de pronto en Fernando Pessoa y el gris del cielo se hace más gris y la memoria juega malas pasadas y reformula paisajes estupendos y los convierte en cielos grises o en puro olvido.
Hay que tener cuidado con lo que uno lee o lo que uno mira si quiere pasear las calles del barrio en donde nació, años después, sin sentir en la cabeza una migraña pasajera o un colocón de pesares. Lo mejor sería carecer por completo de aficiones: no tener vicios en absoluto y dejarse querer por las palabras del momento o por la música que el azar te pone en tu camino. Yo ya soy incapaz de escuchar el piano de Bill Evans sin sentir la rara emoción de la tristeza. Y contra pronóstico, me agrada esa perturbación, me coloca en el centro del mundo y me hace gladiador de mi causa, que es la tristeza si Bill Evans toca Waltz for Debby y a mí me pilla el corazón frágil y la memoria blanda.
Caso de que no hubiese leído a Pessoa el paseo de hoy habría sido otro. En todo caso será otro el paseo mañana o el próximo fin de semana sin el concurso del estupendo vate luso. Por eso a veces me encanta salir a la calle cargado de música, oyendo por los cascos de mi bendito Ipod (no es publicidad gratuita, no lo es, creedme) jazz o blues o rock ilustrado, que no es el de ahora, que conozco menos, sino aquél en el que crecí (Yes, King Crimson, Supertramp, Genesis, Pink Floyd, Queen, Emerson, Lake and Palmer, E.L.O., Bob Dylan, Van Morrison, Eagles). Probé un vez a hacer el mismo camino oyendo dos discos distintos. Mientras que la tralla sonora de The White Stripes me lo hizo ameno y vertiginoso, como movido por una fuerza desconocida, como una especie de zombie doméstico e inofensivo que fatigara las aceras sin hambre ni lujuria, la luminosa belleza de la guitarra de Joe Pass me lo convirtió, al día siguiente, en un reflexivo tránsito en el que traje a mi memoria episodios antiguos, historias ya casi olvidadas, remembranzas (como le gusta decir a mi amigo K.) de un tiempo sepultado en el vértigo del ahora y que únicamente sale a la luz cuando una circunstancia muy especial lo impone a la realidad.
Somos el volumen imposible de todo lo que vemos. Somos el peso insoportable de todo lo que oímos. Como Funes el memorioso, el prodigioso albacea de la realidad que Borges legó a beneficio de insomnes, tengo la impresión de que cada cosa que hago se fija de un modo indeleble y arcano y sale a flote cuando puede o cuando la dejo o cuando Bill Evans toca Waltz for Debby y un principio de limpio y tenue llanto decora la mirada en mis ojos. La belleza también produce dolor. En el dolor, dentro de su fulgor, la vida a colores se despliega como un atlas, que decía otro poeta. Otro lo dijo de otra manera: somos tiempo, el río de Heráclito.

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