11.6.10

Andar con libros


En invierno, cuando la ropa tiene fondos de armario imposibles, suelo salir a la calle con un par de buenos libros a su recaudo. Suelen ser ediciones de bolsillo, manejables, de letra sencilla y hasta pobre. Esta condición de lector por encima del atrezzo, a salvo de modas o de pompa editorial, me influye incluso a la hora de comprar libros. Las librerías no me obsequian con la visión golosa de gruesos volúmenes, libros que dejar reposar en las manos, bien apoltronado en el butacón preferido. Siempre he sido de los que, sin premeditarlo, se ha acercado a la sección de obras de bolsillo. Se matrimonia el disponible en el bolsillo y la manejabilidad del propio libro, su condición ambulante, digamos. En verano, por los rigores previstos, va uno sin abrigos, sin bolsillos, y se tiene que agenciar uno de esos bolsos echados al cuello en el que cabe hasta una hipoteca.
Así he descubierto que se puede llevar encima el perturbado universo de Kafka, los delirios que la absenta ocasionaba en Poe, el verso incendiario (concupiscente, barroco, delirante, embriagador) de Ana Rosetti, la palabra sindicada de Bob Dylan o la historia del pacato doctor, burgués y prudente, que por obra de la ciencia y sus bebedizos se transforma en un adalid del mal y ejerce como tal cuando el empozoñado brebaje le retira la razón y la cordura de la mismísima sangre. Uno puede pasear con esa historia formidable en un bolsillo y sentirse pleno, incapaz de someterse a la rutina de la realidad. Recuerdo leer a Poe en la edición de Alianza, llevada y traída por bares y terrazas, por jardines y por trenes. Recuerdo la primera lectura de ese Poe (la recuerdo precisamente) en la Plaza de Colón, en Córdoba, a principios de los ochenta.
La literatura es la ventana desde la que se ve el mundo, pero es también el mundo y la ventana y el ocasional paseante que detiene su vértigo en un paisaje. La literatura es el vértigo y es el paisaje. Los libros son retiros voluntarios a los que arrojarse. Cuando caben en un bolsillo los libros son, si cabe, un tesoro mayor, porque nos permiten incorporarlos a nuestra epidermis y considerarlos, sin excesivo esfuerzo, extensiones naturales de las manos o de los ojos. Anoche me sorprendí leyendo un poema de Carlos Marzal (qué gran poeta) bajo la luz infinita de un escaparate de ropa de marca. Daba igual que la espera (era eso, una espera) durara más o durara menos. Carlos y yo estábamos a lo nuestro.
Esa sensación de hondura doméstica e íntima es uno de los placeres a los que ya no soy capaz de renunciar. Tampoco a mi bendito Ipod, que ilumina con paisajes sonoros y colores y sueños en forma de música, mis devaneos urbanos, mi propio vértigo existencial por la ciudad también infinita. De eso ya he escrito en este blog, de la idílica relación que mantengo con esa máquina prodigiosa. La música es un libro sin palabras. Me encanta perderme por las calles de mi pueblo con un excelente disco de Brad Mehldau (en directo, en Tokyo, tocando standards gloriosos como How long has this been going on o la sensible pieza de Radiohead Paranoid Android) . Sé que vamos a pasear los dos. Tan a gusto. Luego vuelvo.

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2 comentarios:

Adara dijo...

Estoy enganchada a cómo escribes. Te lo juro. Enganchada, además siento lo que escribes. Yo hago eso mismo que dices con mi mp 3 más modesto que el tuyo. No sé quien es Brad Meldhau pero me parece que te entiendo igual.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

A ver, Adara, qué te digo. Desengánchate. Engánchate a Milan Kundera, decía un amigo mío cuando lo de la insoportable levedad del ser. Hace ya años. Brad Mehldau. Engánchate a Brad. Saludos, agradecimientos.