6.1.09

6 de Enero


Vienen las calles con un empacho de papel de regalo, confetti de cabalgata, caramelos de fresa y nata y corcho de botellas de cava. Hoy se cierra el festín de la visa y el pueblo llano y medioburgués se esconde en la mesa camilla, arrebujaditos alrededor de la wii y de la copita de anís de la sobremesa. Está la cabeza atropellada de agasajos y el estómago pide tiempo muerto. La televisión digital comete la imprudencia de mostrarnos los fastos de la guerra y los muertos infantes en las calles de Gaza. Los pobres etíopes no saben que hoy juegan el Barcelona y el Atlético de Madrid el partido de ida de la Copa del Rey. Tampoco saben que anoche los Reyes Magos de Oriente salieron de su letargo patrocinado y recorrieron las avenidas del progreso con sus carrozas alicatadas de exceso, flanqueados por la alegre comitiva de niños felices que esperan dormir el sueño de los inocentes y despertar al día siguiente con un carrusel de regalitos bajo el árbol. Muere hoy la Navidad y abren las rebajas en El Corte Inglés la continuidad del festejo. Se trata, bien en el fondo, de que el espectáculo continúe su desfile antológico de sonrisas y lazos de colores. La vida se exhibe así a capricho y se relame de los voyeurs que a su paso babeamos y lampamos por acercarnos a ella y chuparle el jugo hasta que le revienten los huesos. Ya no tenemos Navidad y hasta conviene borrarla para afrontar la cuesta de enero, que es una empinada carretera de índole más moral que económica, en la que unos y otros se fajan de la tripa adquirida y prometen meterse en faena y adelgazar lo justo para no sentir el peso formidable de la culpa. No hay Navidad en la que uno salga íntimamente culpable de una cantidad excesiva de cosas. Se nos agolpan en la almohada, a pie de sueño, los muertos palestinos y los mendigos de las calles. Se fijan en el agotado disco duro del alma escenas que no acabamos de entender. Anoche, en mi pueblo, el gentío bramando en las aceras, persiguiendo el falso sueño posible de sentirnos actores de una obra que no hubiésemos escrito ni nosotros mismos y que, en la distancia, días después, a toro pasado, que se dice, nos parece siempre una fantochada de capitalistas mundanos, de consumidores voraces. Y esta mañana el alborozo campa a sus anchas por la España anestesiada y por la que se lastima en discusiones absurdas: el júbilo plenipotenciario de abrir cajas y sacar golosinas con las que presumir ante los nuestros de que nos quieren mucho y nos han traído los mejores presentes. Por lo chulos y por lo buena gente que somos. Flecos de la visa, oro derramado a golpe de euro, placeres comprados después de esperar treinta minutos de canalla cola. Mañana (pasado) arrancamos la vida nueva y contamos a los íntimos lo bien que ha estado el engaño. O no lo fue. O está bien que sea, al fin y al cabo, un engaño admitido, una especie de fuego de artificio sin fondo al que año tras año nos afiliamos para sentir la vida más a ras de pulso y enterrar el desencanto y el desamparo de no saber qué hacer con los muertos ajenos y con la tristeza infinita de no poder remediar tanta fantochada. Y lo mejor es que nos encanta y que al año próximo regresamos a la rutina y engordamos con los mismos bombones. Que hoy, queridos lectores, los Reyes Magos del Corte Inglés hayan sido cómplices con sus deseos. Qué menos.

4 comentarios:

Alex dijo...

Bravo, Emilio. Has definido la esencia del final de la Navidad con certeza. Pero no olvides que hay mucho más detrás. A veces (muchas veces) en una fecha del calendario se esconde una ilusión. Mañana comienza la nueva vida. Así sea...

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Y lamentablemente esa esencia es también su veneno y su inevitable brillo... Hoy estaba mi pueblo reventón de alegría, Álex. Cómo no. La festividad de los regalos. Nada nuevo. La vida, la verdadera, si empieza mañana, ¿ qué ha sido estos días ?

Isabel Huete dijo...

A mí me gusta la Navidad por lo que tiene de fantasía, o de sueño. Reconozco que me gustan las lucecitas de colores, y los belenes, y los árboles llenos de bolas, lazos y figuras, y el turrón y los villancicos... Lo vivo quizá como una forma de rememorar mi infancia, mi parte más inocente y confiada. Cada año me vuelvo niña durante unos días y disfruto como tal.
Quizá con los años se ha ido convirtiendo en una fiesta consumista y comercial, pero yo paso de todo eso. No salgo a las calles atiborradas de gente ni me meto en grandes almacenes a comprar. Me conformo con apagar las luces de mi casa y contemplar el árbol iluminado y las lucecillas del Belén que todos los años monto exclusivamente para mi propia contemplación. Tampoco es una cuestión religiosa ni la búsqueda de un sentimiento de nostalgia... No sé, es como volver a ver una y otra vez la pelicula "Fantasía", que es una de mis favoritas y nunca me canso de verla.
Feliz comienzo de la verdadera vida que comienza mañana... :)
Un besazo.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Qué bien haces: hay que blindarse contra el exceso, aunque uno en casa, a su antojo, movido por su dios particular de los caprichos, haga lo que le venga en gana y realice el sueño de la navidad como mejor se adecúe a su manera de vivir. La tuya, a lo visto, es íntima y es hermosa. Gracias por entrar en mi página siempre, Isabel.