15.1.07

MARÍA ANTONIETA : Mucha pompa, ninguna circunstancia




De lo que se habla en María Antonieta es del preámbulo glorioso de la Revolución francesa, hito en la Historia de la Humanidad, episodio donde la razón debate su encarnizada lucha contra sus monstruos, pero el lenguaje de Sofia Coppola se traviste de convenciones, se frivoliza y se erige como chabacana traca de petardería de feria de lo que, en otras manos, hubiese dado una sinfonía con una masa orquestal apabullante, sublime y, en su artificio, coherente, lírica. Nada de eso hay en este ejercicio de marketing de la hija del maestro Francis Ford.
María Antonieta no es, empero, una mala película. Alone in the dark, que tuve el insufrible pecado o capricho de ver hace unos noches, lo es en grande sumo. El film pseudobiográfico de esta niña convertida en reina desde su Austria de vals hasta el París ardiente de ideas sacrifica la hondura psicológica de unos personajes, por fuerza, ricos, en aras de provocar ( y lo consigue ) con dosis mayestáticas de glamour, como si todo, al cabo, deviniese un largo ( dos horas ) videoclip a la MTV como aquél estupendo de Queen llamado It's a hard life.
Kirsten Dunst, la reina infante, es voluntariosa, delicadamente chic, abandonada como una silla refinada en un salón versallesco, nunca mejor escrito, felizmente inestable en su mundo de protocolos, pelucas y trajes de cincuenta kilos, eficiente bajo su peinado de impresión.
El personaje, rebajado a banal adorno, asiste a un ir y venir de cuadros de época, sazonados por un insólito hilo musical, provocador y agradable, pero a todas luces inapropiado.




No es, bajo ninguna circunstancia, una puesta al día (necesaria) del género por más que hayamos depositado tantas esperanzas en la confianza de que Sofia Coppola, vista Lost in translation, iba a hacer una película de mayor nombradía, limitándose a construir una insoportable, por barroca, pintura de época, sin antecedentes en el último cine comercial, hecha con descaro, pero desatinada, supeditándolo todo al ruido de las lentejuelas, al pasmoso palacio que vemos una y mil veces, rodado en desconcertantes y hermosísimos ángulos.
La tristísima soledad de la reina, su escoramiento a un perfil moderno de fémina sometida por las estrictas convenciones de la sociedad, queda en craso experimento de excéntrico resultado.Las peripecias del argumento, en suma, tampoco convencen: se pierden en la costura de los trajes, en el brillo de las lámparas.

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