9.6.24

Todas las palabras felices



Fotografía: Marina Sogo

 Una de las palabras que más gusta del diccionario de la Real Academia de Espsñola es paisano. Me hace pensar en la felicidad sin que sepa bien por qué. La he escuchado en la puerta de mi casa. Un anciano saludaba a otro esta mañana bien temprano. Charlaron y yo los escuchaba desde la ventana. Paisano, qué haces, dijo uno. Por extensión, alrededor de paisano, afincada en los márgenes, merodea país. Sobre él, escrito a su ancha espalda, flota el concepto de nación, que engendra el inevitable nacionalismo. Ahí el amable lector puede incluir bandera, himno, patria, terruño y hasta el deje fonético que se estile en su tierra. Descreo de algunas palabras porque las palabras arrastran ideas, y las ideas, cuando se forjan con materiales duros y se van adorando en el transcurrir agreste de los siglos, provocan ideologías, conflictos, abren brechas en la convivencia de las personas y, en última instancia, hacen que nos vayamos matando unos a otros a conciencia, a medio camino entre el deseo de que nuestras ideas pervivan y el de que la idea del otro fenezca. Las armas las carga el lenguaje. No existe el diablo igual que no existe Dios y, al tiempo, en su bendita paradoja, ambos nos rondan y a ellos rendimos el más hondo de nuestros desvelos, pero no hay nada fuera de las ideas. Ni siquiera el rubor cuando se nos halaga o la sustancia de los sueños o el eco cuando se expande y hace que tremole el aire.

La idea de Dios también es de tremolar por los altos paisajes del pensamiento. Se piensa a Dios y esa circunstancia lo hace verdad para quien se ocupa en sentirlo. Dios es una palabra formidable para enredar una tarde de café y sentir el pecho trascendente y el corazón henchido de metafísica. Creo en muchas palabras, no obstante. Porque las palabras arrastran ideas y las ideas también forjan prodigios y cierran, una vez abiertas, las brechas que otras palabras abrieron. Las armas las descarga el lenguaje. Hoy tengo el corazón henchido de lenguaje. En días recientes, lo que hay son muchas palabras, ellas me abrazan, me requieren atención, me interrogan, pero no cuajan, no dan con la trama que las arrime y las haga funcionar, ser felices. Una palabra puede aspirar a ser feliz. Cuando lo son, lo es el que las dice o el que las escribe o el que las escucha o las lee. Tenemos el país manga por hombro porque las palabras están enfermas. Se avendrán a respetarlas, cuando se den cuenta de que las palabras merecen un respeto, los que las enfangan, los que las vacían de amor y las cubren con odio. Tal vez todo vaya a mejor cuando se prestigien las palabras felices, así de ingenuo me siento hoy.

Es a la educación a la que no le tienen afecto. La usan poco, la usan mal. La ningunean casi siempre. No se dan cuenta del daño irreparable que causan, no ven más allá de lo que desean ver. Ya nos daremos cuenta más adelante del roto que están haciendo. Porque es un roto, un agujero por el que se cuelan todas las enfermedades del espíritu. Es ver las noticias en televisión o leerlas en la prensa o escucharlas en la radio y sentir una congoja indecible. Qué desprecio el de los políticos que las esgrimen. Porque es portarlas como armas lo que hacen, usarlas como piedras, lanzarlas a ver a quién le hacen un boquete en la cabeza. Hemos perdido el amor a las palabras. Juntamos unas con otras sin voluntad de que iluminen: solo se persigue el daño, la posibilidad de que hieran. Por eso la poesía: por su cualidad de puente entre lo que no se ve y lo visto en exceso, por su entera disposición a prestigiar la hondura de las palabras, que son órganos del cuerpo común que nos contiene a todos.

8.6.24

Elogio de la sombra

 Contiene la sombra una parte considerable uno mismo y, al tiempo, no nos incumbe en absoluto, rehúsa representarnos, ninguna de sus atribuciones apareja alguna nuestra. Tan escasa o nula consideración le tenemos que fascina su perseverancia cuando la miramos en detalle. No se ofrece a voluntad, precisa de la injerencia del sol para que despliegue su esplendor antiguo e incomparable. No ha variado jamás. Es la misma sombra del primer hombre. Concurre el mismo astro que ocupó el primer cielo. Irrumpe con idéntica nobleza. No flaquea, no se compunge ni amilana. Va a lo suyo. No sabemos bien qué sucede debajo suya, ignoramos la sustancia de la que está hecha. Al fuego se le encomienda la clausura del mismo fuego; a la luz, la urgencia de la sombra. 


7.6.24

los días en urano

  




todas las muchachas célibes de sausalito toman un greyhound, viajan a la otra costa, se entrevistan con los gurús, les informan sobre el roto que llevan dentro, les dicen las palabras exactas, las han ensayado, llevan todo el viaje ensayándolas en el autobús, las saben decir en verso alejandrino, mi madre tiene los ojos verdes, la tarde del sábado está gris, no llueve, hace frío, tengo la chimenea encendida desde mil novecientos sesenta y seis, en madrid cae agua nieve, lo han dicho en televisión, escucho a miles davis en la formación clásica de kind of blue, el jazz es un biombo en el que esconderse, lo escribió cortázar, cortázar era de gatos, no he leído nada suyo sobre los conejos, es un tema no lo suficientemente tratado, tampoco consta nada sobre los conejos en la antigua grecia, ni en la poesía beat, bill evans no tiene ningún título en el que aparezca la palabra conejo, la noche en urano dura cuarenta y dos años, también los días, debe haber buena tradición de novela negra en urano, se vendrá al mundo con una novela debajo del brazo, se irá escribiendo con paciencia hasta que acuda el último muerto, el estado ideal al que aspiro es el de no quitarme el pijama en tres días, que serán tres días en la noche de urano, quién sabe, si acercas el oído al suelo de Urano escuchas el runrún de las placas tectónicas, ese ruido como de lija aplicada sin tiento a cualquier cosa que se desee pulir y exhiba una costra incómoda al roce de la yema de los dedos, la tierra debería contener un abrazo, el aire es una vulgaridad a la que se da la consideración más alta, pero no caemos jamás en la cuenta de que continuamente está ahí, espontáneo y nutricio, con piedad, con sobrecogimiento, con impensable cuidado, buscamos a dios en urano, izamos banderas con pétalos cosidos a la tela ingrávida, rezamos con el corazón ocupado por una congoja infinita, los días en urano se parecen como una resaca a otra, volvemos a casa, los vasos cómplices en la barra del bar, el humo antiguo, un blues cósmico en el cielo de la boca, la noche se cobra siempre sus aranceles  



6.6.24

Duración del fuego


Vivir es a veces no ir ni a ciegas siquiera,

trasegar de lo oscuro a lo oscuro,

abrir los ojos en el latido del barro. 

También vivir es dejarse convidar de luz 

cuando el pájaro en su limpia fronda de aire 

elogia la bondad del paisaje 

o el croar de las ranas en la charca 

tiene insistencia de salmo 

o el fuego, al aplazar la resolutiva ceniza, 

se yergue y aspira a permanecer 

en la más dulce blonda del tiempo. 

La vida, si se toma demasiado en serio, 

se resuelve ficción. Así desoye 

las admoniciones y fulge entera 

como el pájaro en el festejo del vuelo 

o la rana en la música del agua 

o el fuego cuando por fin adquiere 

la majestad de la pied

5.6.24

Doppelganger

 


Lo malo de ir aplazando las obligaciones es que luego no nos acordamos de cómo se llevan a término. Yo estuve más de un mes evitando entrar en la consulta de mi dentista y el día en que tomé aplomo y me dispuse a franquear ese miedo no recordaba dónde estaba su clínica. Anduve unas horas por el centro tratando de poner en orden mis pensamientos. En ese deambular sin propósito, en ese ocio cobarde, coincidí con un amigo que no sabía cómo ir al banco para pagar la contribución. Me confesó que llevaba más de un año postergando el pago. Días después leí en la prensa que uno de mi pueblo estuvo perdido una semana sin encontrar el camino de vuelta a casa. No lo conozco en persona, pero me han comentado que bebe mucho y que, cuanto más bebe, más olvida. Era ese uno de los motivos por los que recomiendan que no se beba mucho, por el daño que hace a los recuerdos, pero K. me dijo que lo de beber para olvidar es legítimo, un procedimiento como otro cualquiera, quizá más creativo. Es como la serpiente que se muerde la cola y que se gusta en el gesto. Me he preguntado si estas anomalías de índole casi metafísica las tenemos todos, mal que a veces nos pese; no me sorprendería que hubiese idénticos comportamientos en otras partes del mundo y así, al hilo de esta reflexión un poco fugada de tino, he pensado que un ciudadano turco, pongo por caso, se pareciera a mí a la hora de darle esquinazo topológico a la consulta del dentista. Cosas que suceden solo en mi cabeza. No sé, en algún lado, habría un tipo como yo, un Emilio Calvo de Mora Villar paraguayo o de Las Hurdes que odiase esperar la cola en la charcutería o que no supiese todavía hacer el nudo Windsor cuando las bodas o los bautizos. Uno que quizá en este momento estuviera leyendo esto que escribo y se viera reflejado en lo que antojadizamente se cuenta y se vaya hoy a la cama con la certeza irrefutable de que el mundo, en el fondo, es un escenario hostil y que vamos apartando dentistas, charcuteros y oficinistas de banco porque, bien mirado, lo que nos molesta es la rutina, esa reincidencia en lo que nos incomoda. Einstein decía que la realidad es una ilusión, pero una muy insistente. A mí me agrada la ficción de que alguien por algún lado, en un pueblo del Ampurdán o en los barrios de la periferia de São Paulo, sigo fantaseando con la geografía, sea un tipo como yo, padezca las mismas incertidumbres, disfrute de los mismos placeres y sospeche que posee un cómplice, una especie de hermano anónimo, el doppelganger no necesariamente malvado en la distancia, en el insondable territorio de la literatura o de la calle. Si está por ahí, que se persone, que diga estoy aquí, por fin he llegado. Le abriré la puerta de mi casa, estaremos los dos unos días compartiendo mesa, conociéndonos, dejando que la conversación sentencie si en verdad él es una derivación mía, yo una suya o, en el fondo, todo sea un juego verbal más, uno de esos que ejerzo cuando me levanto temprano y me preparo a conciencia para afrontar el día. Que el vuestro sea propicio.

4.6.24

Un aforismo corporal

 La buena literatura causa un tumulto interior, un clamor sublime de la sangre. La mala, meteorismos intestinales, incontinencias aerofágicas.

3.6.24

En el centenario de la muerte de Kafka


 

EN EL CENTENARIO DE LA MUERTE DE KAFKA


He escrito 7 textos sobre Kafka en los últimos 10 años. Los recoge mi blog y los he compilado hoy tributariamente al cumplirse cien años de su muerte. No me anima ninguna intención académica. Tampoco sabría. Es el anhelo sencillo de contármelo, de hacer que comparezca y me turbe. A lo mejor los ocho son el mismo texto. Uno hubiese valido, ninguno. La idea de que escribimos un solo texto no ha dejado de rondarme. 


1


A lo primero a lo que uno se inclina en Kafka es a considerar la acústica de esa palabra. Kafka. Kafka. Kafka repetido una docena de veces. Hay una belleza ineludible, con la que se abren paso algunas de las bellezas menos evidentes o un tipo singular de belleza sin la que yo mismo no podría subsistir al modo en que ahora lo hago. El gris Kafka, el escritor, el oficinista, soporta la realidad en la creencia de que las noches las llenará de armonía o de caos con su escritura. Escribimos para que las noches limpien todo lo gris que ha ido abandonando el día o para enturbiarlo adrede. Con la propia mano. Haciendo del error un mapa. Se escribe para estar a salvo del rigor del mal o de la tristeza. Somos Kafka en una habitación, mirando la hoja en blanco, pensando en cosas que no podrían explicarse a viva voz nunca. Kafka en la soledad infinita del alma. Kafka era un ángel oscuro, un completo desgraciado con un don. Un espejo también. 


2


En los cuentos de Kafka huele a naftalina. Una ebriedad rancia afluye. Es la resaca la que escribe, no él mismo. La vida, incluso la mala vida, invita a que se la registre. La felicidad no tiene escribas. El júbilo se recama de grises. La luz se deja convidar por la sombra. Las palabras, las más festivas con más declarado entusiasmo, permiten que se les rezague una sílaba o que un matiz en la restitución de su fonética haga preludiar la descomposición del significado. A Kafka, cuando se encaminaba a la oficina de seguros en Praga, se le iban envalentonando las palabras. Unas consentían una inminencia de gracia; otras, las menos, un festín de lujuria, pero las que metía en los bolsillos y masticaba en la memoria eran las grises, eran las turbias, eran las pobres de espíritu. Kafka era un pobre hombre. Cuando se le lee con el ánimo en alza, acude un frío del que no se zafa uno hasta que otro frío mayor lo reemplaza. Lo bueno de leer a Kafka es que el frío que nos transmite curte el nuestro, lo pone frente a sí mismo, hace que dialogue con él, lo sublima y endiosa


4


Kafka dejó instrucciones a su editor sobre la conveniencia de que ninguna ilustración acompañara al texto. No quería (se obstinó mucho a ese respecto, al parecer) que el lector manejara información añadida a la vertida por él, al texto brutal y sin concesiones. Todos somos Kafka a veces. Nos acostamos siendo una cosa y somos otra al levantarnos. Se tiene constancia de esa aberración, pero no nos parece diferente a la que sufren los demás, que exhiben el mismo desquicio físico. Todos somos Gregor Samsa. Se nos quiere hasta que de pronto exhibimos un comportamiento erróneo. Hay días en los que percibes que eres otro al poner el primerizo pie de la mañana en el suelo. Estamos postrados en una cama, el vientre se abomba monstruosamente y al costado nos crecen alarmantes patas. Perpleja, la familia nos conmina a que nos recluyamos. Por el bien de todos, por el nuestro. No somos dignos, no merecemos piedad, parecen decir. Damos miedo, somos el miedo. Kafka no bruñó a su criatura, la alumbró sin que ninguna de sus deformidades constituyeran amenaza, pero todo él era una amenaza. Igual que no sabemos las causas por las que Joseph K. fue condenado, tampoco sabemos las que llevan  a Samsa al postración (aunque tenga alas, eso es un detalle importante, el hecho de que no acabara volando Samsa, lo cual añade absurdo a todo el relato) y a la humillación física y mental. Duele (al verlo) la humanidad que no acaba de aflorar e imponerse a la mutación que nos cuentan nada más empezar la trama: se queda abajo, no prospera, se da por hecho de que no habrá vuelta atrás. Es la evidencia de que no podemos confiar en que mañana no seamos nosotros los mutados, de que no hay nada fiable a lo que asirnos y que en cualquier momento puede irrumpir el caos y hacer que todo adquiera la inconsistencia del absurdo. Lo más curioso, lo que a este cronista de sus vicios más le fascina, es la justeza con la que Kafka vierte el quebranto de su personaje, cómo censura cualquier alarde sintáctico para que la historia suceda con verosímil fluidez. Toda esa degradación que sufre el protagonista es la misma a la que íntimamente se teme desde que tenemos conciencia de que existe la enfermedad y que puede reducirnos a escombros. Duele también la incivil ocupación de su convalecencia por parte de los suyos: lo alimentan, lo consideran una excentricidad, una anomalía de la naturaleza que les ha tocado en desgracia, pero llega un momento en que deciden deshacerse de él, se desentienden de la humanidad que se supone todavía anida ahí debajo, en algún lugar bajo el espeluznante caparazón de ese (creemos) escarabajo, a todas luces parece la opción más conveniente. No sé si podremos convenir que La metamorfosis continúa ofreciendo una lectura igual de inquietante que cuando fue escrita, albores de la Primera Guerra Mundial. Si su sentido no es todavía el mismo: la sinrazón de la vida, la cruenta cuenta de los dolores, la sensación de que el hombre es un animal extraño, desarrolle alas o patas o antenas. Es capaz de todo el horror. Está facultado para desoír todo el horror que acaba de causar.


5


Lo verdaderamente doloroso en la historia del oficinista Samsa no es tal vez que amanezca transformado en un bicho, no sabemos con seguridad si insecto u otra cosa, tampoco las causas de la metamorfosis, sino el hecho de que esa circunstancia trastoque su rutina y falte al trabajo. Hay una certeza imborrable: la de asistir a la claudicación de un individuo (ataviado con la misma humana fragilidad que detenta cualquier otro) y la construcción (brusca) de una criatura patética y repulsiva, con la que se presenta en la narración y que la condiciona enteramente. Borrados los rasgos humanos o arrumbados a un confinamiento remoto de su cabeza, el monstruoso Gregor Samsa reclama humanidad a los suyos, pero no la consigue, lo cual refuerza la suya propia, incluso vestida de horror, manifestada en la tristeza de los ojos, quizá no hubiese más indicios de que ahí adentro se afanara por aflorar. Kafka dejó instrucciones a su editor sobre la conveniencia de que ninguna ilustración acompañara al texto. No quería (se obstinó mucho a ese respecto, al parecer) que el lector manejara información añadida a la vertida por él, al texto brutal y sin concesiones. Todos somos Kafka a veces. Nos acostamos siendo una cosa y somos otra al levantarnos. Se tiene constancia de esa aberración, pero no nos parece diferente a la que sufren los demás, que exhiben el mismo desquicio físico. Todos somos Gregor Samsa. Estamos postrados en una cama, el vientre se abomba monstruosamente y al costado nos crecen alarmantes patas. Perpleja, la familia nos conmina a que nos recluyamos. Por el bien de todos, por el nuestro. No somos dignos, parecen decir. Damos miedo, somos el miedo. Kafka no bruñó a su criatura, la alumbró sin que ninguna de sus deformidades constituyeran amenaza, pero todo él era una amenaza. Igual que no sabemos las causas por las que Joseph K. fue condenado, tampoco sabemos las que llevan al postramiento (aunque tenga alas, eso es un detalle importante, el hecho de que no acabara volando Samsa) y a la humillación física y mental. Duele (al verlo) la humanidad que no acaba de aflorar e imponerse a la mutación que nos cuentan nada más empezar el relato: se queda abajo, no prospera, se da por hecho de que no habrá vuelta atrás. Es la evidencia de que no podemos confiar en que mañana no seamos nosotros los mutados. 


6


Escribe Kafka en sus diarios que se hizo cortar el pelo o que se pasaba días enteros en la cama o que ocupaba las tardes mirando el campo desde la ventana o que está diez días sin que un pequeño arrimo de inspiración le dicte una página o que paseaba con las manos en los bolsillos y apretaba adentro los puños hasta que le dolía el brazo. De Kafka he tenido siempre una opinión literaria favorable, pero me ha fascinado mucho más la persona, lo que se deja ver si uno escudriña en sus diarios, no en las novelas o en los cuentos, donde todo está muy aliñado de literatura, por decirlo de alguna manera, donde cabe la tragedia como recurso, aunque no venga limpia de biografía, qué voy a decir yo sobre eso. En los diarios se transluce una vida interior que únicamente obedece al instinto primario de escribir. La literatura es una casa ya amueblada, en la que se han colocado con esmero los enseres y se ha cuidado al detalle lo que la visita puede observar sin que parezcan curiosos. Otra cosa, otra bien distinta, quizá de una intimidad más respetable, es el hecho de escribir sin la obediencia de las formas, sin que exista en modo alguna la evaluación de un lector externo, distinto al que se aplica a la escritura misma, a su yo sin escindir todavía. Como si el Kafka lector fuese el único inquilino de la escritura, aparte del Kafka escritor. Todos los escritores debieran escribir en esa privacidad idílica. También he apreciado esa credibilidad absoluta en los diarios de Canetti o de Pessoa. Porque el Libro del desasosiego, enmascarado en las máscaras oportunamente interpuestas, es un diario enorme, uno de los que más pueden afectar al que lee, si bien he tenido mis aplazamientos con él, tal vez por excesivo apego o por dar descanso a la fascinación, que a veces no es conveniente. Digo afectar en su sentido trágico. La literatura, la buena, es siempre trágica. Incluso la feliz, la que irradia armonía, cela fragmentos terribles. Basta hurgar, dar de uno lo que no se suele, ahondar, saber ver, encontrar el sentido, una vez que se han creído encontrar los argumentos. La vida es un poco así. Se matrimonia la risa con el llanto, se ve la coyunda paradójica de la luz y de la sombra. Kafka es el mejor en esa difícil travesía. Nadie como él ha explicado mejor la imposibilidad de salir airoso de este viaje. Me falta leer mil libros más para afirmar eso con más rotundidad. Incluso si los leo, no podré ser tajante de ninguna manera. Hay Kafkas por ahí perdidos, muchos, imagino, pero no han tenido difusión, quedan en literatura doméstica, en escritos que se pasan los amigos, en entradas tristes en un blog al que casi nadie entra. Ahora que acabo los diarios, vueltos a leer tantos años más tarde, me siento más vulnerable que antes, menos firme en muchas cosas que antes creía sólidas. Por otra parte, también me ocupa el pecho una especie de temblor divino: el de la creencia de que todo lo que me ocurre tiene la importancia que yo desee darle. Kafka (incluso el Kafka apático, el triste, el que llevaba a cuestas el sello de la incomprensión, el que se hizo cortar el pelo o echaba días enteros en la cama o apretaba las manos en los bolsillos) era un fantástico observador de la vida. Da gusto leer cómo extrae sustancia de donde no parece haberla. De Kafka (ya acabo, me tengo que vestir, me voy a trabajar) se posee una imagen deteriorada, la que se ha ido construyendo sin pensar mucho, sin leer mucho tampoco.


7


No sé mucho de la vida de Kafka. No he leído ningún libro biográfico, ni tengo información más allá de la que aparece en ocasiones en suplementos culturales de prensa o en notas encontradas en blogs de amigos (Carmen Anisa lo adora, Juan Pedro García lo adora) o en ciertas revistas literarias a las que acudo con cierta frecuencia. No sé mucho y, al tiempo, de alguna forma, no preciso saber más. He logrado que Kafka no interfiera con el escritor Kafka. Se hace a veces difícil separar lo escrito de quien lo escribe; la persona, del autor. Podría añadir a Lovecraft o a Borges, a Cortázar o a Pavese. Debiéramos leer sin que nos contamine la periferia de la lectura. Estar en Jakob Von Gunten, en su instituto escolar, comido por el frío y por el tedio, sin pensar en que Robert Walser murió en la nieve en una clínica psiquiátrica de Berna en la que fue paciente durante treinta años. Pensar en Neruda y no escuchar su voz acaramelada, como de niño que ensaya la fonética de las palabras y las declama como si estuviese rezando y Dios le escuchase. Pensar en Onetti sin caer en la visión del cenicero en la cama y las colillas ocupándolo entero, escribiendo su prosa impecable desde la enfermedad o desde la pereza más absoluta o incluso juntamente con la influencia enriquecedora de ambas, si es que tal cosa pueda pasar. Dicen que la última rendición de las causas y los azares de la desdichada vida de Franz Kafka contiene trazos de una existencia no tan triste, a pesar de la tuberculosis, de sus proyectos matrimoniales frustrados o de su temor a que nada prosperase y la vida no le invitara a nada mejor que escribir a la salida del trabajo. Leo ahora que entretenía a los amigos proyectando la sombra de sus manos en las paredes o que era especialmente habilidoso en chispeantes juegos verbales. Deberíamos leer a Kafka pensando en Poe. Hacer que en nuestra cabeza se impregne bien fuerte la idea de que fue Poe quien escribió La metamorfosis o América. Hacer que Kafka o la idea que nos hemos hecho de Kafka reemplazara la que tenemos del mismo Walser, encerrado en el psiquiátrico, esperando que la muerte lo alcance en un paseo invernal a las afueras del recinto de su pabellón. Leer sin información añadida, podemos decir. No manejar ni siquiera nombres. Dejar de manejar nombres y sólo ocuparnos de la bondad de lo leído, pero es sólo un pequeño volunto dominical. Ni siquiera yo, proponiendo esto, sería capaz de llevarlo a término. A veces la propia vida del escritor se cuela por la evidencia tangible de su obra. Sin que ellos, al escribirlo, lo pretendan en absoluto, pero sucede. Poe planea por Poe. Lovecraft es una especie de espectro que pasea pueblos deshabitados en donde se ocultan dioses primigenios. Kafka es Gregor Samsa con más frecuencia de la que desearíamos. Samsa convertido en Kafka. En otro orden de cosas está leer la novela o la poesía de quien conoces, con quien has paseado o tomado café o empinado el codo en una barra de viernes. He leído con absoluto alborozo cuentos y novelas de gente a la que profeso un afecto muy grande o a quienes admiro no ya como escritores sino como personas, de esas (ya digo) con las que hablas de fútbol o de lo mal que está la educación o los precios del marisco en las plazas. Esa lectura, hecha así, sabiendo quién está detrás, es curiosa también. ¿Cómo separar la persona y lo que sabemos de él y lo que nos ha confesado también del autor, de quien ha volcado otro yo, no lo dudo, pero íntimamente el mismo? Uno mismo, al escribir, se escinde también, se hace dos o tres o los que se precise para que, en esa disolución, el yo real se desvanezca o desaparezca de cuajo incluso, pero todas estas cosas, al ser pensadas, también se desvanecen, se pierden, no sabe uno cómo acometerlas, con qué palabras volcarlas. El domingo se ha puesto una brizna kafkiano. Roto asumible. Lo remendará el sol en la calle. Hoy luce con elegancia. Luego saldré a ver si distraigo las obligaciones (cien exámenes que corregir, por lo menos) y lo saludo. Al sol, digo.


8


La primera vez que leí a Kafka en serio iba en un barco de la Armada Española, el Castilla, un buque de mando anfibio que estuvo en Vietnam. Lo hacía en cubierta, procurando que no se me volase el libro. A veces me quedaba en una especie de cantina en el olor a metal quemaba la nariz. Durante dos semanas de maniobras marítimas (seguro que era otro el nombre) no tuve mejor compañía que ese libro de cuentos de Kafka. Estaba en la litera que me hicieron ocupar. Debió olvidarlo el inquilino anterior, un soldado de reemplazo superior seguramente. Hoy he visto en una de esas páginas que uno pilla al azar, sin que haya nada en particular que busque en ellas, una fotografía del buque y no he podido evitar pensar en Kafka, en esos días de navegación aburrida, en la que no desempeñé oficio alguno, salvo el poco estimable de retirar los platos de la mesa de los mandos y arrojar sus restos a una trituradora gigantesca. Entre desayuno, almuerzo y cena, ocupaba un buen par de horas. El resto del tiempo leía y releía a Kafka. No había otra lectura en el barco, no vi biblioteca a la que acceder, ni nadie de quienes iban conmigo subieron a bordo libro alguno. Recuerdo que leía a Kafka y escuchaba en mi walkman Aiwa una cinta TDK con dos discos de Depeche Mode. Es una mezcla extraña, no sé todavía cómo casar todo aquello. No albergo tampoco razones que me inclinen a casar nada. Los recuerdos están ahí, a flote en alguna superficie esponjosa, no del todo dura, a la que no se le hace aprecio hasta que una pequeña ondulación de la superficie las agita y las hace emerger, izarse, ponerse bien a la vista. En una especie de bookcrossing precoz, dejé el libro de cuentos (la portada era roja, no recuerdo la editorial) en la litera que abandoné. Al desembarcar y pisar Málaga, fui a una librería y compré un par de libros de Kafka. Durante esos meses, leía a Borges y leía a Kafka. También el Marca del cuartel en San Fernando y las cartas de los amigos. Empecé a escribir un poco más en serio por aquel entonces. Mi amigo Antonio Sánchez y mi amiga Auxy Salido saben de qué hablo. Imagino que, de leer ahora esas cartas, que ellos guardan en un AZ, vería a Kafka. Estaría ahí, mirándome con su cara de incomprendido. Luego he vuelto a él muchas veces, pero nada me ha parecido igual de revelador como descubrir de verdad a Gregor Samsa en la cubierta de un buque de guerra, en la prestación del Servicio Militar.

2.6.24

Conejo




 Escribo porque soy un conejo. A veces me da por imaginar que no soy Emilio Calvo de Mora Villar. Imaginar que no tengo La isla del tesoro en una edición muy vieja. Ni mujer, ni hijos. Ni el recuerdo de mi abuela en una playa en Fuengirola. Ni alergia al polen del olivo. A veces está bien olvidar qué somos y andar un día por el mundo sin nada que nos vincule a él. Cuando escribo soy un conejo, el Señor Conejo. Voy de campo en campo, olfateo, sobre todo olfateo, muevo la nariz como la movieron mis antepasados en los tiempos remotos de los conejos. Siendo conejo he desarrollado enormemente el sentido del olfato. Donde otros aguzan la vista, donde se esmeran en sublimar el gusto, yo he puesto toda mi sangre en el crecimiento de mi olfato; está grande mi olfato, estoy satisfecho de cómo funciona, así que salgo al campo, olisqueo sin parar, muevo los bigotes, nunca flaqueo ni me arredro, no he podido hacerlo, por más que se me haya ocurrido contravenir la naturaleza de mi condición animal. Son cosas de conejos, imagino. Las mujeres de Wichita Falls o de las de Obejo tendrán también las suyas, no conozco una sola mujer nativa de Wichita Falls y sólo una de Obejo. Se llamaba Julia o ahora decido que se llame Julia y tengo idea de que almorzábamos juntos en un bar antes de volver al colegio. Cabe la posibilidad de que alguna vez me haya cruzado con ella, tantos años después, pero de qué hablaríamos, no sé si habría podido decirle nada, contarle la historia de mi vida, la real y la fabulada, la de conejo, la breve historia del insomnio, del vértigo, el sonido que hace mi bigote cuando se me cruza una zanahoria o el zumbido constante que enhebra el aire cuando escapo de los cazadores. No sé si debería hablar ahora de las zanahorias o más tarde. Sobre la superficie herida de la zanahoria voy rindiendo diente a diente toda mi nerviosa boca. Sé que me espera el manjar: cuanto más me espera, más intenso es el placer y más me determino a dilatarlo. Si vuelvo a mi condición humana no recuerdo nada de mi vida como conejo, no sé nada de mi promiscuidad de conejo, vuelvo a la mesura, escribo distraídamente en un banco de un parque, observo una iglesia, muy a lo lejos. La gente entra con respeto, entran animosamente, creo que luego Dios los amonesta, secretamente los amonesta. Él sabe que amo el verdor de la tierra, la lujuria de la hierba cuando se yergue agradecida.  A veces los pájaros acuden si los llamo, vienen en bandadas, se atropellan en el alféizar de la ventana, miran qué hago, observan los libros encima de la mesa, parece incluso que escuchan a Wagner invadiendo Polonia, pero en realidad no hay trama más allá de la impresión poética, no acuden si los llamo, están convidados por el azar, están sin que yo intermedie en ese prodigio. En otro modo de entenderlo todo, nosotros somos como pájaros, acudimos si nos llaman, vamos en tropel, nos atropellamos sin concierto, observamos qué hay detrás, si la cosecha o tan solo la semilla, si el final severo o el entusiasta acto de inicio. Solo importa la trama, nos importa construir la memoria, tenerla a mano, conferirle el rango de libro y abrirlo en cuanto se nos ocurra, consultar, ver qué podemos hacer para que no sintamos el peso del mundo, que no es amor, hace tiempo que no es amor, lo fue, estuvo ahí el amor, codiciando amantes, copulando sin brida al modo en que lo hace la lluvia cuando lame el aire, invisible, puro, gozoso y alto. Hoy domingo a las ocho y dos minutos de la mañana escribí porque soy un conejo. A veces me da por imaginar que no soy Emilio, no tengo el ideal de la justicia, no comparto con los otros la alegría que en ocasiones me ocupa el pecho: soy un conejo, el señor conejo, voy de campo en campo, olfateo, sobre todo olfateo, muevo la nariz como la movieron mis antepasados en los tiempos remotos de los conejos. Dios censura, es un catón, es un terrible ojo imposible. Pensó: haré conejos, pero los conejos no tenemos moral, no sentimos el peso del mundo, solo olfateamos, fornicamos, entendemos el mundo según lata el corazón más o menos aprisa. La vida como conejo tiene sus ventajas: no nos escandalizan los asuntos habituales, solo nos concierne la procreación, no se puede pensar en otra cosa, solo olfateamos, oteamos, nos encaramamos a la hembra y la cubrimos, porque cubrir es un verbo manso: cubrir es el verbo más importante del diccionario, uno cubre lo que puede, cubre sin apuro, un poco también desinteresadamente, sin caer en la cuenta de que se está cerrando un ciclo o de que se está abriendo. El hombre tampoco razona estos brincos del alma. Yo no estoy hecho para llevar registro de todo lo que me sucede, quizá un apunte, un breve comentario, dejar constancia del prodigio del vino en la boca, sentir la brutalidad de las horas cuando la resaca te pasa por lo alto. El conejo ya no bebe como antes, escribe más, pero bebe menos, me cruzo con él, lo saludo, no parece conejo, no debe parecer conejo, siendo conejo no tendría los beneficios de ser hombre. Yo soy hombre, soy conejo, olfateo, copulo. En la cópula se quintaesencia toda la prosa del conejo, el estilo barroco, el estilo ampuloso, el vuelo, el asalto al verbo, la certeza de que las palabras me abandonan, no es posible aprehenderlas enteramente, se escurren, no se avienen a que las sometas, tiene que haber un pie en el cuello del adjetivo, no hay que mimarlo, no hay que pensar que el adjetivo está ahí porque nosotros lo hemos llamado, como si fuese un pájaro, y no acude si le llamamos. Ahora estoy buscando un sentido a lo que digo y solo encuentro vértigo, el vértigo expandido. Las palabras del conejo yendo y viniendo por mi boca, el sexo fugaz, la obra completa de Mozart en un montón de cedés, la obra completa de Benito Pérez Galdós en una caja  o en dos o en tres, en un trastero, cerca de la bicicleta de mi hijo. Mi hijo estudiaba alemán, no sé cómo se dice conejo en alemán, no sé alemán, quizá sea tarde, no estoy por la labor, no sé a qué labor afiliarme, con cuál excederme, hace falta excederse, ver que se duele uno, apreciar el dolor, sale el texto del dolor mismo, si no hay sufrimiento no puedes ser escritor, no hay literatura, escribes para cualquier cosa, pero no se te considera oficio, no entra en lo razonable que escribas porque no es posible eludir esa responsabilidad contigo mismo. El lector se involucra, se afana a veces en entrar, pero la literatura está en otro lado, no en lo que registras, en el cuerpo orgánico del texto, en el conejo abatiendo a mordiscos la zanahoria, como si no tuviese otro cometido, como si eso que le encomendara lo aturdiese y no le dejara que la sangre fluyese por dentro. La sangre es el texto también, uno es la sangre de la herida. En la herida se intuye un aviso del texto que está por venir. Algunos escribimos antes de la dentellada, no podemos esperar, nos falta la paciencia para ofrecer el texto una vez que el diente ha hecho cuartel en la carne, y la carne libra entonces una batalla más alta, de más noble fuste, y el conejo se encoge de hombros, se sienta en la sala de espera, mira a un lado, a otro, espera que lo entiendan, pero a los conejos no se les ve nunca como realmente son, es una pena ser solo conejo o ser solo Walt Whitman o ser solo eco, más allá de la voz, por encima de la sangre incluso, apartando la memoria, ser solo eco, el eco libertino nuevamente izando banderas de placer en el aire recién libado, el aire convertido en luz misma, la luz mecida después por el eco, reverberándose, convocando el secreto numen de las cosas, pero ah, Emilio, estás saliendo del territorio del conejo, lo estás abandonando, no será posible después el ayuntamiento con su causa, morirá en un rincón. Abandonado el conejo, vendrá el cáncer, se lo comerá entero, no habrá un resto. El conejo será venerado, edificarán iglesias, la gran iglesia del conejo, tocarán fugas de Bach, se escucharán desde lejos, incomodarán a los que no entienden qué lujuria los preñó. La carne librará entonces otra batalla más alta todavía, la voz se convierte en salmo. El alma del conejo se retira a contemplar su obra, en realidad no es preciso velar durante toda la noche al conejo. Tuvo una vida admirable, un conejo feliz, el conejo al que los cuentos cortejan, en el que se observa la rotunda armonía del cosmos. No sé si los conejos tendremos dioses a los que adorar, si habrá un conejo plenipotenciario, uno al que agradecer el olfato o las zanahorias o las coyundas en mitad de la noche. Oh, gracias, tú provees, tú cuentas los días y cuentas las noches. No hay muchos animales en los que advertir esta evidencia de orden metafísico, ningún fabulista ha logrado hacer converger en un animal la filosofía antigua y la new age moderna, toda la sabiduría de los próceres del alma y toda la mierda patrocinada por los bancos, pero el mundo sigue, ah, amigos, hemos estado aquí, mirando al conejo, observando cómo se arruga el gesto, aceptando que la vida es siempre una aventura involuntaria, he aquí al héroe, se agolpan en la puerta todas las amantes, vibran en escorzo, cimbrean la cintura, arquean el torso, ponen el alma en cada acometida de la sangre. Yo soy topológica y ontológicamente conejo y olfateo y devoro zanahorias y me uno a la comunidad estelar de conejos cuyo cometido insobornable es el de avivar la llama de la especie, así que tengo más hijos que San Luis, aunque no se contienda la liza ni haya enemigos a los que abatir:  está la cópula, en la cópula se quintaesencia toda la prosa del  conejo, incluso su mísera en ocasiones existencia; está el estilo barroco, el  ampuloso, el vuelo, el asalto al verbo, la certeza de que las palabras van y vienen, a su antojadizo capricho, y uno tiene que estar atento y cazarlas, darles un bocado, creer que son zanahorias en un campo verde nada más despuntar el día, no es posible aprehenderlas enteramente, se escurren, no se avienen a que las sometas, tiene que haber un pie en el cuello del adjetivo, no hay que mimarlo, no hay que pensar que el adjetivo está ahí porque nosotros lo hemos llamado, como si fuese un pájaro, no acude si le llamamos, estoy buscando un sentido a lo que digo y solo encuentro vértigo, el vértigo expandido, las palabras del conejo yendo y viniendo por mi boca, el sexo fugaz, la obra completa de Haydn en un montón de cedés, la obra completa de Azorín en una caja o en dos o en tres, en un trastero, cerca de la bicicleta de mi hijo, que estudiaba alemán y llegaba a casa a la anochecida. Hace de tiempo que no escribo eso, con el vocabulario recién adquirido, ensayando la fonética áspera del idioma y escribiendo en una libreta las grafías largas. Así es la vida, he dejado el libro en la mesa y me he asomado a ver la calle. Estaba sola Alicia y no tiene quién le muestre el camino, la oigo pedir ayuda, sé que está sola, pienso si podría decirle cómo volver, pero no encuentro el modo, suelen pasar estas cosas, uno cree que la trama de la historia que está leyendo se impregna de la trama de la realidad y cree también que la cosa obra a la reversa y la historia leída tiene algo salido de la realidad, algo obsceno, algo lírico, algo inocente, no siempre a la vez, ni siquiera esas cosas acometiendo su ingreso en orden, cuidando de no hacer ruido muy a pesar mío, me convenzo de que podré asistir a su desquiciamiento o de que estaré en primera fila cuando caiga y cuando se incorpore, pero no más, porque la literatura es un espectáculo para voyeurs cobardes, no permite que metas la mano o te deja, sí, es posible que te deje, pero de una manera tangencial, sin que exista un verdadero roce. He ahí a las amantes, se agolpan en la puerta, ponen el alma en cada acometida de la sangre, todas aseguran llevar en su vientre el fruto de la salvación, la semilla pura y dulcísima, algunos conejos escribimos antes de la dentellada, no podemos esperar, nos falta la paciencia para ofrecer el texto una vez que el diente ha hecho cuartel en la carne, la carne libra entonces una batalla más alta, de más noble fuste, el conejo se encoge de hombros, se sienta en la sala de espera, mira cuidadosamente a un lado y  a otro, espera que lo entiendan, pero a los conejos no se les ve nunca como realmente son, es una pena ser sólo conejo o ser solo Walt  Whitman, ser solo eco, más allá de la voz, por encima de la sangre incluso, apartando la memoria, ser solo eco, el eco libertino nuevamente izando banderas de placer en el aire recién libado, el aire convertido en luz misma, la luz mecida después por el eco, reverberándose, convocando el secreto numen de las cosas, pero ah, Emilio, estás saliendo del territorio del conejo, lo estás abandonando, no será posible después el ayuntamiento con su causa, morirá en un rincón, Me pregunto si Walt Whitman, el alto y claro y hermoso Walt, ese valladar de la causa terrestre, supo en algún momento de su antropocéntrica existencia que en realidad era un conejo, el gran conejo barbudo al que más tarde acudirían miles de conejos a pedirle consejo. Señor Whitman, díganos usted qué hacer, por dónde ir, dónde está la libertad, por qué huele tanto a zanahoria, luego vendrá el cáncer, se lo comerá entero, no quedará nada, no habrá un resto, ni zanahoria, ni conejo.




1.6.24

Werfel


 No cabe argüir discusión alguna contra la alegría, no tiene menoscabo ni mengua su asiento en el alma cuando inadvertidamente acude y nos ocupa la cara y hace que el estómago (ignoro los procedimientos orgánicos) brinque ahí adentro, burbujeando, bullendo como un cielo sin domesticar. Benedetti hizo militancia en ella: la defendió del pasmo, de las pesadillas, del escándalo y de la rutina (creo recordar, no me va la memoria últimamente) y levantó el principio ineludible de ejercer la más férrea voluntad de no confundirla con la felicidad, que es una utopía y asunto más de filósofos o de cantantes de bolero. Hay algunas de esas alegrías que desafían la herrumbre de la realidad, que se obceca en contrariarnos y en herir la cada vez más inconsistente creencia de que todo irá a mejor y saldremos de esta. También eso lo dejó apuntado un poeta, tal vez uno como Benedetti, tan de andar por casa y entendérsele todo. La alegría se entiende a la primera, no tiene doblez, no finge, apenas puede uno acatar su recado de risas y de esperanza. Porque la alegría es un canto a la esperanza de que esa misma alegría nos visite de nuevo. Creemos que habrá ocasión de reír otra vez y desatender la ruindad de la tristeza, que es derrota y es herrumbre. Gerald Waller tomó esta fotografía en 1946. El niño del orfanato austríaco se llamaba Werfel y recibía sus zapatos nuevos de la Cruz Roja. 

Encargo al viento / Salva Menéndez / Escribir para el corazón

 


No se sabe cómo se construye una vida. A veces ni propia parece, a pesar de entregarle la sangre. Creemos que es pertenencia nuestra, pero no siempre la manejamos con oficio. La de Santiago Nadiés, el protagonista de Encargo al viento, la primeriza novela de Salva Menéndez, es la de todos y es la de nadie, se desprende eso con facilidad, es la de un sueño que no le pertenece y al que entrega toda la determinación de su existencia, aunque esa decisión arruine los suyos. El asunto sobre el que se desarrolla la trama de la novela es el de la abnegación, que es un constructo moral de débil arraigo en estos tiempos. También la aspiración a encontrar el sentido a la existencia y volcar en ese anhelo el entero desempeño de nuestra sensibilidad. En Encargo al viento el lector dará consigo mismo: ese es el propósito de la literatura, el de conducirnos hacia el interior. Es admirable el modo en que el autor rinde la historia, que tendrá (se advierte a poco que uno pone oído) la elocuencia de lo vivido, de lo que es más acendradamente de uno y, al verterse en literatura, adquiere la indumentaria de la ficción. La escritura de la novela es de una sinceridad que apabulla. Está contada desde el corazón o desde las tripas. Es de palabras y de lo que las palabras contienen, de sueños que se proveen de realidad. Conmueve la honestidad con la que Salva Menéndez se desnuda: se aprecia ese acto liberador de la escritura. Quienes no nos entendemos sin escribir, nosotros, los enfermos de palabras, entendemos que esta novela debía existir. Es un tributo a la memoria y a la esperanza. Mientras la leía, conmovido a veces, me sentí un lector privilegiado. No regresé a ningún lugar geográfico que hubiera marcado mi vida, no hubo un regreso a la infancia, pero descubrí al lector novicio que debí ser. Me recordé leyendo con absoluto deslumbramiento, me encontré emboscado en una historia que, por más ajena que fuese, era mi historia, agradecí el poder sanador de la literatura. No hace falta estar enfermo para que leer consuele. Recodar es salvar. Escribir es un plan de victoria. Eso anota en la adenda el autor. La dignidad de los que no tienen voz está recogida en muchas de las páginas de esta emotiva historia. En su recado de contar está la renuncia del amor y también la advocación del amor mismo. La casa de acogida que inspira al atormentado Santiago Nadiés (su quebranto no es diferente al nuestro) no es un edificio tangible, uno entre tantos: su naturaleza es de otra índole, su vocación no es la de dar alivio a los desfavorecidos (tantos son, tan poco se ven) sino la de hacer realidad un sueño y justificar una vida. Creo que Salva Menéndez estará feliz de que su criatura vuele y encuentre lectores. Yo he sido uno agradecido. Hacen falta libros como este. Su escritura es limpia, no hay dobleces, no se entretiene en hacer alarde alguno que emborrone su propósito fundamental: el de contar una historia, el de cerrarla tal vez. Al final va a resultar que escribir es un ejercicio de albañilería sentimental. 






Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...