27.4.17

El milagro secreto



Viernes Santo en Lucena, Calle San Pedro, 6 de la mañana. Fotografía: Joaquín Ferrer

Recibí la noticia de que mamá había muerto mientras sonaba Wagner. Lo suelo poner cuando he pasado un día intenso. Escucho ópera mientras otros corren o saquean el frigorífico o se meten una hora de pesas en el gimnasio. Fue Lola, lacónicamente, sin énfasis, quien me lo dijo: Mamá se ha muerto, tiramos mañana todos para Lucena. Podemos ir juntos o por separado. Yo no puedo poner el coche. Está en taller. Imagino que tú seguirás sin conducir. Llamo a Jaime y se lo digo. Después terminé el último acto de la ópera Tristán e Isolda, una de mis favoritas. Tristán muere. Isolda muere. Siempre suelo llorar cuando llega ese momento tristísimo, pero entonces no supe si era Wagner o era mamá quien había provocado el llanto. Lola pidió que saliésemos pronto. Son muchos kilómetros. Habrá que pararse para tomar un par de cafés o un bocadillo y un refresco. Quedamos temprano. Jaime saludó de mala manera y pidió que no le distrajésemos. Podéis hablar de lo que queráis menos de mamá. Llevamos diez años sin ocuparnos de ella o lleva diez años sin ocuparse de nosotros. No vamos a concederle un minuto ahora que ha muerto. Vamos, recibimos unos pésames y a casa. Volvemos en silencio. Sin contar nada. Luego nos decimos adiós. Eso es lo que hacen todas las familias. Nosotros no somos distintos. No recuerdo que fuese un viaje agradable. Para no pensar en el silencio, a Lola se le ocurrió poner la radio. Primero fue un juez belicoso, después un atentado en un supermercado en Estambul o quizá Yakarta. A riesgo de caer dormido, entorné los ojos. Veía a Isolda en el escenario. Sola e inconsolable. Velando a Tristán, pensando en si habrá una vida después de ésta y si allí se abrazarían nuevamente. Curiosamente no se me ocurrió pensar en mamá. Era Isolda la que me hacía temblar de emoción. No sé si os gusta Wagner. Tengo un par de archivos en el móvil. Si os parece, los enchufo, solté para iniciar un diálogo o para clausurar cualquiera que alguien comenzase.Wagner es muy triste, me duele la cabeza. Bastantes dramas tenemos para que pensemos en otro, apostilló Lola.

Cuatro o cinco horas después llegamos a Lucena. Aparcamos en un parking público. Parecíamos gente rica que vuelve al pueblo a repartirse una herencia. Éramos gente rica que vuelve al pueblo a repartirse una herencia. Alcanzada, repartida, selladas las puertas, cerrados los ojos, gorjeando el gorrión en el tilo, redoblando las campanas en las iglesias, dejaríamos el pueblo sin voluntad alguna de regreso. De Lucena, tantos años después, no teníamos muchos recuerdos. Los pocos que no habían sido ocupados por el olvido dibujaban un pueblo bullicioso, alegre, convencido de que podría subsistir sin la injerencia del exterior. La Lucena que recordábamos era otra. Papá nos sacaba a pasear. Íbamos del Coso al Parque por la calle San Pedro. Echábamos una carrera por ver quién llegaba antes a la taberna. El primero tenía el honor de pedir un vaso de vino para papá. Los taberneros nos invitaban a un refresco y a un plato de frutos secos. Más tarde que pronto, enfilabamos las calles de vuelta, sin correr, cuidando de que papá no se dejase convidar en ninguna taberna más, recitando, sin gritar como ella,  la cantinela con la que mamá lo recibía en casa

De mama sabíamos que salía poco o incluso nada. Unas vecinas se turnaban para que no le faltase pan o fruta fresca o alguna vez, sin que iniciase un hábito, gambas, queso muy curado o una botellita de anís. Rosa fue la primera que se borró. Le incomodaba que no se lo agradeciera o que incluso le echara en cara que los melocotones no tuviesen buen color o los postres estuviesen a punto de caducar. Julia le tenía el aprecio que las demás fueron abandonando poco a poco. Iba por las noches y recogía un poco las cosas dejadas por ahí, sin concierto. Me dijo que echaría en falta darle las buenas noches, echar la llave y bajar dos plantas en silencio, pensando en habría sido la última vez. El piso tenía esa pobreza vestida de dignidad con la que a veces la gente mayor exhibe su afecto por el pasado o su desinterés por el futuro. Papá no se borró, por decirlo de una manera irónica, pero no le faltaron ganas de salir por la puerta y no regresar jamás. No lo hizo por amor o por respeto al amor sobre el que juraron estar siempre unidos y andar de la mano por las calles al declinar el día de vuelta a casa. Debe uno andar con tiento y contar las cosas como ocurrieron. No debe intervenir el azar, pero por otro lado tampoco confío en que la memoria rescate las escenas y me vaya diciendo cómo explicarlo todo, si es que hay alguna necesidad de recordar ahora. Me gustaría que alguno de nosotros tomara a su cargo la rendición de esta historia. A mí me viene larga, me afecta demasiado, hace que me conmueva y no sepa fijar lo importante. Sin embargo, a pesar de todo el tiempo transcurrido, guardo algunas imágenes con una nitidez pasmosa. En toda ocasión en que los recuerdos acudían yo notaba que apenas duraban, como si hubiese una voluntad (no mía) de privarme de que conociera más de la cuenta, como si algo no se me debiera contar y, sin embargo, yo anhelase vivamente que me fuese contado.

Que la vida se había hecho añicos lo supimos cuando di con una caja de zapatos. Ni a Lola ni a Jaime les pareció bien que diera con ella. Ninguno puso buena cara. Jaime me pidió que la devolviera al maldito lugar en donde la hubiera encontrado. Lola me dijo que no contara con ella para desempolvar el pasado. A mi, que me gano la vida haciendo fotografías, me fascinó el descubrimiento. No la abrí de inmediato, no quise apresurarme, no estaba tampoco preparado, pensé. Quizá era esa caja en donde empezó todo. Eran los días en que papá cargaba el coche y echábamos los cinco el día en la playa. Una manera verosímil de sobrellevar el duelo sería centrarnos en esas excursiones de domingo. También fue la época en que los tres hermanos estábamos juntos y reíamos y llorábamos a la vez. No sé cuándo las cosas se tuercen. Tampoco si una vez torcidas uno puede enmendarlas, conseguir que el daño desaparezca o no duela tanto. Si la realidad se obstina en contrariarnos tan tozudamente y es ineludible su dictamen, su decisión firme, su capricho discutible. A Lola es a la que todo le importó una mierda, si se me permite una palabra tan suya. Fue la primera en irse y la última en llegar, la que no lloró en la iglesia y la que recibió el duelo con más aspereza. En eso se parece a mamá. Las dos tenían esa cara de no haber cobrado una gran deuda o de haber sufrido la traición más grande. Jaime y yo éramos los pequeños, tan iguales, tan distintos también. Una vez me mandó una postal navideña en la que me pedía perdón. No le contesté, no quise, no supe. Tenemos que juntarnos todos y pedirnos perdón a la vez. Siempre hay algo de lo que disculparse, pero en mi familia no podríamos hacer una lista con todas las cosas terribles que han pasado o que nos hemos hecho los unos a los otros. Cuando el tamaño de los errores fue insostenible decidimos no mirarlo, no prestarle atención, hacer como si no estuviera. Fue la caja la que nos devolvió a la realidad. No la muerte de mamá, a la que nunca dejamos de querer, aunque fuese de una manera tan poco exhibible. La de papá ocurrió cuando todavía íbamos de excursión los domingos.

Cada uno ocupó aquella noche su habitación. Cenamos en el salón una pizza que Lola pidió por teléfono. Jaime abrió una botella de vino barato. Yo propuse que saliéramos a la calle a ver desfilar los pasos. Era Jueves Santo. En un armario andaría la túnica corta, el capirote, la camisa y el pañuelo blancos y los botines. De pequeños nos explicaba palabras que después hemos ido olvidando: paseíllo, torralbo, manijero, cuadrilla. Eran los días en que en casa teníamos lo que yo imaginaba que tenían las otras familias, las que no veía, pero a las que envidiaba. En Semana Santa, en el Jueves Santo sobre todo, salíamos todos vestidos como si no hubiese otro día en el mundo. Cuando el trono descansaba en las horquillas, descubierto como iba, papá tenía la cara más feliz que yo nunca le vi. La imagen del Jesús Caído, portando su cruz y su corona de espinas, saldría nuevamente hoy a las calles. Pensé en que pudiéramos verla los tres, pero Lola sólo se quejó del vino peleón de mamá y propuso que alguno de nosotros bajara a pillar una buena botella de Rioja. Es Jueves Santo, Lola, no hay nada abierto, sólo los bares, la reprendió Jaime. Id a un bar, pedid una botella, si os la cobran cara, me la descontáis de la herencia. En el pueblo hay cien bares abiertos. Así que la dejamos sola en casa y salimos los dos. Después de tantos años sin volver al pueblo, no sabíamos bien por dónde ir, qué calles no estarían atestadas. No hablamos nada, nos dejamos ir, fuimos fatigando una calle conocida y otra por la que creíamos estar pisando por primera vez. A lo lejos se oían los tambores y un ruido reconocible de gente. Empezamos a hablar cuando la muchedumbre cercenó el camino de vuelta a casa. Hasta que no avanzó el paso, no pudimos proseguir. Jaime se mantuvo extraordinariamente atento. Yo saqué mi cámara de fotos. No suelo llevar la buena siempre a cuestas, pero me manejo muy bien con una pequeña que compré en Amsterdam en una exposición que se me hizo hace un par de años y que siempre resuelve las necesidades apremiantes. Disparé un par de decenas de veces.

- ¿A Enrique Bresón no se le escapa una buena oportunidad, verdad, hermano?- me dijo Jaime, sin dejar de regalarme una pequeña sonrisa.

Cuando volvimos, la caja de zapatos estaba abierta. Quedaba un trozo de pizza para cada uno encima de la mesa y se había entretenido en encontrar las copas buenas que mamá tenía para las grandes ocasiones.

- Vivimos toda la vida en base a cuatro o cinco mentiras. En esa caja hay por lo menos cien- pronunció desde la ventana, mirando a la calle.

Ella es nominalmente la madre. Nunca ejerció de ella, pero ahora dejó que mamá se apoderara de su voz y hablara con sus palabras. Me acordé de Norman Bates, el personaje de Psicosis, esa película en la que la madre está en el sótano y su hijo se viste y actúa en su nombre, como si viviera.

- Descorcha el Rioja, Jaime. Haz algo. Que corra el alcohol. Que mamá ha muerto y ahora entra la alegría a esta casa- sentenció cogiendo su copa en alto.

Ninguno le recriminó el tono, no había nada que reprender. Dicho de una manera abrupta y tosca, era la verdad. Luego, sin estridencia, como avergonzados, lloramos los tres mientras ella escanciaba el vino. En la calle se escuchaban tambores. No dejarían de oírse, no dejamos de escucharlos hasta cuando dejaron de ser aporreados.
Jaime refirió que el entierro había sido bonito, que le hubiese gustado a papá y otras cosas sin sentido de ese estilo que Lola censuró con su habitual cara de asco. Yo hice unas fotos. Recuerdo que mi primera exposición fue de tema funerario. La idea me la ofreció un amigo, ya retirado. Enrique, (me dijo) los muertos funcionan siempre. El dolor es el que hace que el mundo se mueva. Tienes que ser un fantasma, no debes interferir en la escena, pero esas lágrimas no pueden desaparecer sin que alguien las registre. Tú hazme caso. Sé de lo que te hablo.

El milagro, una especie de milagro secreto, sucedió esa noche en la que yo no pude pegar ojo. Ellos se levantaron a eso de las diez. Yo tenía preparada una cafetera enorme que cargué cuando escuché la cisterna de uno de los cuartos de baño. El piso era enorme. Ocupé un buen par de horas en revisar cajones y armarios, en abrir ventanas y en cerrar algunas heridas. La caja de zapatos la eché a la maleta. No sería un motivo de disputa quién se la llevara. Antes, con temor, con devoción, con tristeza, miré algunas fotos. Cuando llegué a las fotos de playa, las de Fuengirola, cuando pasábamos semanas enteras en el piso de una amiga de la familia, ya no quedaba Rioja de la segunda botella. Fueron días felices aquéllos. Papá volvía a casa con la radio encendida y un señor inaguantable contándonos con ardoroso entusiasmo si el testarazo de Santillana había sido o no en fuera de juego. Luego mamá nos preparaba el baño. En días tan alegres concedía que cenáramos en la azotea. Anoche volví a subir a ella. Debían ser las seis cuando escuché ruido en la calle. No era el tráfico habitual, ni tampoco una algarabía de juventud yendo o viniendo de parranda, como a veces suele. Era un discurrir pausado de gente, no parecían tener prisa, no se les veía agitados, ni hablaban en alto. De inmediato supe a dónde iban. Yo creo recordar que fui uno de ellos. Anduve con mi padre y con Jaime aquella calle hace treinta años, más tal vez. Mamá y Lola se quedaban en casa, dormidas. Se conformaban con escuchar después el relato de lo que habíamos visto. Papá volvía traspuesto, excitado. No había día en todo el año en que hablara más. A la vuelta a casa, se esmeraba en abrazarnos, en hacernos comprender lo que no podía ser explicado de manera alguna. Ni a Jaime ni a mí nos impregnó. Bastó que nos fuésemos a estudiar afuera, cuando la universidad, o a trabajar más adelante para que una parte de nosotros aceptara esa renuncia. Que papá muriera zanjó casi definitivamente nuestro fervor, lo arrumbó, permitió que nada nos vinculase al pueblo, salvo mamá y un par de tías a las que veíamos en días muy señalados y con más protocolo que verdadero cariño.

No pude enfocar bien desde la ventana del salón, no tuve la certeza de que pudiera hacer una buena fotografía desde ahí, así que subí a la azotea. Desperté a Lola, le pedí las llaves, me dijo dónde estaban. Estás bebido, me dijo. Harás una mierda de foto. De pequeño subía allí para ver los tejados. Vista desde arriba, Lucena no tenía nada que ver a lo que uno recordaba al recorrer sus calles. El fotógrafo es una especie de centinela, está alerta, no se deja vencer por el cansancio, ni por el desánimo. Al final logra su pieza, hace la fotografía que le pertenece. Hace que la realidad se muestre como nadie más es capaz de percibirla. David, un buen amigo con el que compartí universidad, conferencias y exposiciones, sostiene que lo que hacemos es una pintura. Que algunas instantáneas no duplican la realidad, sino que la transfiguran, la convierten en otra cosa, pero no es la restitución fidedigna de lo que arrastra el obturador cuando se cierra. Esa succión es mágica, me decía. Hay quien busca la fotografía definitiva durante una vida entera y no da con ella y quienes la atrapan sin percatarse. Ése es el milagro secreto. Pese a todo, contando cientos de fotografías, algún premio destacable (al que la natural modestia impide que se airee en demasía) y un prestigio entre el gremio ganado (o una reputación, agrega siempre David), nunca había sentido una llamada tan poderosa. Estaba la pieza al alcance, estaba a punto la cámara, tenía la sensibilidad firme como un poste de telégrafos en mitad de un desierto. Juro que en ese momento borré el dolor, no dejé que ningún dolor malograra esa sensación de plenitud absoluta. No era únicamente la creencia de que había hecho una buena fotografía, sino la posibilidad de que esa hipotética obra de arte (si es que de verdad lograba aprisionar ese instante de belleza rotunda) concitara el mejor de los escrutinios posibles y alcanzara la repercusión que ya no poseía. El fotógrafo es una especie de ontomólogo avaro y meticuloso, preciso y limpio. Al ojo lo engaña la luz y lo manipulan las sombras, pero el buen fotógrafo descree de lo que ve y espera siempre que algo oculto se manifieste y que tenga la suficiente presteza como para no permitir que desaparezca. En los primeros tiempos de la fotografía, se creía que la restitución de la realidad en una plancha fotográfica vulneraba la intimidad de los objetos o de las personas. Se hacían fotografías de los muertos para que perdurara ese momento terrible o para que tuvieran siempre una reliquia (esa palabra es la más adecuada) de su paso por la tierra antes de vagar por el limbo o por el cielo o por el infierno. El asombro que entonces producía la posesión de una fotografía (esa pedazo de realidad retenida, fijada mágicamente en el tiempo) produjo la moda de vestir con elegancia o con rigor a los difuntos y disponerlos en situaciones cotidianas. A veces estaban sentados a la mesa, como si acometieran el sencillo acto de coger una cuchara, llenarla de sopa y metérsela en la boca. En otras se les tumbaba en la cama y se les hacía fingir que acababan de caer en el sueño o que estaban a punto de despertarse. Pensé de pronto en la caja de zapatos y en todos los muertos que allí se resguardaban. Juro que me laceró vivamente el deseo único de bajar al piso y de volcar sobre la cama todas las fotografías. Lo único que me apartó de ese dolor (placer y dolor muy frecuentemente pasean juntos, yacen juntos, desfallecen juntos) fue la repentina visión que se me presentó. Y no era la muerte lo que me convidaba a mirarla, no eran todos los desaparecidos, los que dejaron esta vida y abrazaron o esperaron abrazar una cerniente, prometida, la que les habían contado o la que habían soñado muchas veces durante una vida entera. A pesar del peso ominoso de la niebla en los tejados, toda la calle resplandecía. Vi lo que no era posible ver: lo que ni siquiera la imaginación podría deparar a mi alegre voluntad de observarlo todo, de no permitir que nada relevante se me pudiese escapar.

No hizo falta recordar lo que nos contaba papá. Era la madrugada amarga del Viernes Santo. Lo que yo tenía no era fiable, no podía ser fiable. La memoria escribe a su antojo, hace y deshace en su antojadizo capricho, pero hay algunas imágenes que se mantienen a salvo, no se corrompen, no son fáciles de desalojar o de arrumbar al fértil olvido. Y recuerdo ver a mamá y a papá abrazados por la calle, viniendo de ver al Señor, camino del Coso o hacia San Francisco y nosotros, los hermanos todavía unidos, los hermanos a los que no había visitado el fracaso, ni la apatía, ni el miedo, caminaban tras ellos, felices (creo que era felicidad) de que se abrazaran y su amor (el amor que todavía se tenían) irradiara luz a su paso. Porque el amor tiene un aura. No lo sabe quien no ha amado. Luego se desvanece, se extravía, toma otro rumbo, no se fija en nosotros, ni nos pide cobijo, pasa de largo, nos mira de reojo, cree que no lo merecemos. Ahora debo hablar de mi ojo. Dejad que os diga algo de él. Creo que nunca he dicho nada demasiado favorable a su favor. Al fin y al cabo me valgo de él, confío en él, siento que mi cuerpo entero (juntamente con mi alma) se concentra en su pupila. Mi bendito ojo era invitado a un festín absoluto. Temí que todo se diluyese, adquiriese la inconsistencia de las cosas vanas, no durase el tiempo suficiente para que yo la poseyera. Temí también que, perturbado, no aprovechase ese obsequio y no quedase nada en claro, ninguna imagen que justicara todos esos años de búsqueda. Ninguna certeza antigua, nada de lo que había aprendido y hasta lo que después había enseñado a otros, sirvió en ese momento. Hubiese dado igual que fuese la primera vez que cogía una cámara y ésa, a sabiendas de su prodigiosa y conmovedora belleza, la primera fotografía que hiciese. 
No siendo yo creyente, no habiéndolo sido nunca, no teniendo inclinación a serlo ahora, sospeché que la fe es un deslumbramiento personal y que esa calle (con todas esas personas yendo y viniendo de su corazón a sus devociones) rebosaba fe. Con extrañeza y también con pudor, cerré los ojos a la espera de que yo también sintiese la visita de esa iluminación. No la sentí, pero tal vez no era una irrupción brusca, no debía apreciarse al modo en que uno siente que le han dado un abrazo o que un ramalazo de viento lo aparta del camino.  Ojalá haya alguien, ojalá exista el cielo, aunque merezcamos el infierno, me dijo Lola cuando bajé y le dije que había hecho la mejor fotografía de mi vida. Despertó con cara de haber tenido alguna pesadilla.
-Suelo tenerlas, me hacen que dude de que mi vida sea feliz, Enrique. No debe serlo si no soy capaz de mantener el sueño ocho horas seguidas. A cada momento me sobresalto, me despierto, me siento en la cama, respiro agitada y me esfuerzo en conciliar de nuevo la calma y caer rendida. Deben ser los remordimientos. Soy mala como lo fue mamá, no quiero a nadie. Ella tampoco nos quiso. ¿O lo hizo?- dijo con una voz dulce que me hizo sentir muy bien, como cobijado o cercano a ella de una manera nueva.

Amanecía a trompicones. La niebla que enmarañaba el cielo había tomado casa en mi cabeza y sentí que me mareaba. Escuchaba a Lola como si no estuviese realmente ahí. Su voz, esa cadencia inédita en la que había dulzura y dolor, no se dirigía a mí. Parecía venir de lejos. Cogió la cámara y miró por la pantalla. Amplió la fotografía, la movió para que nada se le escapase. Empezó por los tejados. Sus dedos se obstinaban en retirar las antenas. Sonrió al ver la cúpula elíptica de la iglesia de San Agustín.
- A mamá le gustaba sentarse en la plaza. Ahora me entristece que no esté- susurró, como oyéndose a sí misma, aceptando que mamá estaba allí con nosotros, aunque la hubiésemos enterrado el día de antes. - Debe verla Jaime. A él estas cosas le llegan más dentro. En eso ha salido a papá. Tú no sé de qué palo vas, Enrique. Nunca fuiste claro en nada. Los hermanos, cuando chicos, no se conocen. Luego te fuiste o nos fuimos, no sé. Fue una desbandada. Dejamos la familia bajo mínimos.
Yo no decía nada, no debía decir nada. A veces es mejor dejar que los demás hablen. No se trataba de un diálogo. Nada de lo que yo pudiese decir cambiaría una sola cosa de lo que ella tenía pensado decirme. Era una declaración, una especie de confesión. La abracé como nunca lo había hecho. Mientras que la apretaba contra mi pecho y notaba su llanto, pensé que era la primera vez que estaba verdaderamente cerca de ella. Cree uno estúpidamente que no es posible volver a querer, sentir la responsabilidad de amar y de dejarse amar también. Le di un beso. Se dejó dar un beso.

Hace años, más de lo que ahora puedo aceptar, Juan, un amigo al que ya nunca veo, me reveló que su familia evitaba, en lo posible, reunirse al completo. Las veces en que las circunstancias lo habían exigido no dieron pie a que la experiencia se repitiese. En una ocasión mamá dijo que en adelante nos llamaría por turnos, me dijo entre risas. Así evitaba que tuviésemos que vernos. Nos veremos cuando muera, imagino. Es un temor doble, Juan. Estarás partido entre el duelo y el miedo, le dije. Cuando mi madre murió apareció Juan. No he dejado de pensar en él. Yo soy Juan en esta familia. Quizá no sea tan grave nada de lo que ha pasado. Hay familias que aparentan ser las mejores del mundo y luego, puertas adentro, son personajes de esas novelas rusas en las que no hay nadie inocente y todos, con más o menos fiereza, desean que los demás se alejen y no vuelvan o enfermen o, en el extremo más dramático, en las mejores novelas, mueran y se entierren sin que nadie les rece ni recuerde. Lo que me fascinaba era que se repitiera ahora su confidencia. Como si mi familia, por mal que anduviese, no se rebajase a esa representación de la maldad o de la tristeza o quién sabe qué otro oscuro sentimiento.

A pesar de todo, todas estas tímidas viñetas del dolor no me perturbaban. La fotografía me consolaba de un modo íntimo y cálido. La miraba y sentía que todo regresaba a la normalidad. Esa madrugada amarga del Señor yendo a su muerte podía darnos a nosotros quién sabe si un nuevo soplo de vida. Todas esas personas que recorrían la calle San Pedro cobraron de pronto una inusitada cercanía. Los sentía míos al modo en que posees la certeza de que te pertenecen tus recuerdos, los que no ha aligerado o engordado la añoranza, los que no se han despeñado en el olvido. En tromba, sin que yo pusiera brida a esa irrupción espontánea de felicidad, desfilaron por mi memoria pequeños y grandes episodios familiares. Los vi con una nitidez absoluta. Estaba Rosa, una de las primeras amigas de mamá y también la primera que se quitó de en medio cuando ella se quedó sola y perdió un poco la cabeza. Rosa venía a casa y nos traía galletas que había hecho para sus hijos. Nos reunía alrededor de la mesa y nos las daba con un protocolo enorme que, aunque nos incomodaba, por retrasar el momento en que le diésemos el bocado, hacía que el instante en que les echábamos mano y nos las llevábamos fuese extraordinariamente disfrutable. A la niña le daba siempre una más. Se lo hice ver a Lola y sonrió con ternura. Estaban también los domingos en El Coso. Papá nos hacía saludar a todos sus amigos. Nos pedía que fuésemos corteses. Mamá nos vestía con las mejores ropas y papá presumía de nosotros. De entonces, de cuando todo estaba en orden, guardo recuerdos menos intensos. Los tormentosos, sin embargo, perduran. Lola, Jaime y yo, en la cocina, para que papá y mamá discutiesen sin estorbo en el salón. O los tres saliendo en estampida, escaleras abajo, saltando los escalones de tres en tres, sin saber dónde ir, pero sabiendo que cuanto más lejos mejor. Al rato, nunca demasiado tiempo después, volvíamos con temor de que la escena prosiguiese o la casa estuviese comida por la tristeza o por el silencio. Paradójicamente no era así. A medida que crecimos se nos fue concediendo una pequeña explicación de cómo funcionan los mayores, o al menos muchos de ellos. Se diría que se molestan y se insultan para hacer más festiva la reconciliación. Sólo lo hice con una pareja que tuve, Mónica. Mientras discutíamos, en ese frenesí que no tiene mesura alguna, yo pensaba en cómo le pediría perdón, en si invitarla al cine o a pasear o en si esa noche, cuando las palabras hubiesen amainado la tormenta, yo la besaría y le diría que el amor es fuerte y vence siempre.

Hoy Jaime ha venido a verme a casa. No es la primera vez que viene, pero es la primera en que lo ha hecho sin que intermedie una cita. Ha llamado, ha entrado, le he servido un café, me ha puesto al día de cómo le va, se me ha sincerado, le he correspondido. Al irse me ha estampado un beso en la mejilla y me ha sonreído. Hemos pensado en que saldremos los tres uno de estos días. Iremos a almorzar a algún restaurante. Lola es la única que tiene pareja, pero ha quedado claro que sólo iríamos los tres, sin el estorbo de alguien de afuera. De un modo que no sabría explicar (o que no es necesario que explique), ha hecho falta que mamá muriese para que nosotros fuésemos nuevamente una familia. He pensado en ir a enmarcar la fotografía del Viernes Santo, la que hice en Lucena. Prepararé tres copias. Serán un regalo. Creo que nunca les hice ninguno. Tendré que decirles que miren bien. Que ojalá, si la mira bien, la fotografía cuente un poco nuestra historia y sepamos ver lo que ya no existe, lo que no regresará nunca. Yo volveré a mis asuntos, trabajaré en la oficina y haré alguna exposición de vez en cuando. De ellos sabré lo que deseen confiarme: alguna llamada por cumpleaños, las navidades, pero también de vez en cuando, sin que exista una razón. Y entonces quedaremos en un bar y pediremos una botella buena de Rioja. Me llevaré la caja de zapatos y la pondré sobre la mesa. Dejaremos que el tiempo regrese. Diremos un montón de cosas que no hemos dicho nunca, de ésas que se dicen los hermanos. Ahora, cada vez que Wagner hace morir a Isolda, lloro por mamá.


23.4.17

Celebrando el Dia del Libro



Miguel Carrillo Martínez hoy está leyendo. Lo ha puesto en su muro de Facebook. Y yo, entre salidas y entradas, leeré. Porque hoy es el Día del Libro. Porque hubiese dado lo mismo que no lo fuera. Leer, a pesar de todo, quizá con conduzca a nada bueno.

21.4.17

Presentación del "Curso de escritura automática"





Ayer disfruté de una noche única. Tuve cerca a muchos a los que quiero y me quieren. Fue un acto sencillo, familiar, íntimo. Calixto Torres hizo que todo fuese perfecto. Me acompañó en la mesa de autores Maria Pizarro, poeta entusiasta, sincera y libre. Se leyeron poemas, hablamos de muchas cosas, no sólo de poesía. Rafael RoldánMamen Mo y Antonio Sanchez Huertas y Miguel Ángel Matamoros pusieron estupenda voz a cuatro de ellos y yo mismo me envalentoné (o fui envalentonado) para que recitara alguno. Al final hasta pude con dos. Hoy lo recuerdo todo con infinita gratitud. Uno escribe por muchas razones, pero una de ellas es la de juntar a los amigos y darles besos y abrazos. Después nos fuimos de tabernas por la Córdoba que echo de menos. Nos recogimos tarde, sin entrar en más consideraciones. Mi "Curso de escritura automática" ya tiene lectores. También se escribe para eso.

7.4.17

Rayuela y aledaños




En una época en la que leía una novela tras otra, incluso varias a la vez, atropelladamente, sin pensar que ese consumo pantagruélico pudiese rebajar mi salud o afectar al desempeño fiable de otros asuntos que ocupaban entonces mi vida, alguien me dijo que leyese Rayuela, la anti-novela de Julio Cortázar, la novela en la que los amantes se buscan y no se encuentran o se encuentran un poco sin buscarse. Entonces sólo había disfrutado de algunos cuentos, aunque sabía de la importancia de Rayuela, había escuchado o leído comentarios altamente favorables, cuando no encomiásticos en un grado soberbio. Me causaba un respeto enorme el grosor de la historia, ese tocho intimidante del que no sabría uno salir o al que costaría mucho entrar. Creía (un poco idílicamente) que leer Rayuela era menos importante que decir que la había leído. Se leía por el placer de nombrar las lecturas.A K. le parecía inadmisible que alguien mintiera, en general, pero se encrespaba más cuando el motivo del engaño era de índole literario. No comprendía (ni yo tampoco) que se exhibiese el gusto por tal o cual corriente novelística o que se airease lo maravillosos que eran las novelas de Proust sin que el dueño de esas afirmaciones hubiese abierto alguna de ellas, sin que supiese ni siquiera la trama o el estilo de la escritura o la compostura moral de Charles Swan y de Odette de Crécy. Se tiene ese gusto por aparentar, por dejar dicho que sabemos o que la materia de moda es favorita nuestra.

A propósito de las rayuelas de mentira que tenemos en la cabeza, recuerdo a cierto compañero de trabajo que tuvo el detalle de invitarme a su casa para tomar una cerveza de mediodía. A A.L. se le fue la mano en los botellines y, llevado por su hospitalidad, me condujo a su lugar preferido de la casa. Era una habitación enorme, bien iluminada, recuerdo ahora. Allí tenía sus libros (no muchos, los suficientes, no era a lo visto un mal lector) y sus discos. Me fijé en los vinilos. Estaban colocados de modo alfabético y abundaba el rock. Había obras de King Crimson, de Led Zeppelin o de Jethro Tull. Siendo yo entonces ya un buen aficionado al jazz, entreví en las baldas atestadas de discos alguno de jazz. Creo que había uno de Charlie Parker o de Louis Armstrong, no estoy seguro. Como no habíamos hablado ni una sola palabra de jazz, le inquirí sobre si de verdad le gustaba y qué tipo de jazz escuchaba. Sostenía que no le importaba lo más mínimo. Adujo que siempre está bien tener algunos discos de jazz en casa. Por si a un invitado le apetecía de pronto un poco de swing (creo que lo dijo así) tras cenar o a media tarde, apurando un café. No expresé entonces mi asombro: le recomendé adquirir algo de Herbie Hancock. No tenía pianistas en su catálogo. Te viene bien un disco de Ella Fitzgerald o de Billie Holiday. Tampoco tienes nada de Brahms. Hay unos cuartetos de cuerda magníficos. Prueba la canción protesta.  Una vez se me ocurrió probar con Stockhausen. De verdad que me interesaba la música aleatoria. En una conferencia sobre jazz a la que asistí hace tiempo, alguien me dijo que a Miles Davis y Karl Heinz Stockhausen tuvieron la feliz idea de hacer algo conjuntamente. No eran tiempos en los que encontrar la música que te apeteciera escuchar fuese fácil (no había streaming, ni Big Data, ni el bendito Spotify) así que tuve que buscar en una Biblioteca. No duró mucho el interés. Renuncié, opté por no forzar. Por otro lado, quizá no le di tiempo, no supe tener la paciencia, no confié en que me visitara el numen y divisara entre la bruma de esas notas arcanas una brizna de belleza. No vino, no estaba, no entendí.

31.3.17

Una fotografía de Kafka antes de que le perturbara Samsa


1
Andan los días persiguiéndose, implacables. Se oye un latir de algas a lo lejos. Afuera está la noche como una fuente honda y sin dueño. Dan ganas de buscar a Dios en las avenidas, en la periferia de la ciudad, en las afueras. Oigo la sangre con una ternura infinita. La oigo adentro circular como si buscase algo y no encontrase el rumbo preciso. Me busco en las palabras y lo que encuentro es vértigo. Vengo sin brida. Alegre, abierto, invisible vengo. Tendré que pararme a pensar y festejar la soledad y perderme.

2
Todos los niños de Londres aman a Peter Pan. No es algo que se advierta siempre, ni sucede con la fiereza con la que el amor se manifiesta en otros episodios suyos, pero es una verdad inamovible. Lo aman sin saber que esa entrega existe. Están fascinados sin conciencia del hechizo. Se esmeran en su embrujo.

3
Duelen, resaca adentro, los años.

4
Procura el amor alminares, una fotografía de Kafka antes de que le perturbara Samsa, báculos, un poema de Charles Bukowski sobre vino pendenciero y Plymouths del cincuenta y siete, una fotografía en blanco y negro de cuando niños perdiendo el tiempo en una playa con mi abuela de fondo.

5
Descienden, muy secretos, al centro de la palabra. Rescatan la semilla, la izan, la exhiben. Es el fugaz numen de todas las cosas lo que se está ofreciendo, la dura comisión de la sangre, la mecánica sencilla del cosmos.

30.3.17

El peso del mundo es amor

1
Puse anoche a Scarlatti en la cena y a mi hija le sentó mal la tortilla francesa. Scarlatti suena a gaseosa ida, me confesó en los postres.

2
Algunos grumos del poema siguen conduciendo a Dios.

3
La luz fluye desde la respiración primera. La luz mordida. La luz sin pulso.

4
Jadear en conciencia pétalos y endecasílabos mientras escucho a Chet Baker antes de que le rompieran la boca.

5
El amor percute el aire. El mundo entero es aire percutido por el amor. Todo el peso del mundo es amor. Lo han dicho todos los poetas, pero hay que repetirlo y hacer que los poetas nuevos lo aprendan y lo digan nada más abran su boca.

25.3.17

Una pequeña historia de la literatura

K. cuenta cómo empezó a enviciarse con los cuentos. No había noche en que no le contaran uno. A veces, el mismo cuento, por falta de cuentos a mano. Lo mejor era (dice) cómo cambiaba conforme iba siendo contado. En uno, la luna era amable y tierna; en el mismo, narrado la noche siguiente, la luna era roja, pendenciera, canalla. En lo que se le contaba había seres terribles con aspecto maléfico y también seres de aspecto bondadoso, pero intenciones oscuras. Nada aseguraba que la historia se repitiese; incluso le molestaba el hecho de que acabara siempre de la misma predecible manera. Prefería la varianza, cierta movilidad de los hechos. Donde el lobo, ahora una oveja. A mí (razono ahora) me sucede algo parecido. No me gusta releer al modo en que lo hacía antes. Ansío material nuevo. Prefiero que el asombro llegue limpio, no manejado, no rehecho. Quiero leer lo que no conozco. Me dolerá no volver a Stevenson o a Kafka o a Amis (ayer acabé la segunda lectura de El libro de Rachel, su novela fundacional y luminosa) o a Borges o a Lovecraft (cuatro de los grandes), pero transigiré, adquiriré la suficiente firmeza como para compensar el vicio antiguo de volver a ellos con el vicio nuevo de ampliar escritores. No he leído tantos, ahora que lo pienso. No sé. Será cosa de hacer una lista y ver cuántos me han acompañado, con cuántos he salido y viajado y gozado y sufrido. Por otro lado, qué necesidad habría de leer una sola línea nueva, a qué dirigir la atención, cuál dejar que penetre, con qué ardor abrazarlo cuando ya hemos sido bendecidos por historias deslumbrantes, iluminados con la más nutritiva de las luces. Así miro a veces con desconfianza los catálogos de novedades, la oferta apetecible, esa lujuria al alcance que supone abrir un libro sin saber qué nos hará. De los libros no se sale indemne. No hay puerta que abrir, por la que salir y enfilar los pasos a otro lugar. Ahora K. me consuela a mí. Vamos los dos hacia adelante. Me pide que no escriba para el blog en el iPhone. Dice que es mala costumbre. Ahora me distrae pensar en que no importa dónde escriba uno. Con tal de escribir. Con tal de no flaquear. Este marzo está flojo en escrituras. Vale cualquier acometida. En cualquier cuaderno.

24.3.17

La persistencia de la memoria



En su acepción más pedestre, la que menos incita a pensamientos profundos o a consideraciones de más enjundia, la felicidad es una especie de alegría mantenida en el tiempo, de la que se puede hablar con la confianza de algo conocido, de lo que poseemos una propiedad o a la que concedemos la máxima de las preocupaciones. Queremos ser felices, nos importuna que exista una evidencia de que en realidad no lo seamos, no deseamos en modo alguno que avancen los años y esa felicidad a la que anhelamos se escape, no se nos impregne, apenas dure su estancia. En cambio, adoramos la alegría. Es una batalla que se gana con más facilidad, no requiere que permanezca y se tiene la idea de que va y viene a su antojo, de modo que su ausencia no preocupa.  Hoy estuve alegre, pienso ahora. Hubo un tramo de la mañana en que sentí esa zozobra gozosa en la que el mundo de pronto cobra un sentido que poco antes no poseía. Las endorfinas, las serotoninas y todos las demás sustancias narcóticas tiraron de oficio. No sabe uno bien los motivos de toda esa felicidad sobrevenida, cree razonar cuáles puedan ser, pero desecha cualquier convicción. Lo que hoy procura placer no lo dio ayer o entra en lo posible que no lo entregue mañana. Hay, sin embargo, cosas que son invariablemente útiles. No existe nada que sostenga esa eficacia, no podemos desmenuzar la emoción, no se la puede compartimentar, convertir en una mercancía sentimental. Hoy bastó con andar unas calles que eran familiares hace unos años. Calles que amé, no se me ocurre pensar otra cosa o rebajar mi filiación con ellas. La memoria hizo el resto. Me condujo al pasado o una parte gloriosa de él. Canceló cualquier asomo de mediocridad y remarcó (sin sutilezas, abruptamente, como cuando irrumpe agua fresca en la garganta y refresca de inmediato) los recuerdos de entonces. No sé si se habrían perdido (como lagrimas en la lluvia) o si ahora, habiéndolos recuperado, cobrarán una pujanza nueva y encontraré matices que tenía enteramente olvidados. Creo que será así. Que vendrán en tropel y los disfrutaré de nuevo. No es nada que sea un privilegio mío, uno que no esté al alcance de cualquiera. Lo que me fascina es la insistencia de esos recuerdos, la forma en que permanecen. Me intriga que ahora sean tan vigorosos y antes, cuando no había recorrido otra vez esas calles, apenas se vislumbraran, no estuvieran, pareciera que nunca hubiesen estado. Siempre se puede volver a esas calles. Traen abrazos, afectos, conversaciones largas, gente que no he vuelto a ver o a la que veo menos, pero que no han desaparecido de mi memoria. Nadie que haya estado desaparece del todo. Puedo provocar el regreso, hacer que dure más de lo que duró ayer (nada apenas), pero no sabré si me volverá a sacudir la satisfacción o volverá la memoria a desempaquetar su (en ocasiones) preciado cargamento. De fondo, sin que sonara, escuchaba a Jimi Hendrix o a B.B. King. Como antaño.

19.3.17

Dios en alta definición / La misa de los domingos



No tengo creencias religiosas, pero sospecho que podría haberlas tenido sin más problema. Ninguna de las historias bíblicas que escuché de pequeño cautivaron mi alma. Ninguna de las que me contaron de mayor me influyó lo más mínimo. Percibo la belleza de las creencias, pero no hubo nunca ese enamoramiento desde el que construir una vida de fe. La distancia que existe entre creer y no hacerlo es muy leve, no tiene consistencia. Igual que el creyente tiene crisis de fe y se cuestiona la naturaleza de su inclinación espiritual, los que no creemos también caemos en limbo en el que Dios aparece y desaparece, nos convida a pensar en su presencia o le excluimos con firmeza. Hay días en que Dios me ocupa más tiempo del que podría esperarse de una persona que se dice incrédula (no me gustan las palabras ateo o agnóstico, no creo que ninguna de ellas se ajuste a mi manera de entender todos estos sucesos trascendentes). Otros, sin embargo, echo atrás o me vengo arriba, según se mire, y me agrada ese descreimiento mío. Me siento bien (por decirlo de alguna forma) en las dos orillas de este imaginario río de las creencias. Lo que no veo es el daño que hace poner una misa en el segundo canal de la televisión pública. No es nada que hiera a quien no tiene la voluntad de entrar en el templo y dejarse impregnar por la liturgia del párroco o el que desee pulsar un botón de su mando en lugar de otro. Además, en estos tiempos modernos, escuchar una misa por la radio no tiene la vistosidad de verla por televisión. Ser laicos (en mi opinión) no tiene nada que ver con ser hostil. La tendencia reciente consiste en zarandearnos los unos a los otros, en buscar qué nos separa y enarbolarlo fieramente, como si el mundo entero (con lo revuelto que está y la de tiempo que precisa su ensamblaje) girara en torno a la decisión de unos de sentarse en el salón de su casa y, en lugar de ver las reediciones de los programas bastardos de las noches, seguir las enseñanzas de las Escrituras. En el instante en que unos escuchan la lectura del Santo Evangelio según San Juan, otros cancanean por el pueblo, buscando donde hocicar el morro y meterse la primera cerveza de la mañana o leen El capital del barbudo Marx o mandan chistes por whatsapp o adecentan su casa para que esté presentable hasta el domingo siguiente. Lo que hace una parte de la gente cuando la otra se le pone levantisca  es afianzarse en sus credos, nunca mejor dicho. De ahí que la misa de marras, la de La 2 de TVE, haya conseguido cotas de audiencia inéditas. En la adversidad,  gana siempre el débil. Es el que recibe la puya quien se granjea la adhesión del graderío, quien confirma con más vehemencia su orientación o su aplauso. La diatriba de la misa televisada de los domingos es una pequeña maniobra de distracción, una de tantas. Cuando el demonio no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Tampoco es cosa de demonizar (por seguir con el símil diabólico) a los ocurrentes ideólogos de las hordas paganas. Se pierde a veces una visión en perspectiva y no se afina en las prioridades, en poner lo importante al frente y dejar lo secundario, lo que no es primordial, en la reserva, por si un día, una vez despejado el horizonte, se puede acometer.

Los poderes públicos tienen la exigencia de la neutralidad, que no quiere decir el apartamiento. De hecho se siguen sacando los pasos en las calles en Semana Santa y la ciudad entera (los que devotamente los siguen y los que no) se mueve con ellos. Imagino que la fobia hacia lo cristiano (que irrita con razón al que profesa esa fe), llevada al extremo, borrará una parte de la Historia, y no necesariamente limpia ni luminosa, porque la Iglesia, la que detenta el mensaje de Cristo, es una organización falible (como cualquiera o más dolorosamente ésta si concurre en su juicio la voluntad de bondad que la anima) y una parte de esa Historia está emborronada (o enfangada o entenebrecida) por su roce. Si nos obstinamos en esta pequeña guerra fría entre cristianos (o musulmanes o judíos o budistas) y descreídos, terminaremos apartándonos unos de otros, confundidos entre el afecto que nos profesamos y las ideas que tenemos. La libertad religiosa es un hecho fundamental en el progreso de las sociedades. Lo contrario, la batalla campal entre estandartes y tronos, ha llevado al mundo con frecuencia al desorden y a la sangre. No son los dioses los que alientan las guerras, no pueden serlo de ninguna manera. Es el hombre, el que los adora, el que se inclina y los busca en la oscuridad para que lo guíen. A Dios (imagino) le parecerá un desatino esta costumbre nuestra de darnos de palos en su nombre. Las guerras no acabarán nunca. Da igual qué dioses las crucen o se aparten. Siguenpasando, si uno aprecia con detalle lo que le van informando. Es un problema irrelevante lo de las misas dominicales en televisión. Mi abuela las vería, si estuviera por aquí. No sé si acudir a la ternura de que los mayores y los impedidos, que otra parte también pagan religiosamente sus tributos al apóstol Cristobal , dependen de esa hora de los domingos por la mañana para estar en paz con Dios y con su alma. Cada uno hace esas cosas a su modo. Algunos recitan sus oraciones y se persignan. Otros buscamos encontrar nuestro lugar en el mundo con otros instrumentos. El final de la historia es que, cuando conciliemos el bendito sueño, estemos en armonía con nosotros mismos y no hayamos hecho daño a nadie y sintamos agradecimiento por estar en el mundo. Tenga la culpa de eso el que la tenga. Lo que sea. No está la cosa a esta hora de la tarde para meterse en honduras de más fuste. El principio de concordia sobre el que se levanta la sociedad no puede desanudar los hilos de las religiones. No debe desmontar esa cohesión que las creencias conforman y hacen que el pueblo se eche a la calle y sea devoto de sus santos y les llore o les ría como se le antoje.

Caso distinto, ah la diferencia sobrevenida, es que la iglesia católica arremeta como a veces hace contra los que no piensan a su muy respetable manera, no vea enemigos por doquier, no se sienta la víctima de los tiempos, salvo que de verdad lo sea y haya pruebas fehacientes que lo confirmen, pero no es eso lo aquí hoy retratad: es lo de las eucaristías cristianas en televisión. Que también hay espacios religiosos para otras confesiones (evangélicos, musulmanes, judíos...) Todavía no ha salido el tema capital de esta conversación entre lo divino y lo humano, que luego se catapulta a la calle: la presencia de la asignatura de Religión en la escuela pública. En breve, cuando la circunstancia lo precise, se pondrá en circulación (se visibilizará, dicen ahora los modernos) la extracción a la francesa de la materia religiosa de las aulas. A falta de que ese incendio invisible (pero ardiente) prorrumpa en la sociedad, nos quedamos con estas menudencias mediáticas. Para que no se extinga  la llama y siempre se pueda avivar a beneficio de ociosos o de agitadores. Lo mejor es no entrar donde no se desea o no irritarse por lo que no nos atañe. Hay ocasiones en que esa coherencia cívica sobre la que reposa el respeto a lo ajeno y la tolerancia por lo diferente se envalentona, se irrita también y volvemos a donde ya estuvimos antes, a ese lugar del que (al parecer) todavía no hemos salido, el de evitar la confrontación por todos los medios, el de no inventar un problema para ejercitar la mente (aburrida a veces) en busca de una solución. Que un periódico de tirada nacional (el ABC hoy) dedique su portada completa a mostrar qué personajes públicos van a misa (no tiene más importancia) tampoco informa del país en que vivimos. No es ése, no es el de yo voy a misa, yo no voy, pero ya se sabe que, si no es un autobús en las calles con un mensaje controvertido (se hacen oír, pero no es un texto constructivo el que mostraban, por cierto), es una declaración machista de un obispo o una virgen investida como hija predilecta de algún pueblo de la España Profunda. A veces el creyente no tiene culpa de estos dislates, desde luego que no. Bastante tiene con intentar no errar en el camino y escuchar con el corazón limpio las historias que una vez decidió harían de su vida una mejor.

Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...