22.5.11

Una pedagogía del mal

 
Una de las primeras reglas de la política consiste en no dejar que la verdad eclipse una buena historia. Se lo dice un mafioso ya consolidado, con plaza y con mando en las turbias calles de Atlantic City en 1.920, en plena Ley Seca, a otro de más crédulos afectos, incapaz todavía de manejarse con soltura en la retórica y confiado, como joven, en la autoridad de las armas y del arrojo puro. La frase la pillo al vuelo en el capítulo que abre Boardwalk Empire, la serie televisiva urdida por Scorsese y que hoy, al fin, he comenzado a ver. Otra regla principal de la política, de la política ejercida como instrumento de poder y no como servicio, es la censura de todo aquello que se le opone y que aspira, en el fondo, a evidenciar los malos que fragua y el interés bastardo de esos males en su beneficio. Aquí es en donde empiezo a explicar qué entiendo por censura, cómo afectó esa censura mi crecimiento como persona y en qué punto andamos ahora en este mundo nuestro, globalizado, mercantilizado, convertido en un escaparate fantástico....
 
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21.5.11

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 I
Todas las revoluciones tienen un programa político, un slogan y un símbolo que las representa. Las revoluciones azuzan más revoluciones. El perfil del revolucionario casi siempre se aviene al joven desclasado, leído y sensible, amigo de pasquínes y conjurado a derribar las injusticias y sacrificarse sin  vacilación  por el bien mayor por el que lucha.  Lo equivocado de esta revolución del 15-M es que ha sido demasiado rápida. No ha habido un poso de tiempo que la asiente. Lo otro malo es que luego quedará (me temo) en símbolo de montones de cosas que pudieron ser y en símbolo de montones de cosas que lo fueron muy tímidamente, sin el afecto absoluto del pueblo llano, el espectador, el que no se decide a acampar en su barrio y lo observa todo por televisión, convenientemente desaliñado el mensaje, reducido al editorial del medio que la ha programado. Priman sobre los valores los intereses. Gana el beneficio en lugar de la pedagogía. Se instala en la sociedad la necesidad de un progreso económico ciego, pero no se produce un entendimiento de cómo administrar este beneficio. Lo que hacen estos revolucionarios y lo que van a seguir haciendo es hacer ver. Básicamente están enseñando las fracturas. Están diciendo: El sistema falla, hay que reconstruir el sistema. Por eso los partidos políticos se están frotando las manos. Porque, una vez heridos, no les están dando el tiro de gracia. No están siendo brutales en su mensaje. Están diciendo: Hace falta un cambio. Si no cambiamos, nos vamos a morir en un rincón asqueroso. Los ricos cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres. En ese plan miserabilista.

II
Es difícil compartimentar la ira. No se puede racionalizar el enfado y darle un texto con el que defenderlo en los foros del mundo. Los indigandos, los revolucionariios, los acampados, Izan al aire banderas bien visibles desde lejos, redactan manifiestos que a veces pasan a la Historia y hasta se agencian (a posta o sin voluntad) mártires que conciten después el espíritu de la rebeldía y representen lo que se hizo y cómo de lejos se llegó. Luego están las revoluciones huecas, las que se reproducen por inercia de otras, las que únicamente obedecen consignas muy modestas y las que jamás involucran del todo a quienes las conducen. En esto de ir en contra de algo lo que se ve primero es el entusiasmo. A partir de ahí, desde ese negociado irrenunciable, usted puede derrocar un gobierno o ni siquiera dejar entrever que desea hacerlo, pero se exige al menos ese punto de júbilo, de ilusión, de que algo grande se está forjando y anda uno debajo, a ras de soflama, en la militancia, en la trinchera.

II
Ahora tenemos trincheras en España. Trincheras semánticas o trincheras fonéticas. Trincheras con libros en la boca. Trincheras que resisten el paso invisible de un mal que sólo se ve desde la trinchera, tal vez, pero que nos están enseñando. Las veíamos afuera y parecían que no nos afectaban. El vecino puede hacer lo que le plazca porque es el otro. Bastante tengo yo con criar a mis hijos, procurarles un futuro digno y no malear mucho el mío propio, parece oírse en la calle. No sé yo bien eso del Estado del Bienestar si no es realmente esto que digo: una felicidad coherente, hueca, satisfecha del logro de unos cuantos derechos y consciente de que, en contrapartida, deben obrarse ciertas obligaciones. Lo que no aparece en ningún prontuario sobre libertad y justicia social, en esos panfletos de democracia moderna que los partidos airean ahora que están de campaña es la necesidad civil de que la población se guarde en la recámara un poco de ira, un poco de fe en la función cívica de la ira y de cómo esa ira, esa rebelión, ese conato de revolución o esa revolución ya sin ambages ni disimulos es capaz de reventar el Estado y reformarlo. Todos aceptamos que hay cosas reformables y que ese Estado, el que ahora se exhibe a pulmón pleno y bien está que al menos uno exista, no es un ente lírico ni completo. Este tipo de vida que llevamos puede ser muchas cosas, pero en modo alguno es un hecho inmutable ni está tutelada por la voluntad de unos pocos reacios a que desaparezca.

III
No creo que los indignados, éstos que se adueñan de las plazas y se mancomunan en pasquínes y en cánticos de salvación, alcancen a entender el precio de esta indigación y supone uno, que no está allí sentado ni ha emitido ningún signo de apoyo a los revolucionarios de forma fehaciente todavía, que volverán después a casa con muchas cosas ganadas. Ganarán pese a que al final terminen perdiendo. Ganan por el hecho de haber fundado un movimiento, uno que explica las cosas sin que en esa explicación medie la injerencia de los partidos políticos o del mercado, perdonen la redundancia. Harán que algunos extraigan consecuencias razonables y reconstruyan en su interior la idea de una democracia que consiente extravíos, desatinos y perversiones que no caben en un modelo civilizado de convivencia. Pero es que no convivimos: estamos en un ecosistema al que le extirparon hace tiempo el corazón y que se ha acostumbrando a funcionar sin que concurse la poesía o el amor al prójimo o la libertad pura y sin retórica. Como siga así voy a parecer un fan de Coelho y no hemos venido aquí a eso.

IV
Estos indignados o acampados o atrincherados,  por el hecho de serlo, de dejar que los medios los nombren así, empiezan perdiendo la batalla en el campo de la semántica. Muchos conflictos se pierden en los titulares de prensa. Viene el mensaje ya viciado por el concurso de las palabras que lo explicitan. Indignados, quizá, pero razonables. Nada de lo que ansían está vacío de sentido. Piden que no existan paraísos fiscales, que se prime el empleo juvenil antes que la vigencia de un mercado laboral ampliado hasta los setenta casi, que se modifique la ley electoral o haya democracia dentro de los partidos políticos, que se grave al que más tiene y no al desposeído, que se arbitren mecanismos éticos para conducir los mercados. Pero antes de todo esto, quizá antes de alzar un documento válido que dé cuentas de lo que realmente reclaman, quizá deberían controlar los movimientos peristálticos de la revuelta. De hecho no pueden impedir que algunos descerebrados campen a sus anchas por la acampada y se hagan el harakiri argumentístico y no sepan qué es la Junta Electoral, a qué bestia mitológica se enfrentan o a qué lugar conduce esta algarada pacífica, cómo no, voluntariosa y germinal como una canción de Dylan en Woodstock. Piden con la boca ancha y piden con el pecho limpioy se les llena la revuelta de espontáneos que no acaban de entender el hilo primero de la trama, el motivo prehistórico, la causa genética. Que es posible, al cabo, que no haya alternativa al capitalismo o que los bancos continúen su idilio con el mercado y sean los que verdaderamente gobiernan el cotarro.Que el jefe es el mercado, sí: un jefe autoritario, uno con una sola idea fija en la mente, vacío de ternura. Un jefe que provoca la crisis, asfixia al asalariado y luego, una vez amainado el temporal, vuelve a sus beneficios y prosigue su idilio salvaje con la pasta.

De lo imposible y de lo necesario


Como si no se tuviese ya una idea clara de qué hacer mañana a pie de urna.

Spanish thing

20.5.11

Ghost in the machine

No sé si la realidad, a fuerza de mirarla muy de cerca, se pixela . Se lo pregunté al oráculo y me indexó un ciento largo de páginas en donde dar rienda suelta a todas mis fantasías cognitivas. He probado un par de ellas y he regresado a mi plácida oscuridad doméstica, desencantado. Un spam en mi correo me confirma la idea de que mi ip ha sido fiscalizada y no hay ahora blog que yo visite que no sea anillado, tabulado y considerado peligro potencial. Infiltrado en la realidad, uno tiene que guardar siempre las apariencias. El temor a ser descubierto. La creencia de que hacemos cosas terribles por las que tenemos que ser castigados. Así que cuando me obceco como sólo yo sé en mirar la realidad muy de cerca y descubrir si se pixela o no (macrobloques muy incómodos que perturban la visión nítida y pristina) procuro que nadie me observe. Anoche creí ver una niña con trenzas que me obsequiaba con una sonrisa, pero no es posible hacerse ilusiones. Hay niñas adoctrinadas que informan con prosa metódica y mucha mala leche de las actividades subversivas. La mía lo es en extremo. No se puede ir por ahí buscando el revés de las cosas, el lado oculto, los pliegues más retirados de la blonda. O se puede, pero bajo riesgo de que una niña con trenzas te sonría y archive en su memoria de delitos ajenos tu indiscreción. Entras en una página de filatelia y un anuncio de porno duro se cuela en tus cookies de modo que pareces un salido. Salidos andamos todos, le dije a mi amigo K. Salidos por interés. Entrado no me veo. Me siguen turbando las mismas viejas causas.

Hay niñas con trenzas por todas partes. Van solas y es casi imposible entablar un diálogo con ellas. No se dejan engolosinar con regalos ni se avienen a juegos ni a chanzas propias de la edad. K. ha observado que no hay vida en sus ojos. Yo no he visto ninguna tan de cerca. K. también se ha puesto tozudo en mirar la realidad muy de cerca. Caso de ver los píxels se confirmarían todas nuestras más terribles sospechas. Que el mundo tal y como lo conocemos ha sido suplantado por una creación infográfica. Hace un par de días encontré un recorte de periódico. Noticias de bolsa. Al cogerlo aprecié el mapa de bits. Códigos binarios como fantasmas agazapados en la máquina. K. me ha asegurado que en una ocasión le asaltó la imágen de un pixel muerto, uno sólido e incandescente, contagiando los píxels circundantes, invitándolos al sacrificio digital.
Desde que vi a la niña con trenzas duermo a saltos. Tampoco me ayuda la alergia, este muro que no permite el paso del aire de afuera. Reforzar la puerta y atrancar las ventanas no ha impedido que a veces imagine que los guardianes de la otra realidad (ignoro cómo llamarlos, espero no tener que averiguarlo, tampoco tengo a mano Walter Bishop) ya están en mi casa y cuidan que no alarme a la población con mis conjeturas. K. tiene desconectado el router. Apenas sale de casa. Atiborrado de libros, disfruta de una porción de realidad sin contaminar, pura como el sueño de los ángeles. No sabe qué cosa el tweeter. Qué el facebook. Vive bien sin la injerencia de la información. Dice que le aturde este abuso. Que le apesadumbra en extremo. Que nada de lo que afuera sucede posee un interés que le distraiga de sí mismo. Encapsulado, acapullado, desintoxicandose poco a poco de todo esa tralla de bits que ha ido acumulando hasta que un día comprendió lo inútil de la travesía. K., recapacita, le digo. Hazte una cuenta en facebook. Tendrás cien amigos en una tarde. Les contarás el ruido que hace tu cerebro cuando lees a Musil.

Yo ahora oigo constelaciones, percibo la trama secreta de Dios en el latido infinitesimal de cada píxel, escucho la música de todos los arcanos del mundo, advierto en la respiración de mi Heráclito, mi perro, levísimos ruidos que parecen engranajes de una maquinaria que no ha ensamblado como diseñaron. Ni ladra como hacía. Se me acerca y me olisquea, cercano, pero hemos perdido la ternura de antaño. Cuando termine de escribir este post, desconectaré mi router. Lo miraré como se miran los objetos vacíos. Pensaré que es un vestigio de un vicio vencido. Un vicio, al vencerse, se convierte en un dolor profundo en el costado. Un vicio, al superarse, desaloja el placer y crea una capa gris de rutina que sólo puede ser retirada con la instalación de un vicio nuevo. 

No seré capaz de apagar el router. Me embeleso viéndolo parpadear. Leds convulsos. La vida también discurre dentro de la máquina. Los fantasmas son familiares: no dan miedo, apenas perturban mi ocio doméstico. Incluso aletean, cómplices, cuando escribo. Me da la impresión de que todo ha sido una congestión digital. Me recupero. Insisto en los mismos precarios placeres. Todo se deja llevar por la misma enfermiza rutina de links. Hace diez años no tenía ni puñetera idea de lo que era un link o un blog o un post. Dentro de diez años no usaré el castellano, a este paso. Transcribiré mis emociones en base a algún código algebraico, ceros y unos. Algoritmos en vez de metáforas. El formato es lo de menos, dice K.Su oráculo es todavía una balda sobre la que descansan los títulos memorables de Castalia. Igual no se está perdiendo nada en ese dar la espalda suyo que a veces me irrita tanto.


18.5.11

Los planes


El buen cine negro, incluso el más turbio, el que mejor se empapa de la mezquindad de lo humano, suele dejar caer pasajes melancólicos, restos de alguna historia de amor. Casi ninguna de esas historias están a la altura de la escritura melodramática de un Douglas Sirk o un William Wyler, pero Raoul Walsh o Howard Hawks registraban el mal puro y el amor puro con absoluta continuidad, sin que advirtiésemos la fractura entre esos dos mundos aparentemente enfrentados. No hay tal apariencia: están abrazados. Uno vive del otro. La hondura del buen cine negro (ahora que he empezado a leer America, la primera parte de la trilogía de Ellroy) está en el abrupto concurso de la pasión para justificar comportamientos crminales. Deme usted una pistola, una mujer y metros de celuloide y le hago una película. Alguien dejó escrito eso. Para amar en una buena historia de cine negro no hay que poner ni un solo gesto galante. Ni siquiera hablar al modo en que lo hacen los enamorados. Él le dice a ella que la ama sin perder de vista la carretera y sin dejar que su mente se ablande ante la evidencia de que ese amor puede estropearle los planes. Son los planes los que importan. Todo lo demás es literatura. Otra vez.

16.5.11

Yo tengo mis propios saltos sinápticos, sr. Hawking



Ojalá el cielo fuese un cuento de hadas. Sostiene Hawking, el eminente, que nada sucede una vez que el cerebro ha dejado de bombear saltos sinápticos. Como el mundo de las fluctuaciones cuánticas me viene ancho como el Kalahari, sólo me detengo a escuchar la música de las palabras. Ignoro si debajo hay un dulce trino de pájaros o notas desafinadas que chirrían alma adentro. Para que yo crea en el más allá o descrea, no preciso ninguna habitación llena de libros seminales, catálogos de ciencia pura como un puñetazo sobre una pompa de jabón. El mundo es frágil y es extraño. Prefiero la forma de entenderlo de David Lynch a la de este sabio absoluto sobre el que poseo un conocimiento demasiado rígido. Me está cansando el buen hombre y ese tintineo suyo de showman cuántico. Quiere poner las cartas sobre la mesa, pero no hay mesa ni hay cartas. Dios, al que busca, no está en una molécula. Tampoco fuera. Quizá está en una metáfora. En todo caso, la historia del tiempo, el Big Bang y los agujeros negros son amenidades de un cerebro con abundancia de saltos sinápticos, un cerebro (pongamos) demasiado irrigado. El mío, ay, está endeble. Se alimenta de frivolidades. Hoy, sin ir más lejos, caminaba por la noche escuchando Foxtrot, el formidable disco de Genesis, y pensé en eso, en las causas primeras del Universo. No sé razonar cómo fui del rock progresivo de una de mis bandas favoritas a los arcanos del cosmos. Ya digo. Saltos sinápticos. De golpe me llegó uno que me dejó a las puertas mismas de la percepción sublime de las cosas. Me duró un segundo. Lo juro. Un segundo.

Hacia otro lado



"Una velada en que todos los presentes estén absolutamente de acuerdo es una velada perdida"

Albert Einstein


15.5.11

El cielo cayó sobre nuestras cabezas


Hace unos días entramos en un vacío digital del que salimos indemnes. Observé mi ánimo con atención y no advertí quebranto relevante. Nada como el día en que perdí un cuadernito de anillas en el que había manuscrito unos sencillos trabajos de amor endecasílabos en la barra de un bar en Córdoba. Todavía hoy pienso en la identidad de quien lo abriese y qué turbación sentiría al atravesar una puerta que no le estaba esperando. Hay puertas siempre abiertas y algunas que no deben abrirse. Así que la repentina interrupción del servicio de la compañía Pyra Labs, la que ofrece a sus clientes la plataforma en la que alojo El espejo de los sueños, sólo me hizo pensar en la posibilidad de una mudanza o en la fragilidad de los soportes a los que confiamos lo que escribimos. Busqué un refugio nuevo y hasta abrí un universo alternativo. Una especie de espejo repetido en el que alojé un breve texto a modo de fundación. Golusmeé en el editor del bicho y vi que, en esencia, no dejaba de ser un hermano bastardo, quizá un poco más sofisticado, del que se ocupa de airear lo que pienso desde hace 1.760 días. Todos esos son los días con sus noches que llevo aquí refugiado. El hecho de hacer balance de ese tiempo me hizo entrar en un maravilloso estado de zozobra espiritual del que no sé si he salido todavía. Pensé en la negación del servicio por mi parte. Yo sería Pyra Labs hackeando mi propio interés estilístico. Yo sería el causante absoluto de que mi pequeño e inofensivo contrato con la compañía de California cesase de inmediato. Yo, al final, sería el dulce suicida, el letraherido que ha decidido, a la vista del descanso impuesto, la prudencia de habilitar un descanso de más hondura.

Indicio de una manera de vivir a la que nos hemos arrojado con quizá excesiva presteza, el cierre inesperado de la rutina de escribir y de poseer un espacio en donde alojar lo escrito hace pensar en la fragilidad del envoltorio, en la importancia que le damos al lugar en donde colgamos (nunca mejor dicho) la ropa que nos ponemos y la escasa relevancia que se le da a la ropa en sí. De mí recuerdo la imagen de escribir en cuadernos de anillas, de los gruesos, en folios blancos que luego metía en carpetas grises o en servilletas de papel en los bares (ay qué placer más clandestino y maravilloso manuscribir en una barra de un bar mientras esperas que el camarero te sirva un café) y guardar con mimo esos papeles. La criba la realizaba muy de tarde en tarde y de ella salía algo que pasaba a máquina. Mi Olivetti Lettera 32 no se fugaba jamás. No le daba por ausentarse por motivos técnicos. Jamás me fallaba. Sé que todo es la manifestación del enfado por lo que sucedió en la Red, pero me sé también asistido por una razón íntima, tal vez no exportable en demasía ni sólida si se la enfrenta con los argumentos de los que defienden (yo me incluyo en ese defensa, sin duda) los alcances de las bitácoras, la certeza de que hay una disciplina tecnológica a nuestro servicio que se ocupa de hacer volar la palabra y que, en el vuelo, no se pierda. Pero el caso es que no hubo vuelo. A pesar del fantástico cielo izado para que el vuelo existiera y festejáramos la noticia del aire.



11.5.11

"Un ovni persigue a un maestro de escuela"


Mal lo del león porque la gente desconfía de los animales en las historias sobrenaturales. La culpa es de los cuentos de Perrault y de los hermanos Grimm. Mal también porque lo vocee un maestro. Está el oficio muy tocado por dentro y por fuera como para que uno del gremio se tire de cabeza a la boca de Iker Jiménez. Mal que no lo registrase. En este mundo de descreídos sólo nos conforta lo que puede volcarse al youtube a beneficio de pánfilos de la metafísica y de frikis de la ufología rústica. Mal al final por la ocurrencia del maestro en acudir a un bar en busca de testigos del prodigio. En los bares casi nunca se concita un universo de espectadores a los que confiar las evidencias más sutiles. Ni siquiera las más burdas. Baste insistir en el hecho de que fue un bar en donde se produjo el avistamiento masivo para que el que escucha eche la atención a otro lado y confirme a sus adentros la naturaleza fantasiosa del relato. Pero la noticia está ahí, en las hemerotecas, y exhibe el protocolo habitual. Hay un lugar de los hechos (Fregenal de la Sierra, provincia de Badajoz), una cronología (junio de 1.976), un primer testigo (el maestro) seguido de otros varios (los clientes del bar), una observación (el platillo parece un león, brama una llamarada fulgurante y se va después de treinta minutos - muchos, a mi parecer - de hipnótica contemplación) y una reacción popular (los integrantes de la corte del milagro explican a los propios y a los ajenos el hecho singular y comienza la comitiva periodística, los sueltos en la prensa y las comidillas en las calles del pueblo). Jiménez del Oso seguro que indagó en el asunto.
Ignoro qué fue del maestro al que un ovni persiguió por los campos. Ni sé si esa circunstancia extraordinaria redujo su prestigio como educador entre la chiquillería del pueblo. Si fue objeto de chanza en los corrillos del patio o si, en la plaza del pueblo, se explayaban las mujeres relatando el avistamiento, inclinando hacia la desmesura y el barroquismo la noticia en sí. No sabemos nada de estas cosas y hasta es posible que nada relevante ocurriese después de la revelación cósmica. Imagino que el maestro saldría con más reparo a los campos y se guardaría de contar avistamientos futuros en prevención de que se le atribuyera alguna sensibilidad de la que carecía o su imagen en la localidad cayese en picado, víctima de la ufología. En veinte minutos salgo a la calle. Iré a mi escuela con el entusiasmo que las mañanas de primavera (alfombradas de pólenes homicidas) suelen, pero evitaré en lo posible mirar al cielo, dejarme sorprender por manchas en las nubes. Y si tal posibilidad acaece, si en un descuido levanto la barbilla y me topo con una nave interestelar acudiré a un notario. El que pille más cerca. Luego que venga Iker Jiménez y alguna marca de postín que desee patrocinar mi hallazgo. No está la cosa para hacer ascos a un extra. Abrimos el miércoles.
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Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...