31.3.11

Gramáticas

I
en tardes como ésta una hemorragia cándida y dulce vacía mi cuerpo, desaloja primero la voz, luego me arresta en el hueco del sueño, ahí hago sutiles navegaciones elementales, cubro distancias de azúcar, paisajes de plástico, extensiones que a mi paso se ondulan y arquean, se pierden en un punto y súbitamente aparecen luego en otro, turgentes, plenas, respirando con un pulmón de dios, con un pulmón secreto, el aire sublime de toda esta pereza increíble

II
no obstante agoniza, enmudecida por el vértigo de los días, la inspiración , la soledad salda cuentas atrasadas con el poeta a solas con su palabra, el poeta no tiene otra cosa que palabra, la palabra escoltando palabras y siguiendo una ruta que casi nunca da en el blanco de la idea, pero la merodea, la asedia

III
la noche con alas como un arco tensado sin júbilo ni excesos galopa furiosa la espalda, mi espalda, furiosa, encabritada y libre, cercada por el aire, libando la piel, hurgando adentro, buscando el alma en la carne expuesta, abrevando la voz en la superficie perfecta de un gemido

IV
el tren medita perderse en la distancia y no es a morir a lo que van los ríos a la mar

V
al alma la astilla el tiempo o su eco, la voz es una estría, la piel es una sílaba suelta

VI
uno se va muriendo sin darse cuenta, uno se va yendo sin aviso, uno deja de ser uno y pasa a ser una breve sustancia, olvido, la tímida evidencia de un gesto, uno se queda al final en gestos, en la noticia de que en esos gestos es en donde realmente estábamos

Volver a Capra después de Pulp Fiction





30.3.11

El ministerio de la belleza



Bendigan los astros al numen, concedan la gracia infinita y el agradecimiento eterno a quienes comprenden que lo único que merece la pena en este mundo no es el amor ni la paz en el mundo. Es la belleza la que hace que el mundo gire y el universo respire por todos sus agujeros. Siento contradecir al gran Dante, pero no eso es lo que hace que la maquinaria ruede. El amor, la paz en el mundo y los altares de los dioses en sus templos dependen de la belleza. Es la belleza la que escribe la trama, la que pulsa las cuerdas invisibles con las que el corazón bombea la sangre que mueve los cuerpos. Esa es la única religión. En ese credo habito. Por esa belleza el sol sale a diario y la luna en la calle Bourbon, en New Orleans,  y en la mía, Mediabarba, en Lucena, se llena de sombras y de peregrinos perros.
Anoche escuché a Sting cantar por Armstrong una de esas canciones absolutamente impecables en las que uno querría desaparecer. Comprendí de cuajo los misterios del cosmos, accedí a un bienestar completo en nada parecido a ningún otroy acabé por razonar los motivos del que cree en un dios, en el más allá, en la transverberación de las almas y en la salvación del espíritu. Sí, un feligrés blasfemo, sin dios, sin más allá, sin alma que reverberar, pero untado con la misma brea, extremedamente a gusto conmigo mismo, en paz y en libertad, a salvo del mal y a cubierto del tedio. Creo que es peor aburrirse que pecar. Soy el feligrés absoluto de mis vicios, el inquilino total de mi causa.

.

29.3.11

La última canción del mundo



Hay pocas canciones que me llenen más que ésta. Hace más tiempo del que quiero recordar escuché a un amago de amigo, es un decir, lamentar la escasa calidad de los divos del rock en lo que es voz, en la calidad del instrumento natural con el que se expresaban. Creo que no hay nadie que cante como Joe Cocker. Y posiblemente, a pesar de la cantidad de clones que la industria oferta para cubrir la baja de los antiguos en los hits parades, no haya nunca otro. Nadie va a cantar You are so beautiful como si se fuese a morir en la última línea. Está bien, ahora que lo pienso, hacer algo como si fuese lo último que se vaya a hacer. Está bien, concluyo, hacer algo como si uno no tuviese otra cosa que hacer en este bendito mundo. Joe Cocker canta You are so beautiful como si fuese la única canción del mundo. Como si ya se acabase el tiempo. Como si no hubiera más allá.

27.3.11

Tell the waitress I'll come back...



Ali dances and the audience applauds
Though he's beathed in sweat he hasn't lost his style
Ali don't you go downtown
You gave away another round for free
Me, I'm just another face at Zanzibar
But the waitress always serves a secret smile
She's waiting out in Shantytown
She's gonna pull the curtains down for me, for me
CHORUS
I've got the old man's car,
I've got a jazz guitar
I've got a tab at Zanzibar
Tonight that's where I'll be
Rose, he knows he's such a credit to the game
But the Yankees grab the headlines every time
Melodrama's so much fun
In black and white for everyone to see
Me, I'm trying just to get to second base
And I'd steal it if she only gave the sign
She's gonna give the go ahead
The inning isn't over yet for me
CHORUS
Tell the waitress I'll come back to Zanzibar
I'll be hiding inthe darkness with my beer.
She's waiting out in Shantytown
She's gonna pull the curtaains down for me, for me
CHORUS

Mi corazón tendría la forma de un zapato si cada aldea tuviera una sirena...




25.3.11

Líbame

Otra vez

La abeja industriosa siempre está dispuesta a navegar un terrón de azúcar.

23.3.11

Elizabeth Taylor: In memoriam



He visto todas las películas que hoy, en los telediarios, han nombrado para hacer honores a la diva muerta. Desde Mujercitas a La gata sobre el tejado de zinc. Caliente. Eso lo omiten en el transvase hispano. Tiempos difíciles los de la censura del Caudillo. Se quemaban con las palabras. Luego dormían con pesadillas. A mí la señora Taylor me hizo disfrutar del cine bautismal de mi adolescencia de TVE2. Ahí crecí: en ese territorio de la banda del UHF. Vi a una actriz grande, peleona, con carácter. Al pensar en ella no puedo dejar de pensar, en cierto modo, en Katherine Hepburn. Vivieron de forma distinta. La Taylor se comió el mundo y se tomó ocho maridos en los postres. La Hepburn se recluyó en el amor intemporal al ebrio Spencer Tracy. Pero uno cuenta lo que ha leído, lo que deduce de los fotogramas. La vida es otra cosa. En todo caso, como siempre, celebraremos a capricho de cinéfilo sus películas. Descansará en paz. No lo dude nadie.

.

21.3.11

El zombi


Nueva York abre hoy al alza. En Wall Street es en donde se libran las batallas diarias. Se agrieta el interior de la tierra, la madre natura iza un mar sobre un país y los números en las pantallas azules se mueven. El barril de petróleo de calidad Brent es el dios plenipotenciario. La mascarilla del japonés de la fotografía obedece al hedor de los números. Uno puede pensar que lo mueve la fuga radioactiva, pero es el índice Nikkei el que lo está matando. Probablemente tenga un par de pisos a medio pagar y su puesto de trabajo en una fábrica en la periferia de Tokio esté al cierre o en suspensión de pagos hasta que el temporal amaine. Al sujeto de la mascarilla lo que le duele  es el aire viciado de un mundo que se agrieta adentro y en la superficie. Es un zombi y tiene gestos de zombi. Cree que todavía es humano, pero la mascarilla lo ha convertido en otra cosa. De hecho no basta quitársela para que el efecto demoledor de su uso desaparezca. El peso moral de la mascarilla se arrastra de por vida. Una vez que hemos colocado la prótesis en el rostro, a medida que la piel se hace al contacto áspero de esa mezcla infame de plástico y tela baratos, la vuelta atrás no es posible. Pasa igual cuando uno pasa hambre. En las penurias, el cuerpo adopta una actitud hostil contra la realidad. Una parte del cerebro registra el dolor y jamás lo olvida. Se queda ahí, en mitad de la masa gris, en ese territorio abismal, grabado a fuego. Por eso los números de la pantalla azul que vigila al zombi gobiernan el mundo. Son como el latido del cosmos. No me extrañaría que existiera un club de afectados por el índice Nikkei. Una nómina triste de convalecientes de tsunamis, terremotos y apocalipsis bursátiles. Los de las mascarillas mentales. El lustroso equipo de damnificados habitual.

Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...