en tardes como ésta una hemorragia cándida y dulce vacía mi cuerpo, desaloja primero la voz, luego me arresta en el hueco del sueño, ahí hago sutiles navegaciones elementales, cubro distancias de azúcar, paisajes de plástico, extensiones que a mi paso se ondulan y arquean, se pierden en un punto y súbitamente aparecen luego en otro, turgentes, plenas, respirando con un pulmón de dios, con un pulmón secreto, el aire sublime de toda esta pereza increíble
II
no obstante agoniza, enmudecida por el vértigo de los días, la inspiración , la soledad salda cuentas atrasadas con el poeta a solas con su palabra, el poeta no tiene otra cosa que palabra, la palabra escoltando palabras y siguiendo una ruta que casi nunca da en el blanco de la idea, pero la merodea, la asedia
III
la noche con alas como un arco tensado sin júbilo ni excesos galopa furiosa la espalda, mi espalda, furiosa, encabritada y libre, cercada por el aire, libando la piel, hurgando adentro, buscando el alma en la carne expuesta, abrevando la voz en la superficie perfecta de un gemido
IV
el tren medita perderse en la distancia y no es a morir a lo que van los ríos a la mar
V
al alma la astilla el tiempo o su eco, la voz es una estría, la piel es una sílaba suelta
VI
uno se va muriendo sin darse cuenta, uno se va yendo sin aviso, uno deja de ser uno y pasa a ser una breve sustancia, olvido, la tímida evidencia de un gesto, uno se queda al final en gestos, en la noticia de que en esos gestos es en donde realmente estábamos




