
Vi a Pat Metheny al aire libre, en la Axerquía cordobesa, hace casi veinte años. Todavía, que yo sepa, sigue dando giras embutido en la camisa a rayas. No sé qué deuda le debo, pero alguna hay. Probablemente fue Metheny quien me mostró que detrás de la música visible circula otra que no siempre se aprecia con facilidad pero que, a la larga, bien oída, es la más duradera y la que más engolosina el alma. Fue la época en la que yo conocía Letter from home, aunque los amigos que me llevaron (Antonio Linares, cuánto te debo) me contaba que era su disco más asequible y que había otros (Rejoicing, Travels, Offramp) de mayor enjundia. Nada que no pudiéramos solucionar después. De hecho llevo toda la vida oyendo cada nuevo disco de Pat Metheny con reverencia y devoción. Da lo mismo que se abisme en el jazz más críptico (Song X, Ornette Coleman) que abrace indisimuladamente esa new age de resonancias jazzísticas que le ha valido, entre otras cosas, ser programado en emisoras convencionales de radio y escuchado por gente completamente ajena al jazz puro, al estímulo del jazz concebido como una arqueología del sonido, no sé, me estoy desplazando del punto de proyección, del jazz razonado como todo lo que no es posible razonar ni inventariar bajo premisa sonora alguna.
Después de aquel memorable concierto a la orilla del Guadalquivir está Diego Gómez y Juan Carlos García, a los que hace demasiado que no veo, que también recorrieron conmigo algunos discos y con los que disfruté algo que a veces nunca se consigue y que consiste en charlar distendidamente, sin afán pedagógico, sin pedantería enciclopédica, sin esa aristocracia de la sensibilidad que hace que lo que escucha uno, por el hecho de ser elegido por nuestra santa voluntad, sea superior y más noble y más inteligente que lo que los demás, en su torpeza sensible, en su oscuridad melómana, prefieren.
Y hoy, Domingo, a la espera de que unos buenos amigos vengan a casa a comer, Pat Metheny me está acompañando con el entusiasmo de siempre. No le veo las rayas, pero están.