29.3.09

3 hormigas de domingo

I
Una evidencia incontestable: la fe no sólo mueve montañas, sino que las alfombra de cadáveres. Y no sé si este volunto condenatorio de dos mil años de sana pedagogía cristiana va a confirmar que, como alguien me dijo, sí que estoy haciendo campaña agnóstica. Será cosa de revisar los posts recientes y ver en qué anda metido mi ocio pequeñoburgués.
II
A mí Walt Disney siempre me dio grima.
III
La marcha de la vida que en estos momentos está recorriendo las calles de Madrid. ¿Defienden únicamente la vida fetal o también cuidan la vida después de cortar el cordón umbilical? Es que se ma ha ocurrido justo ahora mismo la cruzada anti-profiláctica del Santo Padre por tierras africanas y entonces, la verdad sea escrita, se me ha puesto una cara de incontinencia que no sabré quitarme en todo el día.

28.3.09

Un cine de Hollywood



Probablemente nunca me sentaré en un cine así. Ni pasa por imaginación (turbulenta, enfebrecida, inasequible al tedio) que el azar zanje sus diferencias con mi felicidad y me procure estos placeres de naturaleza frívola. El entretenimiento: ya la palabra carece de la seriedad necesaria para ser tenida excesivamente en cuenta. Entretenerse: buscar la forma de negar la realidad y zambullirse (qué verbo más bonito) en la ficción. Los juegos infantiles, de hecho, son la primera forma de negar la realidad, de recrear un mundo alternativo que aplace la obstinada certeza de éste. Y meterse en un cine es una forma de regresar a esa infancia porque lo que la pantalla nos ofrece es un mundo alternativo, una realidad fugada, y nunca me sentaré en una butaca de un cine como éste. Ninguno de los que he visitado se acerca a esta monumentalidad. La industria del cine, la maquinaria financiera que lo exhibe, precisa locales menos glamurosos, más acordes con los tiempos que corren, que son de naturaleza antojadiza y volátil. Vemos cine en pantallas de juguete con definición asombrosa. Vemos cine en casa. Y yo hoy quiero visitar uno de éstos...

27.3.09

Obstetricia moral... por El Roto




Pedagogía, descreimiento

I
Han pedido al Papa que se retracte gente de libros y gente de la calle y uno, que se mantiene a caballo entre lo libresco y lo pedestre, que jamás ha hecho campaña agnóstica o catecumenal ni se le ocurre considerar que la fe, pongamos la fe auténtica, caso de que alguien la sienta en lo más hondo de su ser sensible, pueda ser derrumbada por comentarios tullidos, bárbaros, aberrantes y casi criminales como los que ha soltado el hombre de Roma, piensa que todo este garigai de laicos y de fieles, de subscriptores de lo pagano y de militantes de lo místico, tiene que terminar más pronto que tarde. Da igual si el Papa se desdice o se reafirma. Es lo mismo que mañana salga en otra rueda de prensa improvisada o no y arramble con las retorcidas opiniones de quien sabe que torturar al pecador da más réditos que dejarlo pecar sin hacerle ver la naturaleza infame de sus actos. Y no hay pecado. Eso lo inventaron para que la industria de la salvación tuviera catedrales y mapas con cruces. El pecado se diseñó concienzudamente y no hay otra figura mercantil con mejor historial . Lo que va a pasar es que esta campaña casi bélica va a moldear gobiernos, indagar en la intención de voto y sucederá lo que ha pasado siempre y que consiste, llanamente dicho, en que los mandos de la púrpura y de la mitra continuarán escribiendo la Historia y creyendo a pie juntillas que sin ellos el edificio de la moral o las construcciones políticas de la Humanidad se vienen abajo. Dos milenios de prosa católica no pueden ser interrumpidos por esta caterva de infieles, parecen decir y seguro que pensar. Todo es muy siniestro, todo es muy retorcido, todo es muy patético. Una tal señora Vindel, que vive en Logroño, ha cogido por la parte gore el libro de los libros y ha mostrado la sangre de la vida y la sangre de la muerte, toda esa iconografía de miembros amputados y carnes troceadas que salpimenta el anecdotario bíblico. Lo ha hecho para concienciar a su atribulada alumnado sobre la realidad a la que se adscriben nuestros políticos. Lo dicho: todo muy retorcido, todo muy escorado al gore, todo muy bíblico y todo muy bélico. Mueven negras.I

II
Este descreído que soy se obstina en encontrar un asidero firme desde el que contemplar toda esta magna e impúdica guerra semántica. Porque no es otra cosa. Al menos se cruzan palabras y no balas ni piedras, pero las palabras hieren y algunas también matan. Eso está comprobado y duele recordar episodios en los que el lenguaje, el pensado y el concebido para desmoralizar al enemigo o para reducirlo o para humillarlo, aniquila con más probada eficacia que varios kilos de napalm arrojados sobre el cielo de mi barrio. Esta crecida del río de las descalifaciones está a punto de anegar territorios fértiles. No hay asidero. No al menos uno firme. Lo azotan de continuo. Lo estrellan contra la costa.

26.3.09

Monument Valley, hombre, Monument Valley...


I
Dice a propósito de la enclenque salud del cine español el bueno de Álex de la Iglesia que "el mayor poder creativo se da cuando eres absolutamente inconsciente de las consecuencias" y se pone a hervir cuando escucha a bárbaros que comparan los pesos pesados de la industria cinematográfica americana (Steven Spielberg, Michael Bay, Ridley Scott) con la gallarda y arrojada valentía de los pesos welter hispanos, que no pueden lidiar en igualdad de condiciones y salen lógicamente k.o. de ese combate injusto y singularmente aburrido: ganan los americanos. Creo que han ganado siempre. Y cuando pierden lo hacen con la caja llena y el suelo del cine lleno de restos de palomitas y de envases vacíos de Coca-Cola. Es la evidencia plástica del poderío yankee incluso en la moqueta, a ras de alfombra. El cine español o la música española no figuran en la misma categoría. De hecho, bien mirado, la robusta maquinaria audiovisual americana carece de competencia y únicamente se preocupa de no viciarse en el tedio y competir contra sí misma, superando cada vez los más que exigentes listones de sofisticación técnica y mutilando a base de taquilla toda posible injerencia crítica. El escuálido cine español mira al escuálido cine húngaro. El cine americano no mira a ningún sitio: sobrevuela, ufano de su impúdica codicia, los cielos del mundo e inocula con pasmosa y subrepticia eficacia los genes del colonialismo, la semilla de la invasión posterior, ese caballo de troya consensuado, discutido en el Parlamento hasta convertirlo en materia legislada, aprobada y rociada al pueblo como maná cultural.

II
A John Ford le preguntaron qué buscaba en su cine. El director contestó: "un cheque, a ser posible con fondos". Ese reducción de lo intelectual a lo crematístico, esa herencia judía, convierte al cine americano en el gran cine del que han bebido o al que han acudido todos los demás. Trabajan sin presiones porque sólo buscan la pasta. Lo demás, el arte, cae por añadidura. Hay que dejar al artista trabajar y subvencionar sus pesadillas.


24.3.09

Márketing celestial


Refiere un joven Ernesto Sábato en Uno y el universo, librito de hondura literaria menor y prosa imberbe todavía, que "el doctor Lightfoot, vicerrector de la Universidad de Cambridge, mediante un cuidadoso estudio del Génesis, encontró que el hombre fue creado el 23 de Octubre de 4.004 a.C. a las nueve de la mañana".
No añade, no por falta de rigor histórico o relajada recopilación de fuentes sino por una mera incontingencia de orden temporal, que a renglón seguido de que el hombre pusiera su peludo pie en la tierra, nacieron la mujer, el pecado y el lince ibérico o euroasiático. No existía la Conferencia Episcopal ni ningún Santo Padre viajaba por la primitiva Pangea condenando a los infieles, pidiendo equilibrio espiritual, contención lúbrica y amplitud de miras místicas. Luego la estadística de linces amenazó el sueño de los progres. Cosas del márketing celestial.

22.3.09

Pat Metheny, Antonio Linares, Diego Gómez..: Letter from home


Vi a Pat Metheny al aire libre, en la Axerquía cordobesa, hace casi veinte años. Todavía, que yo sepa, sigue dando giras embutido en la camisa a rayas. No sé qué deuda le debo, pero alguna hay. Probablemente fue Metheny quien me mostró que detrás de la música visible circula otra que no siempre se aprecia con facilidad pero que, a la larga, bien oída, es la más duradera y la que más engolosina el alma. Fue la época en la que yo conocía Letter from home, aunque los amigos que me llevaron (Antonio Linares, cuánto te debo) me contaba que era su disco más asequible y que había otros (Rejoicing, Travels, Offramp) de mayor enjundia. Nada que no pudiéramos solucionar después. De hecho llevo toda la vida oyendo cada nuevo disco de Pat Metheny con reverencia y devoción. Da lo mismo que se abisme en el jazz más críptico (Song X, Ornette Coleman) que abrace indisimuladamente esa new age de resonancias jazzísticas que le ha valido, entre otras cosas, ser programado en emisoras convencionales de radio y escuchado por gente completamente ajena al jazz puro, al estímulo del jazz concebido como una arqueología del sonido, no sé, me estoy desplazando del punto de proyección, del jazz razonado como todo lo que no es posible razonar ni inventariar bajo premisa sonora alguna.
Después de aquel memorable concierto a la orilla del Guadalquivir está Diego Gómez y Juan Carlos García, a los que hace demasiado que no veo, que también recorrieron conmigo algunos discos y con los que disfruté algo que a veces nunca se consigue y que consiste en charlar distendidamente, sin afán pedagógico, sin pedantería enciclopédica, sin esa aristocracia de la sensibilidad que hace que lo que escucha uno, por el hecho de ser elegido por nuestra santa voluntad, sea superior y más noble y más inteligente que lo que los demás, en su torpeza sensible, en su oscuridad melómana, prefieren.
Y hoy, Domingo, a la espera de que unos buenos amigos vengan a casa a comer, Pat Metheny me está acompañando con el entusiasmo de siempre. No le veo las rayas, pero están.

19.3.09

En otro mundo



En un doble sentido, la Iglesia es el lince: en su acepción estrictamente lingüística, en la certeza -jaleada por ecologistas y gente de pensamiento afín- de que está en amenaza. Lo del niño es un exabrupto, un mandoble (que decían en la antigüedad que tanto añoran) asestado con toda la fiereza icónica del márketing actual. Uno coge los instrumentos que tiene a mano para hacer propaganda de su criterio. En ese aspecto, nunca la Iglesia anduvo tan moderna. Son otros tiempos. Y hay quienes siguen en la tozuda idea de que los tiempos no cambian.
Todo eso contado sin entrar en detalle en la pertinencia del mensaje: en su rebaja moral, en el dañino dardo que le han clavado al pobre lince, al auténtico, al que se extingue, en lo agresivo de su idea. Más cornadas da el hambre: más dura es la realidad: dirán unos y contestarán otros. Metáforas de la vida misma, al cabo.
Al tiempo, en África, el Papa pide limpieza espiritual, abstinencia sexual y condena la eficacia de los profilácticos en la batalla con el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, el pandémico SIDA. Y el mundo, el auténtico, sigue girando...

14.3.09

Gran Torino: Los menesteres de la vida...




Hay personajes que se construyen con una pasmosa morosidad. Borges usaba la figura del mapa idéntico al terreno que cartografiaba o recurría a Funés, un individuo con una memoria sencillamente milagrosa, capaz de registrar sucesos imperceptibles, extraordinarios, relevantes y futiles y configurar un inventario no únicamente preciso, ni siquiera meticuloso, sino cabalmente idéntico al inventario primitivo, el que sucede en la realidad y al que la memoria se entrega para dar fe y crédito de su oficio. Cada hebra del traje infinito del tiempo o cada minúsculo dato topográfico del mapa de las cosas se erige como instrumento de la construcción de la épica a la que el lector de Borges se entrega familiriazado ya con todos los vicios del escritor y toda la argamasa simbólica con la que funda su particular cosmogonia.
Dudo mucho que Walter Kowalski lea a Borges o someta su criterio ético al alambique metafísico del narrador argentino, pero algo tienen en común y tal vez el solitario, amargado y muy necesitado de redención mecánico jubilado que protagoniza la última película de Clint Eastwood se parezca (en su textura más íntima, en su alma más sensible) al anciano escritor que se refugia en la filosofía y en la ética y en los libros para elevar la cumbre de los días y morir (quizá) limpio de culpa, despojado de artificios, dulcemente. Tienen en común la autoridad que da la vejez, cierto manejo de los grandes argumentos de la vida como la vida o la muerte o el abandono o la soledad, y es precisamente a esos hondos asuntos a los que Clint Eastwood da más rigor, prescindiendo de cualquier plano o cualquier línea superfluo: aquí todo está concebido para acceder al grandilocuente, formidable, emocional y también épico finiquito de la historia, que es al tiempo el cierre formidable al Eastwood actor, al que nos ha regalado algunos papeles fundamentales en la Historia del Cine reciente y que aquí, a modo de nota testamentaria, regala para disfrute absoluto de incondicionales y regalo imprevisto para quienes sostenían que este hombre enjunto y lacónico, muy a menudo relacionado con personajes profascistas y escasamente recomendables, es en realidad un poeta de la imagen, un constructor de personajes absolutamente profundos.
Ha hecho falta que exista Harry Callahan o William Munny o Frankie Dunn para que Walt Kowalski exista: toda la filmografía de Eastwood está encerrada en estas dos horas de espontanea y romántica confesión. Está el Eastwood incrédulo, el patriota, el violento, el irónico, el lírico, el sacrificado, el dibujado con esmero por tantos guionistas guiados por la sensibilidad de un maestro de la representación, uno que el tiempo pondrá en el sitio que verdaderamente merece, justo a la altura de cualquier otro que el amable lector (en su voraz cinefilia) pueda pensar.
.

Mientras tanto, al tiempo que voy pedaleando palabras y rescatando emociones para que todo se ajuste al nirvana mental que me produjo Gran Torino, la película se proyecta en mi memoria casi íntegramente y voy repitiendo los gestos, las muecas, los efectos de la senectud en un hombre completamente empapado de vida y que desprende vida en cada toma. Me da lo mismo su precedibilidad: esa certidumbre de que un final apoteósico, de los que te dejan pegado a la butaca, se fragua lenta e inexorablemente; su insobornable patriotismo, rayano en lo bochornoso para quienes no la profesamos por unas u otras circunstancias; su inequívoco aroma a despedida, y ya se sabe que cuando un amigo se va, algo se muere en el alma, y entonces los que amamos a Clint Eastwood casi tanto como a John Ford o a John Huston o a Alfred Hitchcock, contribuyentes (egregios) al tozudo vicio de ver películas de este cronista exigente, cándido (en ocasiones), voluptuoso y, sobre todo, cuando hay que ser mitófago, parroquiano de este culto... La reseña sesuda, la que apura los argumentos y las implicaciones morales y estéticas, ésa que en otras ocasiones sale sin esfuerzo (buena o mala, pero sale con cierta facilidad) no entra ahora y ni tal vez lo haga en ningún futuro cercano o apartado del hoy untado de asombro. Me quedo con el tito Clint arreglando el jardín y adiestrando, en los menesteres de la vida, al chino que se le cuela en el ocaso de la suya y al que ama (a su manera) y por el que nos deja huérfanos de un actor imponente.

Jazz / 19 / Tete Montoliú

Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...