11.3.09

Verbófobos




En una gigantesca lista de fobias se me ha quedado bien grabado una que no alcanzo del todo a entender, y eso que hay algunas verdaderamente intrigantes, curiosas hasta el agotamiento del asombro y tan retorcidas y ajenas al común de los ciudadanos que parecen inventadas para que esa lista sea larga y fomente conversaciones de ociosos, seminarios de catedráticos de semántica o simplemente alborozo del lector glotón que a todo acude y en todo halla regocijo. Pues bien, la fobia a la que me refiero es la tiene por objeto del miedo a las palabras. Se llama verbofobia y, claro está, verbófobo el que la padece, aunque no tengo yo muy claro que sea en verdad un padecimiento. Me inclino a pensar que el verbófobo, de existir, se podría fácilmente adherir a ese gremio de hostiles que, en su vertiente cazurra, siguen con ciego paso a quienes los jalean, manipulan y preparan para ser azuzados los unos contra los otros usando (precisamente) el mínimo de las palabras posibles, y adentro de ese mínimo, las palabras de más contundencia, el discurso más municionado de mala leche y de canalla inquina.
Hitler (imagino) se ganó al pueblo alemán (incluso al letrado) con estos atajos de la retórica: la turba es siempre dúctil si se la sabe manejar con tacto. Ningún político ignora que el verbófobo es el votante más ingenuo y al que mejor se le puede entrar a base de citas, refranes, compendios del folclor doméstico y, en última instancia, la demagogia habitual. The Kinks lo decían espléndidamente en una antigua y ahora muy añorada canción: Give people what they want. o Dad a la gente lo que quiere.
Al verbófobo se sientan muy bien las palabras huecas, las frases a las que el orador les extirpó todo posible sentido. El mejor orador es el orador que vende futuro. La religión (en toda su vasta acepción y diversidad geográfica, teológica e incluso mercantilista) es un continuo regreso al futuro. Se da lo que no se ve: se entrega esa porción de bienestar espiritual que no se aviene al decodificado inmediato, al mutable vértigo de lo fácilmente traducible a hechos. El sacerdote busca entre su feligresía ciudadanos de corazón abierto y de oídos cómplices: sabe que las metáforas y los retruécanos metalingüísticos producen también parroquianos fieles, gente de fe que ve en el rito religioso un asidero moral fiable que censura el miedo a la muerte y abre espectaculares travesías por el infinito y más alla, todo a cuenta del peso formidable de las palabras, que son las portadoras del encantamiento. Los templos están llenos de encantadores de palabras. Los parlamentos, en cierto modo, también: más, incluso.
Ahora que lo pienso, los verbófobos me dan miedo. No sé que acuñación semántica convendrá a este miedo mío que me acabo de inventar a propósito de todo lo razonado: me dan miedo los que temen a las palabras porque terminan (a buen seguro) usando los gestos, eliminando a quienes consideramos a las palabras el tesoro más enorme, el signo distintivo de la inteligencia y el vehículo perfecto para descerrajar la realidad, que es una cosa extraña y a menudo, a capricho del azar o de algún rudimentario dios expulsado de quién sabe qué arcano paraíso, cruel y atroz y expeditivamente absurda.


3 comentarios:

Ricardo dijo...

Verborreico, genial, irresistible reflexión sobre la naturaleza lingüística de los males que ASOLAN el mundo. Cultura, eso falta, cultura para que nadie odie a quien lleve un libro bajo el brazo. Y ha psado siempre, siempre. Me parece que no va a cambiar. Un saludo.

Alex dijo...

Pero los verbófobos, al menos algunos, también tienen corazón. No sé si has visto "El Charlatán", con Steve Martin convertido en un predicador de buenas nuevas que nunca (o casi nunca) son.

La reflexión es atinada, en cualquier caso. Las palabras tienen un gran poder, mucho mayor que el de las bayonetas, porque éste es controlado por aquel. La masa precisa de luz, poco importa que ésta sea opaca o blanca.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Los asolan, Ricardo, en cantidad y agradezcamos, al menos, que los provoquen las palabras y no los gestos, la fiereza de los gestos, digo. No va a cambiar, no.

No lo niego, Álex, un corazón enorme, sin duda. No la he visto. Me cansa Steve Martin. Vi El padre de la novia a nueve mil metros de altura o a lo mejor más en un vuelo de aupa, en mi primer vuelo, y desde entonces (el cuerpo, que es sabio, sabrá) lo trago a ratos e incluso no lo trago en absoluto.
Las palabras tiene todo el valor. Las carga el diablo y las carga Dios: entre estos dos elementos, despectivamente o sin desprecio, se realiza el reparto del dolor y de la felicidad en este nuestro mundo problemático y febril. Se nota que hoy oí a Gardel. La masa precisa de luz. También. Saludos, abrazos, cuidados extremos en uno mismo, muy friend