11.1.25

Historietas de Sócrates y Mochuelo/ 9

Vivir fatiga, desear cura, conforta. La realidad no se anhela: comparece a veces inadvertidamente o se las ingenia para abatirnos. El deseo no es preciso que cumpla: basta su presencia, alguna evidencia de que su invocación nos hizo pensar que ya era nuestro. Sócrates está molido. Mochuelo advierte que la realidad se ha impuesto al deseo. No hace falta mucho discurrir para alcanzar esa certidumbre. Sucede siempre. Lo que cuenta, tal vez lo único que cuenta, es que el deseo, en ocasiones, cuando las circunstancias son favorables o el azar no lo malogra, se hace realidad y las dos palabras significan lo mismo. 

10.1.25

Historietas de Sócrates y Mochuelo / 8


 Este dolor en el costado debe ser la edad. Esta euforia cobrará su peaje. Esta danza ciega festejará la sangre en su fluir loco y sin brida. Sentirse joven es ser joven, aunque la resaca imponga luego alguna admonición, alguna niebla en los músculos. El cuerpo dicta su jaculatoria. El ánimo la ignora. 

Mi pie, el tuyo, la soga




Anoche soñé, bendita ilusión, que era un obrero especializado del aviador Dro y perdía el manuscrito del manifiesto técnico de la música futurista en el metro de Praga. Juro que hasta bien entrada la mañana me creí rabino. Hubo lo que yo imaginaba la cara de un gólem en todos los espejos a los que incansablemente el sueño me arrojaba. Mi nula intendencia en el Talmud impide que me explaye como querría. Una chica de plexiglás me acaba de dar las buenas tardes. Hemos entrado en la dimensión áurea. Somos ya para siempre criaturas de estro polivalente. Ella sabe lo que yo sólo intuyo. Yo sé lo que ella olvida. Desde las instancias más altas del sueño, Dro nos concede su providencia carismática y nutritiva y nos dice: este es mi pie, este es el tuyo, esta es la soga. Yo me pregunto quién nos dirá las cosas que Dios pensó “al ver a su rabino en Praga”. 

Dietario 8 / Llover

 



 Estuvo ya desabrida y fea la tarde incluso antes de que hiciera presencia la lluvia, no muy insistente, y luego cerrara el cielo en tormenta, tampoco tenaz, pero aún así, de vuelta los dos a casa, apurando el paso por si definitivamente cayese un diluvio, sentí nuevas las calles. Lo fueron de un modo ostentoso. Escribo ahora para que esa elocuencia repentina no se me olvide, pero tampoco registrarla hará que regrese. Es a veces por un propósito que uno no prevé para lo que se escribe. Leer, sin embargo, posee un cometido que no se extiende a otros o que no se fragmenta y crea muchos otros: leer sirve para descegarse. Se llega a oscuras y la lectura va abriendo morosa o diligentemente la luz, pero es cada vez una luz distinta, fluctúa, no hace asiento ni se erige única. Como lluvia refractaria a permanecer. Lo escrito es algo que puede leerse de muchas maneras. Una palabra son muchas. Un texto, todos. Lo leído ahora no es lo que será leído después. La tarde es nueva siempre. Uno es nuevo también. El lector no desoye esta afantasmada trama. Somos incesantemente otro. Siendo así, fascina que haya cosas que no varíen. Tardes iguales. Lluvias idénticas. Calles sin mudanza. La misma compostura de ánimo. Creo que esto ya lo he escrito antes. Esta tarde no lloverá, ni después habrá tormenta, pero pisaré charcos y estará temblón el cielo. 

Dietario 7 / Especular

 

Leo que Bohr insistía en el hecho de que el lenguaje humano no cumplía su cometido cuando el objeto al que se aplicaba era el átomo. Añado yo con la humildad del novicio que tantea con precario utillaje la realidad que le circunda que si lo muy pequeño es reacio a ser explicado con palabras tampoco lo muy grande escapa a esa inutilidad un poco poética y un poco matemática de las palabras. El átomo más sencillo (el del hidrógeno) y lo que quiera que sea lo más grande (el universo o un lunes después de un fin de semana de farra) no se dejan contar, son refractarios a que se les ajuste una herramienta que los explique. No sabemos mucho. Tampoco ese poco que sabemos está bien contado. Heisenberg (el físico que creó la mecánica cuántica, no el cocinero de meta de Breaking Bad) venía a decirnos que observar es modificar o que el sencillo acto de pensar (vamos a un nivel menos físico) hace que lo pensado mute nada más formularse. Todo es frágil, todo es reemplazable. No tenemos palabras para expresar cosas que están al alcance: se sabe cómo son o cómo se comportan, tenemos una idea más o menos certera de ellas, pero merodeamos la claridad y balbuceamos, damos tumbos, hablamos linealmente sobre cosas que no se comportan linealmente, perdemos la elocuencia y buscamos alivio en la especulación.  Ah, qué bonito es especular.  No miramos la realidad, sino su reflejo en un espejo. A mí se me ha sancionado con cierta frecuencia por especular, por no afirmar con rotundidad, por irme por las ramas, pero es en las ramas en donde todo cobra sentido: desde ahí la panorámica es más rica, tiene matices inadvertidos al encaramarse en las atalayas habituales. Con todo, me parece que este mismo texto no cumple su cometido, puesto que el objeto al que se aplica (yo qué sé qué objeto será, cómo podría saberlo) se desvanece conforme se va creando y, al tiempo, alumbra otros nuevos. Tal vez a ellos se conducía el propósito que me animó a empezar el viernes, qué novedad, escribiendo. 

9.1.25

Historietas de Sócrates y Mochuelo / 7


 Se cree que los demás están al tanto de nuestras menudencias, las grandes y las pequeñas, las que importan y las que no requieren atención ni empeño, pero hay veces en que no hay quien repare en nosotros, pasamos desapercibidos, no consta que estuviéramos, nadie nos echó en falta. Son estos tiempos los de estar sin ser, podríamos decir. Se anhela hacer acto de presencia, ver y ser visto, bailar al son de una música que, las más de las veces, ni nos conmueve. Importa esa rúbrica social, ese darse impostado. También solicitamos no ser vistos, no saber mucho de nada, pasar de puntillas o no pasar siquiera, adquirir la consistencia precisa para que podamos evanescernos, disolvernos en alguna soledad que se anhele. Querer que nos vean, que no: he ahí el frecuente viaje. Queda lo que los demás aprecien. Se es invisible a veces sin que ninguna voluntad propia aliente la luz. Nos ven incluso cuando nos creemos invisibles. Mochuelo no se da por aludido. No se cosca. Ve lo que quiere. 

Dietario 6 / Un sillón de orejas, Judas, Oxford

 


Sospecho que entraré en hibernación en breve. Hiberno entre libros, embutido en un sillón de orejas, teniendo a mi alcance una escandalosa colección de discos de jazz y un considerable arsenal de películas de cine negro. En eso de abastecer mis vicios nunca he sido mesurado. Hay vicios de más duro asiento, no lo dudo, más caros, más nocivos, de más retorcida cura. Siempre me incliné por el exceso. En el exceso, en ese territorio fértil y cómplice, uno vive más a sus anchas. Las mías son ampulosas. Cabe casi de todo. En otoño, de regreso del rigor del estío, hago planes sobre las condiciones del retiro espiritual. Pienso en libros, en autores, en tramas novelísticas. Pienso atropelladamente en películas que hace años que no veo, en series que me llenaron de júbilo, en discos que no defraudan jamás. Consta en esta reflexión que no tiro de personas: no es que este escribiente sea un huraño, un solitario, un friki de sus caprichos. Sucede que para leer un buen libro, ver una buena película o escuchar un buen disco no necesito absolutamente a nadie. En el resto de las actividades del alma, en la travesía de la vida, necesito amigos, madre, esposa, hijos y hasta transeúntes a los que cortesmente doy el buenos días a las ocho y veinte cada mañana. A lo mejor sí que soy un tipo huraño, uno solitario, un friki de su sillón de orejas. No sé. Se encasilla uno en un perfil y luego no lo suelta aunque le nombren hijo predilecto de su comunidad de vecinos, pero se avecinan tiempos de bonanza espiritual. Lo intuyo, El frío me estimula. El frío me carga de energía. El frío, en estas materias del corazón, me llena completamente. El frío da cuartel a mis ansias. El frío me inclina tozudamente a contemplar el espectáculo absoluto de la vida escondida en un disco, en un libro, en una película. Lo de siempre: el cine, la poesía, el jazz. Hoy acabaré La versión de Judas, el (ya avanzo) magnífico libro de cuentos de Manuel Moyano. Anoche acabamos Endeavour, una de las mejores series que hemos visto. Fueron nueve temporadas. Se devoraron. Hay que ser extremo con los placeres. No sale uno nunca de lo que le gusta. Se queda dentro. Se cierran los libros, se terminan las películas o las series, pero la trama continúa, se las ingenia para no abandonarnos. 

Historietas de Sócrates y Mochuelo / 7


Hay quienes, reacios al humor, lo consideran lesivo, atentatorio contra algo íntimo que no debe ser vulnerado, inductor de un estado de ánimo al que no encuentran alojo en su espíritu. La risa es una adquisición compleja, aunque brote con pasmosa naturalidad para el que la comprende. Reírse es un mecanismo emocional que no se puede forzar, hacer que surja a voluntad. Revelar que algo nos ha hecho gracia manifiesta cierta armonía, una especie de exhibición pública que no se aprecia en el modo en que nos expresamos o nos conducimos por cualquier circunstancia que surja y precise la intendencia de nuestro carácter. La risa es siempre honesta. En ella es el cuerpo entero el que comparece. Se ríe el alma. Al reír practicamos una higiene íntima que es probadamente contagiosa. Quienes ríen juntos, se entienden mejor. También llorar nos une. Esas dos manifestaciones de nuestra intimidad dicen de nosotros lo que ninguna otra cosa podría. Reímos o lloramos sin motivos. Las razones no son convocadas para que irrumpan el humor o la tragedia. Hay tímidos que no desean ser involucrados en gracias y en chistes. Temen que la entera construcción de su personalidad se venga abajo si algo les conmueve y acaban desternillándose. La ternilla es un cartílago que podría romperse si el zarandeo corporal que provoca la risa es excesivo. El lenguaje es una fuente inagotable de belleza, de hondura metafísica también. En esto del humor yo siempre recuerdo una anécdota (parece que real) que sucedió en el lecho de muerte de Buster Keaton, arropado por sus íntimos. Uno de ellos duda si había fallecido o no. No contando con la pericia forense que resolviera esa incertidumbre, alguien le tocó los pies. "Los muertos los tienen siempre fríos", debió decir para justificar su osadía. Buster Keaton, todavía entre los vivos, en un hilo de voz, respondió: "Juana de Arco, no". Hay que convenir que el humor procede de lo más acendradamente humano. También de la irreverencia, de la provocación. Con vehemencia, con descaro, quien pretende hacer reír a otro (Sócrates solicitando contar un chiste, Mochuelo conminándolo a que no se esfuerce) busca, más que otra cosa, reírse él mismo. No le interesa que el que escucha se tronche de risa (otro hallazgo lingüístico maravilloso) o, al menos, esboce una sonrisa aquiescente, cómplice: le basta airearlo, reconocerse en él, darle la dignidad más alta, el cometido más noble. No es que reírnos haga que aflore algo que pretendemos contener, no exponer al escrutinio ajeno, por si nos daña o da de nosotros la imagen que no deseamos: es precisamente la censura del humor lo que nos expone más limpiamente. Hay gente sin gracia, desahuciada del humor, gris, mustia, muerta en vida, si se me permita. Hay que creer que reír hace que vivamos más. Porque es cosa de fe la risa. Como el amor, como la creencia en que haya algo después de morirnos. Debería Sócrates prescindir del protocolo de preguntar y arrojarse sin pudor a la representación teatral que supone contar un chiste. No permitir que se sancione su deseo de compartir su alegría con los demás. Estaría bien. 

8.1.25

Dietario 5 / Vicios

 


Uno se vicia con poco, no precisa instrucciones, ni tal vez destreza más tarde, cuando ejerce ese oficio y lo hace parte suya, como una extensión natural del cuerpo. Se debe tener un vicio, uno al menos; algo con lo que avituallarse cuando arrecia la penuria o el desencanto o acude la euforia y el vicio la colma. Hay veces en que debemos tejer un red fiable en donde explayarnos. Quienes airean sus vicios también estaría bien que contaran con alguno privado, no confesable. No porque perturbe a quien lo observa o induzca a pensar lo desatinado de su elección, sino por una sencilla opción íntima. Queda a beneficio personal todo lo que un vicio reporta. Tienen mala fama, se les imputan males que no siempre son justos. Tienen poco o ningún predicamento entre los que se esmeran en proceder con rectitud, sin desfallecer o haciéndolo con dolor, como si salirse del plan, el de la formalidad, acarrease un dolor mayor del que no es fácil zafarse. Se prestan a contradicción los vicios: en ocasiones consideramos que nos hieren o que nos prIvan de llevar una existencia armoniosa y ordenada, para qué servirá eso. 


Yo adoro el desorden. Ese es uno de mis vicios. Los otros no interfieren en él: lo apremian a que no decaiga, lo jalean. Cuando he pedido orden, no pocas veces, sucede con cansada frecuencia, ha llegado indoloramente, sin que su irrupción, anhelada, fije un patrón y uno se acoja a él y lo fomente. He sido más feliz en el vértigo, en la certidumbre de que uno es lo que es por esas pequeñas elecciones, las decididas y aceptadas, no las que acuden de afuera. Incluso en el orden, en su travesía, se busca esa anomalía. Como si buscásemos una imperfección cuando sabemos que estamos haciendo lo que se espera de nosotros. Hay quien amonesta esta opción, si la percibe: la sanciona por bien nuestro, les mueve el afecto o la amistad o el amor que nos dispensan.  Hay belleza en esa ocupación insólita, no frecuente. Ama uno sus vicios. 


Hoy miércoles (vuelta al trabajo, bendito él) tengo algunos al alcance. El de escribir es el más gratificante. Ahora no se me ocurre otro más placentero, pero es cosa de pensar. Cuanto más escribo, más me afianzo en la idea de que la escritura es una extensión insobornable de mi cuerpo. Un vicio solitario. La vida no está siempre en la literatura. Uno tiene vicios ocultos. No se percata de ellos, pero los acoge cuando inesperadamente concurren. Ver clásicos en blanco y negro que hace una vida que no ves y comprobar que te siguen entusiasmando me hace pensar en que cambiamos poco o no cambiamos nada. Sin embargo, dudo que la revisión de “Treinta y nueve escalones”, la obra maestra del periodo inglés de Hitchcock, que cayó hace un par de noches, la viera el mismo Emilio Calvo de Mora que la disfrutó en un cine de arte y ensayo, que se llamaban entonces con pomposidad y elitismo. Fue otro el que la ha vuelto a ver en 2025. No tiene la de ahora nada que ver con aquel, siendo tal vez la misma película. Comparten cosas que se van fragmentando, deteriorando e incluso acabando por desaparecer. Nadie baja dos veces a las aguas del mismo río. Nadie ve la misma película dos veces. Ni nosotros seremos el mismo que fuimos antes. Del yo que fui en 1980 al de hoy solo se mantiene el amor a algunas personas,  a otras que llegaron después , la querencia por ciertos vicios (ocultos unos, bien claros otros) y la comprensión, certera a veces, de que uno debe estar a gusto consigo mismo para seguir trasegando día a día, buscando qué armonía amar, qué secreto preservar, qué dulce acomodo en el mundo anhelar. Y admito que disfruté como a quien, privado de sus golosinas, le dejan en una habitación a solas con un saco de ellas. Todas deliciosas. Los vicios son perros que nos atan en corto y nos sacan a pasear. Algunos tienen gesto terco, de jauría. Tienen nuestro  tamaño, nos conocen como padres. 

7.1.25

Historietas de Sócrates y Mochuelo / 6


Comprar agota, saber que lo comprado requiere una atención posterior. También la sensación de que no se les da a esos objetos el afecto con el que nos decidimos a poseerlos. Cuanto más cosas se tienen, mayor es la certeza de que no nos hacían falta. Acumular y correr: ese es el signo de este tiempo. Un estado fluido de pertenencias que no arraigan. Un creer que tener es mejor que saber. Y no sabemos y seguimos corriendo. Nadie lo diría. 

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...