Lo mejor es ser un poeta menor, uno que no trascienda, al que lean los amigos en los bares, del que hablen siempre en términos de afecto, sin que tenga que entrar en los circuitos de la poesía y dar recitales por los institutos, en las ferias del libro o que lo inviten a jornadas para que hable de su trasegar poético. Es mejor huir de las jornadas. No sé a quiénes satisfacen. Un poeta menor no precisa de esas obligaciones institucionales. Ni siquiera cuenta que publique mucho. Le valen un par de libros, ninguno incluso. Podría mandar poemas por carta a los íntimos. Valdría un tweet con versos, un blog humilde. Lo que realmente atrae del poeta menor es la intimidad de lo que cuenta, la sensación de que nos esté confiando algo de una privacidad exquisita. Yo nunca he sido un poeta menor. Tampoco mayor, entiéndase. He sido un poeta de barra de bar, de los que manuscriben versos en las servilletas, de los que de pronto se congracian de haber dado con alguno que suena bien y dice algo relevante. No da para más, no hay más, no podemos ahondar más. Si uno es un buen poeta menor y practica a diario, en las barras de los bares o en la quietud reservada de la casa, se tiene la seguridad de que va a amar la poesía de un modo alto y puro y de que la poesía le concederá sus primores también. Conocemos poetas a los que ya no les interesa la poesía. Solo publican libros, dan conferencias, se baten en duelo verbal con quienes malogran su pole position en los juegos florales del ayuntamiento. No son poetas esos de los que hablo. Son otra cosa, pero no poetas. Puestos a ser estrictos con el término, el verdadero poeta es el que está solo con su poema. Hablo de una soledad absoluta. Como si no hubiese otra cosa en el mundo. Rara vez, por no decir ninguna, se accede a ese lugar. La soledad absoluta, ah la soledad absoluta. Y entonces, si el poema merece la pena, asunto que no sucede casi nunca, el mundo cobra un sentido que nunca tuvo antes. Hay quien dice que en esos momentos epifánicos ve a Dios o Dios, fascinado por el texto, ve al poeta. Ya digo que son cosas que no sabe uno ni explicar como requieren.
5.1.25
4.1.25
Historietas de Sócrates y Mochuelo / 3
Querer ser otro con antojadizo criterio y, al tiempo, no rendirse del todo en la ardua tarea de ser cabalmente uno mismo. Quizá el mal que no cesa es esa voluntad de admirar lo ajeno y de hacer menoscabo de lo propio. Tendremos virtudes que únicamente aprecian los demás, quién sabe; logros firmes que no consideramos nunca, que no despiertan el elogio privado. Quién fuera Mochuelo, se lamenta Sócrates, al verlo, a decir sólo suyo, despreocupado, libre. Pero el objeto de su anhelo no se da por aludido y expide con tristeza la humana solicitud de no albergar quebranto que lo rebaje y ser de verdad libre.
Dietario 3 / Pájaros
Se tiene, en general, una mala percepción de los pájaros. Tal vez su volandería los empareja con la fantasía y suele decirse que se tiene la cabeza llena de ellos cuando alguien incurre en desatinos, se explaya en razonamientos de poco sustento con lo real o, más sencillamente, manifiesta el proceder clásico de los locos, que vienen a ser todos los que acabaron escapándose de la realidad y ocupando una enteramente suya, quién no habrá emprendido esa fuga alguna vez. Donde los locos pueden concurrir también los atolondrados, los imprudentes, los aturdidos, los que, ya por acabar, exhiben maneras imprevisibles. Lo que funciona en este mundo es la previsibilidad. Importa saber qué va a hacer el otro, por dónde va a tirar. Todo lo demás es desconcierto, son pájaros. Pero todos los pájaros están en la cabeza. Igual que las casas o que las ideas o que los paisajes. Es ahí en donde se construye la trama, es en la cabeza en donde una voz nos conduce por uno o por otro camino. Que uno sea equivocado y otro no es aleatorio. En ocasiones tienen nombradía los pájaros. Gente que tienen muchos en su cabeza resultan encantadores o suscitan el unánime elogio ajeno.
El arte es una extensión de esa proliferación excéntrica en la cabeza. Quienes la tienen bien asentada, libre de perturbaciones y de pájaros, por completo exenta de las peregrinas ocurrencias de la imaginación, ojalá sean pocos y no difundan con éxito su estado, no se envalentonan jamás, no se adentran en lo oscuro, no se cuentan el mundo a su manera, no escriben poemas, no esculpen el barro, no dibujan ni pintan, no se suben a un escenario, no componen boleros o valses o piezas de bebop, no hacen películas, no cogen una cámara y observan la realidad, por si la realidad se muestra diferente, por si deja de ser previsible y hace lo que no se espera, por si los pájaros (en bandada, locamente) la atraviesan y la llenan de su batir furioso de alas. Hay un momento en la vida en que uno se plantea dejar que vuelen por donde deseen, hacer de su corazón su infinita jaula. Es ahí cuando nos convertimos en creadores. Todos lo somos de una manera u otra. No hay nadie que no tenga una sinfonía de pájaros en la cabeza. Sólo se trata de abrirla y permitir que salgan.
3.1.25
Historietas de Sócrates y Mochuelo / 2
Uno aplaza lo que importa, lo va demorando, hace que no cobre la importancia que lo hizo aflorar, ocupar el lugar del que antes carecía. No porque no sepa acometerlo, no por algo ajeno que nos cohíba. Ni siquiera porque la voluntad no alcance a darle un desempeño. Se aplaza, se deja para después, se posterga (me encanta esa fonética, ese ruido como de puerta cerrándose), hablo de un después incluso sine die, por el placer de ir pensándolo, de darle un cuerpo dentro de la cabeza o encomendado a un apunte en una hoja o en las tripas del móvil. Como la madre que planea un futuro para el hijo que lleva y fantasea con los ojos que va a tener o qué palabras dirá cuando use las primeras. Se retrasa la felicidad tal vez. Diferida, se insinúa mejor, más convence y engolosina.
Escuché que lo que no hacemos en el momento dura más, su propiedad es mayor. Se disfruta más con los preliminares, oye uno decir. No suelo pensar en el futuro. Me siento incapaz de hacer planes a plazo muy largo. Los que hago, los pocos que me veo obligado a hacer, se malogran con frecuencia. Va uno aplazando las cosas. A veces creo que lo aplazado es más mío, me pertenece más enteramente, por el hecho de poder administrarlo. Saber que habrá cosas que no se harán, pero fijarlas en un registro, arraigarles el ánimo de que alguna vez comparezca la voluntad de acometerlas, arrogarles el cuerpo tangible que antojadizamente les birlamos. Procrastinar es un verbo cargado de futuro. Filosofar es aplazar la resolución de una incógnita y prendarse de los procedimientos que acercan su entendimiento. Y no hay tal.
Dietario 2 / Intemperie
Hay palabras que acuden sin razón y prosperan con extraño afán. Anoche pensé en si alguien podría pastorearme, cuidar de que no me desmande ni malee. Como un ángel de la guarda o una madre. La idea me causó la zozobra justa. Más que nada, me costó imaginar la postura en la que hocicaría la testuz para pastar a capricho. También la circunstancia meramente bucólica. Lo de menos, en esa turbación de mi cordura, sería el pastor al que se arrojase a vigilar mi trasiego por los campos. Tal vez haríamos migas el pastor y yo. Alguna vez se percataría de mi carácter levantisco. Te vas a descarriar, me advertiría. Por ver mundo. Por probar pasto nuevo. Por verme fuera del redil. Eso contestaría yo en alguna especie de mugido que él entendería. Se muge sin conciencia fonética. Se piensan cosas sin que el rubor nos ocupe. Las reservamos, no conviene siempre airearlas, dar un motivo para que alguien guarde las suyas. Pero en ocasiones sucede lo extraordinario. Al sincerarnos y confiar a alguien alguna intimidad nuestra, se desboca quien la escucha, se vacía y exhibe sus rotos y sus zurcidos. Ese salir del aprisco y exponernos a la intemperie es la utopía del que anhela trasegar sin que se le observe.
2.1.25
Historias de Sócrates y Mochuelo / 1
Ilustración; Ramón Besonías
Dietario 1/ Dolerse
“ El dolor es siempre pregunta y el placer, respuesta”
Paul Valery
También dolerse informa. Nada que objetar a su metal frío. De ese romperse uno proviene el izado de la luz, la condena de la sombra. Son todos esos verbos pronominales los que de verdad importan. A la vida la manejan mil dolores pequeños. Nada me incumbe del último.
30.12.24
Nueva vida de las palabras
Lo más fácil es juntar cuatro o cinco palabras en una frase y esperar unas horas a ver qué pasa. Algunas tienen la cohesión de la lluvia en el aire; otras, cómplices en extremo, se ensamblan como si esperaran que alguien las elija y concilie. Hay palabras feroces que se bajan de renglón y acaban a pie de página en una soledad que conmueve muchísimo. Otras se arriman, blandas y cómplices, como algodón de feria, a donde buenamente pillan y parecen alemanas por su desmesura y exceso bizarro. Un día cogí cinco verbos copulativos. Los metí en una caja de zapatos sin zapatos, una antigua a la que tenía verdadero aprecio porque guardó fotos hasta que dejamos de verlas en papel, y los zarandeé un rato. No fue un acto pensado y medido, sino fiado al azar. Durante tres o cuatro días oí unos ruidos suaves, algunos musicales; otros, entrecortados y como minimalistas, tímidos y reacios a manifestarse con la firmeza que ingenuamente se les asigna. Ruidos de una contención sobrecogedora, en todo caso. Hubo hasta un jadeo o lo que yo imaginaba que era un jadeo que alteró vivamente a mi madre. Ese día me habló de cuando era joven y mi padre la cortejaba. Los días felices de la espuma, contaba. Los días fértiles.
En la felicidad, la vida semeja la espuma, su vocación de bandera, su lírica pujanza sin cabeza ni propósito fiable. Cuando abrí la caja encontré once verbos. Exactamente esos. Uno, recién alumbrado, olía todavía a letra inocente, sin pulir. Otro estaba con un bruñido levídimo, de escaso apresto semántico. Si la empresa tiene un alcance mayor y metemos cincuenta adjetivos superlativos en un cajón de la mesita de noche, suele pasar que el sueño sobrevenido se nos presenta espeso, levantisco, reventón de persecuciones por callejones oscuros como de West End en una película de cine negro. Un amigo me contó que su empeño en esta vida es mezclar palabras de varios idiomas en una media de señora, pero no le prestan ninguna y a él igual reparo le da comprarla que pedírselas a su madre o a su hermana, ya talludita y sin novio con el que fatigar parques y sudar encajes. Yo le he ofrecido la media de mi abuela, pero sabiendo a qué me puedo exponer y qué explicaciones tendría que dar he preferido no insistirle y esperar que mi ofrecimiento no prospere. Por puro amor al peligro, probé dejar caer ocho palabras polisílabas sobre un espejo. Los espejos (la cita no es mía) son abominables porque vienen a duplicar la realidad. La palabra fantasmagótico cayó boca abajo y se la vio sangrar por una sílaba muy débil que tenía. Sería porque es palabra novicia, exenta del bagaje de otras, sin el poso viejo, ni su prestigio ni su cicatriz.
La vida secreta de las palabras contiene una literatura ajena a la literatura misma, la canónica y fiable, si es que alguna lo es; incluso rivaliza con la historia de la misma vida. Tiene sus autores secretos, sus clásicos invisibles. Cada uno forja íntimamente la suya. Hay palabras que se manifiestan sin que más convoquemos. Hoy tuve una y me duró hasta que otra la reemplazó. La vi (puesto que pueden adquirir cuerpo) y me abdujo. Luego se desplomó. Como un fardo. Como una pluma. Las dos cosas sin que una primara sobre la otra. La palabra aromaterapia cayó boca arriba y, de súbito, fue cubierta por una preposición muy lúbrica que la sobó con delectación de sátiro en la sílaba con diptongo de modo que la palabra infló su vientre, babeó con lubrica danza y dio allí mismo unas vocales extra lindísimas que fueron escurriéndose por el doble corazón del espejo que nos miraba hasta desplomarse con tristeza sobre el suelo, que estaba ocupado en ese momento por nueve o diez frases adversativas en búlgaro antiguo que nadie entendió. Lo más hermoso del mundo es partir una palabra en pedacitos y observar el comportamiento de esa ruina semántica o fonética, quién sabe. Cosa de que prueben, tardarán poco en coincidir conmigo.
Hay letras que jamás vuelven a dejarse querer por el tacto untoso de otra letra. Es una especie de ayuntamiento de procacidad ligerísima, de una belleza arrebatadora. Al quinto o sexto día del declive, la letra así arrumbada se empequeñece al tiempo que se retuerce: ya podemos considerar que la letra está enfilando su muerte, su fúnebre última contribución al lenguaje.
Ver morir a una letra es una experiencia tristísima comparable únicamente a la mutilación de un sintagma o la supresión de una tilde en una palabra aguda terminada en ene. Yo ya me he resignado a soportar estas experiencias y no hago esfuerzo alguno por reprimir el dolor o a contener el llanto. Un llanto cercenado por la razón propicia otro llanto oculto que no puede ser cerrado de ninguna forma. Anoche lloré por un verbo llano que murió de frío .Ahora mismo estoy tengo el corazón partido por la fuga de unos adjetivos que tenía yo en mucha consideración. Ni mi madre, tan pendiente de mis cosas, ha sabido consolarme. Las madres nos confortan, pero jamás llegan a conocernos del todo. Ni nosotros a ellas. Daré con las palabras que resuelvan esta incomodidad familiar. Sabré dar con las palabras que convengan.
29.12.24
Un biombo
El término standard, aplicado al jazz, manifiesta la excelencia melódica. Luego se trata únicamente de que los ejecutantes de esos prodigios se sientan a gusto en el escenario o en el estudio y toquen con absoluto desparpajo, sensibilidad infinita y un extraordinario sentido de la anticipación o de la sincronía o de la improvisación matizada, como decía Joe Pass en una entrevista que leí hace poco en una revista del ramo. Standard es Summertime o Body and soul o Nature boy, por nombrar algunas de las piezas de jazz que más me gustaron siempre. En este excepcional disco hay tres hombres asombrosamente ensamblados, genios en lo suyo que dispusieron renunciar a cualquier muestra de lucimiento personal para que lo que relumbre sea el conjunto. Y cómo lo hace. Kenny Drew, al piano, Niels-Henning Orsted Pedersen al bajo y Ed Thigpen con los platillos tocando algunas de las canciones más memorable del impecable recetario de pastillistas musicales del patrimonio jazzístico. But Not For Me, My Romance, Stella By Starlight, Autumn Leaves, Nature Boy, Like Someone In Love, You Don’t Know What Love Is, Begin The Beguine y Here’s That Rainy Day tocadas en Tokyo, en vivo, en dos pletóricas noches de 1.983. Made in Japan, my friends, pero no hay humo en el agua...Y estoy disfrutando estos días como hace mucho que no disfruto con ningún disco. Prueben. El que busca en el jazz complicidades, querencias, ese exquisito matrimonio entre la belleza y el conocimiento de la esencia del arte tiene en este puñado de standards un refugio. El jazz, decía Cortázar en El perseguidor, es un biombo tras el que puede uno esconderse. Creo que era algo así. En lo que a mí respecta, he echado una tarde sublime con mi biombo.
28.12.24
Prontuario de inocentes (César Rodríguez de Sepúlveda y Emilio Calvo de Mora)

El entusiasmo infantil muere al morir la inocencia. El niño permanece mientras ignora las reglas del juego.
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El inocente ignora la tragedia. Ni cuando sobreviene, lo cerca y fatalmente lo desgracia, recela de su condición. Funciona esa inocencia al modo en que lo hace la fe en quienes ven en la muerte un tránsito, no un cese. Todo en el inocente es optimismo, todo es contemplación ciega.
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Si tenemos suerte y un buen abogado, en el Juicio Final puede haber sorpresa: las pruebas de la culpabilidad de Dios son abrumadoras.
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La perfecta inocencia del caníbal.
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Nadie enferma de inocencia.
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La inocencia es la caligrafía de la pureza.
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El Dios de Israel, para entretenerse un rato, puso a prueba a Abraham: «Anda, mátame a tu hijo, que me aburro». Abraham obedeció; a regañadientes, pero obedeció. Solo en el último momento Dios desveló la broma: «¡Inocente, inocente!».
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Un inocente reconoce a otro. No se agasajan con la candidez prevista ni se ignoran, no se aplauden cuando contemplan las proezas de su párvulo ánimo. Son gente rara, en el fondo. Conviene no exponerse en demasía a su influjo.
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Los que han alcanzado ese grado de candor puro que anticipa la inocencia ignoran para siempre la malicia, confían en el prójimo, desoyen las admoniciones de todos los augures y no llegan jamás a celebrar la primera comunión.
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Mayor hipocresía no cabe que la que reservamos para el cordero. Que quite el pecado del mundo y que tenga piedad de nosotros, le pedimos, y a continuación nos lo comemos, bien sazonado, y sin piedad alguna.
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El armiño prefiere morir antes que manchar de fango su piel blanquísima. ¿Símbolo de la inocencia o fashion victim?
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La inocencia dice de alguien lo que ni él sabe.
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Todo inocente es un sátiro anticipado. No hay lobo que no haya sido cordero.
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Se es inocente hasta que trae a cuenta decir que en verdad lo somos. La inocencia es siempre humilde, timorata y ágrafa.
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Será verdad que poco antes de morir recuperamos la inocencia que se tenía al nacer. Los ancianos son ingenuos, frágiles, limpios de corazón, niños también. El hecho de que muchos pierdan la memoria, ¿no será una evidencia más de que han regresado al lugar desde donde partieron?
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Llegada cierta edad, para conservar la inocencia es absolutamente necesario ser imbécil.
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Para ser inocente, como demuestra la historia de Edipo, lo mejor es no hacerse demasiadas preguntas.
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En tiempos bíblicos gustaban mucho las matanzas de niños. En nuestros tiempos no faltan insignes aficionados a este antiguo deporte, como Benjamin Netanyahu.
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La inocencia no se finge. Tampoco tiene instrucciones ni una pedagogía. Es la cabal respiración de la sangre antes de que la malee el cansancio del corazón. La inocencia es la sangre primeriza, el rubor de ese fluir loco por la aurora del tiempo.
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La inocencia del terraplanista es anagrama: NO CIENCIA.
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En los sueños nadie es inocente. Es curioso cómo en su transcurso somos avaramente lo que en la vigilia no nos atrevemos a ser. Nadie nos cuenta un sueño en el que peque de tonto o de iluso o ingenuo. Ni siquiera somos castos en los sueños.
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«Candidato» viene de «cándido». No es que quien presenta su candidatura a un cargo político sea inmaculado, pero aún podrían hallarse en él rastros de blancura, o hasta cierta candidez. Después, en el ejercicio de su cargo, ni el más remoto recuerdo.
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El inconfesable placer de mancillar la inocencia de la nieve.
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La grandeza del inocente es metafórica.
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Uno entiende a los veganos, claro está: ¿por qué asesinar a inocentes animalitos? Aunque, por otro lado, ¿qué nos da derecho a suponer que una lechuga es menos inocente que un cordero?
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Los lienzos de Henri Rousseau, el Aduanero, son ventanas al paraíso terrenal, a la inocencia edénica anterior a la caída: cuando todo era asombro y nada podía darse por supuesto.
Ante una selva pintada por Rousseau nos sentimos un poco como Adán cuando Jehová le hizo la primera visita guiada al Paraíso.
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Platón expulsó de su república a los poetas, pero hubiese querido dar puerta a los inocentes.
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Pese a todos los indicios, era inocente: el culpable fue su ángel de la guarda.
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El inocente ríe cuando el filósofo llora.
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Un pasable sucedáneo de la inocencia puede lograrse, nos recuerda Tartufo, con esmero, paciencia e hipocresía.
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El tigre es tan inocente como el cordero: en lo que difieren es en sus hábitos alimenticios.
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También la inocencia codicia malearse.
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Del Cándido de Voltaire, o de Forrest Gump, admiramos su capacidad para, pese a haber sufrido experiencias durísimas, seguir siendo igual de tontos.
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La literatura nunca es inocente, cierto, pero en algunos casos es francamente delictiva.
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Cayó la ciudad de Béziers en manos de los cruzados. La orden era exterminar a todos los considerados sospechosos de profesar la herejía albigense, mayoritaria en la ciudad. Ante las dificultades que implicaría tener que distinguir entre culpables e inocentes, el legado pontificio optó por la vía rápida: «Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos». La frase tal vez sea apócrifa: la matanza fue muy real. El papa que había convocado aquella cruzada se llamaba Inocencio.
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La memoria incurre a veces en sentimentalismos: le da por convertirnos en niños de nuevo y hacer que el limpio amor ignore la cruel verdad.
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Era tan inocente que se creyó a sí mismo.
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