4.6.08

Dueños de la calle: El triunfo de la lógica

Photobucket


La novela negra americana, ahora que la europea puja con el éxito de Donna Leon, Henning Mankel o Andrea Camilleri, le tiene un afecto indisimulado al cine de modo que el sano matrimonio ha levantado a lo largo del siglo XX formidables obras en ambas artes, la cinematográfica y la libresca. Ellroy, como Jim Thompson o James M. Cain o Raymond Chandler o Dashiell Hammett, que son los que al fin y al cabo conozco, han visto cómo sus argumentos literarios eran traducidos a fotogramas, democratizados, aventados al gran público por la magia de la industria del entretenimiento, y convertidos en parte del acervo cultural de un país tan escaso en materias nobles en ese peculiar bagaje que tiene que echar mano de lo que encuentra al paso. A ese paso, los Estados Unidos inventaron el rock and roll, el jazz, el blues, el cine negro perfecto y la alta comedia, entre otros hallazgos inconmovibles de la cultura del siglo XX.
El cine de policías es otro filón exportable, pero nadie como ellos lo filma. Esta rama del noir sacrifica la épica romántica del delincuente a lo Cody Jarrett (James Cagney) por la eficacia pragmática de Serpico (Al Pacino) y se abastece de un muy reducido inventario de clichés (corrupción, redención, abatimiento, desolación existencial, nihilismo casi) pero que funcionan a la perfección y abastecen de pautas narrativas al género.
Dueños de la calle está basado en una historia de James Ellroy expresamente escrita para la gran pantalla y se advierte en la película de David Ayer que el guión es escrupulosamente fiel a los criterios de agilidad expositiva y contundencia visual que han caracterizado las obras maestras del género. Aquí no hay ninguna obra maestra, pero es (con mucho) el acercamiento más noble y digno a los clásicos en muchos años y exhibe con orgullo una forma moderna de hacer cine que no desentona (en absoluto) con la estética de los cuarenta (pongo por caso). De hecho Dueños de la calle se muestra como un film actual, de caracteres contemporáneos, pero se deja ver un aire retro, una especie de fondo antiguo sobre una capa de pintura nueva. La hiperbólica imaginería de la violencia (aquí tratada con oficio sin caer en excesos impertinentes) no escamotea un tratamiento dramático convincente, más hondo y veraz que otros productos aliñados con idénticas texturas y que acaban entreteniendo (no les quepa duda que el cine negro es un diamante siempre explotable para las productoras) pero que no alimentan cinefilia alguna y terminan engrosando, inermes, los anaqueles de los videoclubs o la programación nocturna (de relleno puro) de las cadenas privadas a altas horas de la noche, pero echo el freno, que me deslizo siempre a donde no debo.
Ayer maneja con rigor academicista el dibujo de los personajes: nunca Keanu Reeves estuvo mejor y por fin podemos arrebatarle del imaginario colectivo la etiqueta del metafísico ángel de salvación que protagonizaba en Matrix. Esta Streest kings,en el original inglés, debía llamarse Night watchman pero Ayer cedió ante la insistencia de la productora de que el título era inconveniente por la inminencia en cartelera de Watchmen, el relato épico/heroico basado en el cómic de Alan Moore. La vigilancia nocturna tiene en realidad algo de vigilancia fascista: el recorrido metódico de los barrios peligrosos a la caza del mal hace que el vigilante, el que tutela el proceder recto y la observancia de las reglas, cometa a su beneficio los pecados que él mismo castiga: nada nuevo. Como si el mal propio tuviese la tozuda osadía de censurar el mal ajeno en una absurda competición por ver quién desacata con más estruendo la ley y quién se escora más de la buena senda y de la dignidad. Sobre este díptico (el mal, el bien) se edifica toda la maquinaria narrativa del cine negro: sobre esta dicotomía moral Ayer construye un refinado ejercicio de clasicismo argumental, finamente alicatado de subtramas
reincidentes en la principal, que es la redención.
Tom Ludlow, el desquiciado policía que ocupa casi todas las escenas del film, se ha descarriado, aunque acaba viendo la luz. Todo el film es el relato de esa revelación. Spade o Marlowe, es decir, Hammett o Chandler, no luchaban contra el sistema sino que se permitían cierta licencia nihilista y untaba de ironía y de sarcasmo cada diálogo y cada gesto. Todo el distancimiento del héroe de antaño es ambigüedad moral o inercia sentimental en el héroe de ahora, escasamente idealista, sin esa necesidad de exhibir (ruidosamente incluso) las adherencias románticas que lo impregnaban entonces.
La contundencia visual es Ayer es impecable: ninguna economía de medios, ninguna vanguardia creativa, ningún propósito de modernidad expositiva. Dueños de la calle cumple a rajatabla el mandato constitucional de presentación, nudo y desenlace. Esto es, guión, guión, guión.
A pesar de esta retahíla sincera de elogios, la cinta se construye sobre pilares cinematográficos tan eficientes (y tan probados) que es muy difícil que chirríe, que se escore en exceso y aburra. Agradece uno (sobre todo) la altìsima profesionalidad de la producción, el aroma costumbrista, esa maniobra de márketing inteligente que consiste en vendernos, bajo telas nuevas, el mismo viejo cuerpo que amamos antes. Ya es bastante.


3.6.08

El inagotable ingenio de la mente ociosa


Igual que Borges escribió una Historia universal de la infamia y Ian Gibson lleva lustros configurando un mapa sentimental de la Guerra Civil, alguien debería echar mano de la iconografía popular, atiborrarse del conveniente sentido del humor, grueso y campechano, por supuesto, y entregar al entretenimiento literario una historia universal del retrete. Especulo, no hablo con conocimiento del asunto, estoy al margen de todas las novedades editoriales, porque igual ya está editado el atrevimiento y el curioso y el profesional pueden acceder a los vericuetos de la moda y de la etiología humana a través de ese noble apéndice de nuestras más íntimas necesidades.
Lo que no creo que haya sido facturado, expuesto al criterio feroz de los comercios, es un estudio en profundidad sobre el comportamiento del ser humano una vez que entra en el excusado y se sienta en el refectorio de sus evacuaciones. Esa parte de la intimidad ofrece más información de la personalidad del ejecutante que muchas de las cosas que hace o deja de hacer en su tráfago diario de camino a la oficina, en el bar con los amigos o en la mesa familiar. Y como los tiempos avanzan a pasos agigantados, la industria del entretenimiento ha inventado gadgets fastuosos que se escapan del ámbito meramente informático y entran triunfantes en el cuarto de baño. He aquí uno: un Ipod íntimo donde los haya, convertido no únicamente en nuestro inseparable compañero de paseos, huésped de la mesita de noche y parte imprescindible de una maleta de viaje, sino también cómplice de nuestra más parte más privada, aquélla exenta de prisa (salvo que algún cólico nos dicte lo contrario), ésa (en definitiva) reservada en el más amplio sentido del término. Tampoco acierto a imaginar, a pesar de mi desbocada inclinación a fabular y a disfrutar con mis delirios, qué música alojar en su lujurioso disco duro. Si colocar el Requiem de Mozart para hacer trágico algún desvarío intestinal severo o una pasadita de dixieland (la Pasadena Roof Orchestra vale) para amenizar entradas cortas que no precisan alargue metafísico ni consistencia sinfónica. Cada hijo de vecino obrará, nunca mejor dicho, conforme a sus pasiones y no pongo en duda que su felicidad será más completa.
Completa el set un curioso rollo de papel higiénico con el logotipo de Apple o, si el usuario es quisquilloso con la marca del señor Gates, el anagrama de Microsoft. Colores a elegir. Todo sea por la salubridad pública.

2.6.08

La muesca infinita

"Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el portafolios y antes de empezar la tarea diaria, escribo una línea en una larga carta donde, desde hace seis años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio".

Luís Mateo Díez, La Carta

Añadido personal de lunes: "Pues así se conciben a veces los blogs."

Un funeral de muerte: El discreto encanto de la flema británica





El discreto encanto de la flema británica precisa latigazos de mala leche para que rehaga un vuelo que nunca, a ojos hispanos, fue excesivo ni luminoso, pero que les encanta a ellos como aquí despachamos comedias urbanas y sosas historietas de amor castizo que a juicio extranjero demuestran que el cine español, a pesar de Almodóvar, Amenábar y compañía, continúa bajo mínimos, pero ésa es otra historia. La historia de Frank Oz aguanta el tipo como puede, convenientemente sostenida por una retahila de slapsticks en la onda Monty Python, pero sin Monty Python.
La predecible configuración de viñetas divertidas no cansa, cuela (digamos), y da un sano rato de evasión. Oz no es Robert Altman ni Woody Allen y la composición coral del relato esboza más que plantea, adorna más que asienta: el enredo teatral es eficaz, se deja conducir con naturalidad y no chirría, pero se echa en falta un punto de encabronamiento, un exabrupto a tiempo, una taza de cianuro a los postres que Oz (curtido en la todavía más sosa comedia yankee) desaprovecha por desconocimiento o por timidez narrativa. Por eso uno piensa en Blake Edwards, en la posibilidad de que una historia como ésta (plana, pero enormemente directa) hubiese sido abordada por un director más osado. Edwards es un artesano del humor; Oz es un negociante de tickets que necesita un hervor todavía para alcanzar cierto grado de maestría en lo que (honestamente) hace.
La salida del enano gay del ataúd como un alien de la BBC, el novio vitaminado de alucinógenos que se pasea desnudo por los tejados o el abuelete en sillas de ruedas, cascarrabias y tirano, haciendo sus deposiciones (hits de la trama, en términos musicales) dan idea de la frescura de una comedia muy fácil de ver y, me temo, igualmente fácil de olvidar.

1.6.08

Tarde de feria


El tiempo no deslució la Feria ayer en Córdoba, pero permitió esta imagen inquietante de noria cubierta por un infierno gris de nubes que principiaban un diluvio que luego no fue. La calidad del móvil, siempre a mano, no dio para más, pero sirve.

"Talibanismo de sacristía"


En política, en periodismo, conviene que haya predicadores del pesismismo, gente muy al tanto de los vaivenes del mercado y de la conveniencia de una crisis a tiempo, que conocen a fondo su oficio y parecen próceres de la comunidad, sujetos responsables, ciudadanos ejemplares, modelos de civismo y de gestión del patrimonio o de la información y que han convertido el despacho en un templo, miran de reojo al votante y viven más del desmérito ajeno que de la eficacia propia.
Federico Jiménez Losantos, tan a mano el hombre para hervirnos la sangre sin esfuerzo aparente, cuenta que el político es, por natural, pieza poco sincero, a quien no puedes confiar tus ahorros o tus confidencias porque luego te sale por peteneras mediáticas y dice que no te ha visto o que no recuerdo qué le dijiste o cómo. Desalentado, Losantos vuelve a la carga en su púlpito de la COPE, en su columnita de El Mundo, en sus rincones cibernéticos: este mundo nuestro de hoy tiene esas cosas, que uno puede proclamar alto y claro su desencanto con la certeza de que hay feligreses, cómplices en ideología, que van a darte las palmaditas en la espalda y van a pregonar tu cruzada como si fuesen mercenarios de tu causa.
Losantos, que confió y ahora ve la confianza traicionada, arrastra su oficio de tinieblas y convoca legiones de adeptos y de enemigos. Incendiario, consentido de obispos, el periodista se alza en España como vocero de la disidencia absoluta, rancio predicador de ese pesimismo social al que muchos lectores se afilian para confirmar sus peregrinas ideas de que todo va de pésimo hacia abajo y que, tal vez, haga falta alguna mano dura desde algún despacho para que la cordura y el recto proceder político devuelva al país al sitio donde (suponemos) estuvo y del que ahora falta. No sé yo qué sitio pueda ser ése por más que intento ir al día en lo que pasa ahora y estar al cabo de lo que pasó antes. Mi edad no me permite razonar las pandemias del pasado, pero tengo argumentos ya suficientes para entender las del presente y me da grima (epidérmica, mental) la inquina de este hombre hacia todo lo que no comulga con sus criterios.
Menos mal que nos queda el Gran Wyoming, que le da un contrapunto sentimental al periodista Losantos en su programa televisivo de La Sexta, cadena abominable (no lo dudo) a ojos del recién traicionado cronista. Decir que Gallardón no quiso investigar a fondo el 11-S puede ser una infamia que merece que el alcalde siente al periodista en el banquillo. A Losantos le importa poco esa exposición pública: todo es carnaza para su verbo inflado, todo conviene para su catequesis política. Además va a tener más argumentos: Pilar Manjón, presidenta de la Asociación del 11-M, va a quererllase por menospreciar, humillar y ningunear a las víctimas del terrorismo. Nada que el emperador de la destemplaza no pueda capear. La AVT, sin embargo, corona a Losantos como Luz de Esparanza, apoyar la memoria y la dignidad para con las víctimas del terrorismo.
Atribulado, dejado de la mano de los obispos, que es lo mismo que aceptar que Dios le ha dado la espalda, Losantos se enfrenta a un episodio singular en su escalafonato mediático: demostrar que lleva razón, arengar con brío y espléndidos argumentos a su envalentonada tropa de oyentes, lectores y simpatizantes varios para que su causa, su descalabro, sea una cosa de interés nacional y cope (ja) teletipos y parrillas de información en los telediarios.
El flanco duro del PP le ha abandonado en el camino. Ya no tiene apoyos o los tiene muy debilitados. Ni Esperanza, que lo defendió ante el Rey, le ha alfombrado la defensa y todo hace ver que la sentencia será desfavorable y tendrá que pagar costas y someterse a los dictados de la Ley. No problem, he said. Losantos eleva vuelo, aunque Dios le haya dejado en la estacada. He dicho Dios, o sea Rouco.
Hay mucho virtuoso del descrédito suelto en la arena periodística, mucho adalid de la disidencia, mucho tertuliano encabronado, mucho pájaro desjaulado que se cobra víctimas en cada aleteo. La política, a lo visto siempre, es un negociado muy sensible que se vale de influencias muy íntimas y de gestos muy privados. Todo muy doméstico y, sin embargo, muy relevante. Por la mañana se le oye vocinglar su cruzada. Los taxista lo vitorean entre carrera y cigarrito.

31.5.08

Buigle, el buscador como Dios manda


En las tripas del Google reposa el alma humana. Quién duda esto. A él confiamos nuestra concepción del mundo. En los sótanos cibernéticos de ese buscador se tutelan los expedientes íntimos de millones de usuarios. El Google, como oráculo moderno, ya está. Ahí está el inventario de sus vicios y de sus afanes. Nada de esto escapa a la Iglesia Católica así que han puesto en circulación su propio Google, al que llaman Buigle, y con el que pretenden emanciparse del Estado en materia económica y contribuir al sostenimiento independiente de sus nobles causas y de sus muchos gastos.
Todavía no sé si poner Buigle como página de inicio. Llevo muchos años con Google y me da no sé qué esa traición. Un buscador es como un libro de familia. Su archivo histórico guarda todos tus desvelos. En algún remoto rincón del motor de búsqueda Google deben andar mis últimos años en la Tierra. Si hiciéramos un listado de mis búsquedas sabríamos de qué pie cojeo y dónde coloco la cruz en la Declaración de la Renta. Lo mío y lo ajeno: todo bien registrado por si alguna vez hace falta olisquearlo todo.
Lo de Buigle, no obstante, me tiene desconcertado, aturdido desde que anoche encontré su existencia como por azar, que es la forma en la que el navegante amateur atiborra su ocio de suculencias y delicatessens semióticas.
Vamos: A la palabra pecado le encontramos miles de entradas. Igual sucede con redención, culpa, martirio, limosna o sacrificio. Términos de una neutralidad moral a prueba de inquisidores como barroco, telúrico, fútbol o Elvis aparecen limpiamente, sin que la autoridad censora del propio buscador ejerza su catón interno. Curiosamente la palabra sexo no existe y nos piden con toda amabilidad que intentemos sustituirla por otra. Y ahí es donde me ha llegado el desconcierto. Cualquier otra palabra que quiera decir todo lo que quiere decir sexo será siempre inferior, en significantes, al inefable vocablo primigenio, pero he aquí que los jerifaltes informáticos del hallazgo eclesiástico omiten el sexo y suponen que el mundo puede girar sin su concurso. Así llevan dos milenios: lo que engolosina al pueblo les produce a ellos malestar, sofoco, rubor y hasta quebrantos psiquiátricos. El amable lector puede ampliar el campo de acción y colocar en el recuadro mágico la palabra que se le antoje. Yo escribí Cañizares y me encontré que se privilegiaba al portero de fútbol sobre el excelentísimo y reverendísimo cardenal arzobispo de Tolero, primado de España. O sea que el motor tiene fallos internos que no dudo que solventarán en breve. O no es un fallo y en realidad tienen dentro un topo, un ser humano con amplitud de miras y capacidad para gobernar los designios del espíritu humano y dar cuartelillo digital a toda la avalancha formidable de tentaciones y de campos de batalla dialécticos que se interponen entre el cumplimiento de la moral y el abastecimiento de placeres mundanos o entre la ética cristiana (sólo la cristiana, claro) y consenso jurídico, legislado y civil al cien por cien de temas como la eutanasia, el aborto, los métodos anticoceptivos o la dudosa, a lo visto hasta hoy, laicidad del Estado. Entre unos y otros está el Buigle para poner las cosas en su sitio y crear afición entre los parroquianos y provocar estupor entre los disidentes.
.


Si la Sexta y Público, adalides de la carga contra los poderes tradicionales del imperio purpurado, son capaces de hacer programas abiertamente irreverentes (Salvados por la campana) o pedir sin rubor que el lector no dé su favor a la casilla de la Iglesia, ¿por qué no puede ésta, en idéntica medida, usando parecidos medios, barrer para casa y hacer un buscador como Dios manda? Pues eso.

Roy Orbison singing for the lonely...







29.5.08

Honeydripper Blues Bar: Salvado por la electricidad


Contra pronóstico, a medida que el tiempo pasa y me voy haciendo viejo, como decía Pablo Milanés en una hermosa canción suya, la paciencia me va abandonando. Si de joven nunca hice un puzzle, ahora (más talludito) menos estoy dispuesto a hacerlo. Desestimo la distancia entre el objeto idílico (la torre Eiffel, jardínes colgantes, campos de girasoles o la Mona Lisa) y las muchas y menudas partes con la que el tozudo obrero debe recomponerlo. Me aturde la certeza de que el final del trayecto es mucho menos reconfortante que sus diferentes tramos. Ese exceso de información dispersa (las piezas derramadas en la mesa) libra siempre una batalla perdida: no me interesan las partes; tampoco el todo: prefiero la libertad del error y la posiblidad, aunque remota, de que alguna novedad fantástica surja de improviso y deshaga los planes anticipados. Todo esto que acabo de contar es cierto, cómo no, pero cuando la excepción confirma la puñetera regla surge la pequeña obra de arte, la anomalía perfecta. Bueno, ahora podemos empezar a escribir sobre la película que vi anoche.
Honeydripper, la última obra de un artesano americano llamado John Sayles, es un puzzle narrativo de primer orden, uno con el poso clásico justo, bien hilvanado, a pesar de que los variados sketches (las piezas en la mesa) revelen un propósito discontinuo, constatando la inercia que la propia música con la que se surte genera. Tiene todo lo que a este cronista de sus muchos vicios le incomoda para disfrutar en el cine: mucha dispersión dramática, mucha ambición psicológica, demasiado hueco libresco, podríamos decir, pero he aquí que ese batiburrillo de imprudencias afectivas congenian a la maravilla y Sayles, zorro viejo, da con el toque exacto (algo así como las puertas de Lubitsch, pero en colorines y con rancio blues sureño de fondo) para que el espectador disfrute. Yo, al menos, lo hice, aunque no pude olvidar la figura de Robert Altman sobrevolando muchas escenas y consentí que Sayles traza un tributo honesto al maestro sin que eso rebaje un ápice su (fascinante) independencia creativa.
Sayles puebla el metraje de su cinta con personajes arquetípicos, modelados en un torno más lírico que lógico. De hecho Honeydripper traza un paisaje humano, una poética del genio creativo, a riesgo de que la disgregación aborte la frescura de la trama y no prevalezca la máxima absoluta del buen cine: el guión, el bendito, maravilloso, necesario y luminoso guión. En esa ausencia, Honeydripper es una experiencia gratificante, golosa, que apabulla por su colorista musicalidad (el blues rural de los primeros cincuenta en una pequeña ciudad llamada Harmony) y por su voluntarismo didáctico. Sayles, a falta de una cohesión expositiva, regala entusiasmo pedagógico y convierte su película en un pretexto para filmar un periodo de la Historia de su país con los ojos de un documentalista, no por la mirada de un novelista. El proceloso desfile de personajes y el excéntrico, en ocasiones, inventario de deseos que los mueven revelan, al cabo, el nacimiento de una nueva forma de pensar o, en todo caso, la eclosión de una nueva manera de entender la vida, enquistada en el agitado atrezzo del Honeydripper Lounge, el bar que regenta un formidable Danny Glover.
Todo lo que Roger Corman le enseñó a Sayles en los años difíciles está aquí sabiamente condensado: hacer una película dignísima sin que la noble plata dicte las normas o , dicho de otro modo, cómo una guitarra eléctrica (la del bluesman llegado al pueblo como el pistolero de los westerns) puede guiar (ella sola) un película.

28.5.08

Todos estamos invitados: Metástasis moral


Manuel Gutiérrez Aragón aborda la cuestión vasca, muy escorada y eufemísticamente dicho, en Todos estamos invitados con la renuncia expresa a formular un panfleto sentimental o un libro de actas sobre la violencia o sobre las consecuencias de esa violencia en la vida de un pueblo. El vasco las sufre desde hace algunas décadas y esta película, aún hurgando en donde debe, tan sólo esboza alguna de las cuestiones más palpitantes, quedando su declarada honestidad a ras de tierra, sin perforar las muchas capas de esta cebolla infame (valga la metáfora) que es el terrorismo etarra. De hecho Gutiérrez Aragón renuncia también a más cosas: evita caer en ese exceso de romanticismo metafórico al que ha abocado siempre su buen cine. Su propuesta estilística roza el documentalismo de ficción al construir un armazón sólido, fiable, cercano a la realidad que todos podemos entender o incluso conocer de cerca, pero aquí lo que prima es la verificación del dolor más que la narración en sí.
Todos estamos invitados posee dos estructuras literarias afínes, pero que se alejan al final por más que el director cántabro desee hermanarlas. Una es la historia del profesor universitario amenazado por la banda. Otra, más escorada a lo lírico, a lo susceptible de abordarlo bajo algún prisma poético, es la del etarra que sufre una amnesia disociativa y regresa a la realidad sin saber casi nunca dónde está realmente la bondad y la maldad, el perdón, la culpa y la conciencia del daño hecho. Estos dos largometrajes discurren en paralelo, se tocan en capítulos puntuales y se enfrentan al final. Mientras tanto Gutiérrez Aragón y Ángeles Gónzalez-Sinde, los autores del emotivo guión, sostienen la teoría de que la fractura social en el País Vasco no puede erradicarse enteramente porque el mal, su pandemia, su cáncer invisible, está excesivamente anidado al modo de vivir vasco y de nada valen valientes ni cobardes cuando ejércitos ciegos de jóvenes azuzados y de viejos enquistados en el odio patrullan las calles al acecho de cualquier sabotaje que justifique las palabras. (No son afínes, insisto, a su final, porque chirría un poco el esfuerzo por hermanar lo que perfectamente podría haber sido separado de forma absoluta.)
Todos estamos invitados esboza un punto de vista de hondo calado moral, vaciado de épica, contenido en unas interpretaciones sobrias y arrojado al espectador casi como una piedra. Anómala en algunos tramos, la película de Gutiérrez Aragón se antoja necesaria, fácilmente conducible al territorio del activismo político. En este sentido es loable (y tal vez justa) la decisión de evitar cualquier tipo de referencia política. Aquí no hay carteras, ministerios, taquígrafos ni incendiarios titulares de prensa. Esa postura acomoda lo contado a lo conocido y no cae en victimismos, aunque los protagonistas absolutos son las víctimas, ni en el facilón recurso de intentar explicar lo inexplicable: las razones de la bestia, el ideario bárbaro del que empuña un arma para hacerse notar. La figura del desmemoriado Jon Josu (Óscar Jaenada, en un papel enorme) facilita que Gutiérrez Aragón despliegue con más desparpajo lo que sabe y tal vez lo que el cinéfilo cómplice espera: bosques hermosísimos lejanamente timbrados de edificios urbanos, largas carreteras alfombradas de coches que no parecen ir a ninguna parte ni regresar de ningún sitio.
Resuelta precipitadamente, en mi opinión, reducida en algunos tramos (la escena onírica) a un simplismo más que elocuente, la cinta eleva vuelo en su capacidad de formular preguntas y en su innegable belleza plástica. Contiene escenas memorables (la reunión gastronómica, todo lo que se dice y todo lo que calla), que dan al espectador un entusiasmo falso, que luego decae hasta que acepta la derrota de la narrativa y comprende el soporte fundamental de la propuesta: su esmerado dibujo de personajes, su fiable y noble capacidad de democratizar el dolor ajeno. Que parece a veces que el problema eterra no nos incumbe del todo y vemos en los partes informativos la infamia y la locura terrorista como el que oye un lejano rumor de tambores y sabe que el sonido (por fuerte que sea) jamás toma cuerpo y nos da una patada en la puerta. Al etarra amnésico de la película le viene a pasar esto: que la realidad, al llegarle limpia, descontaminada, le abronca y le pone en el disparadero de ser un mártir del enemigo.

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...