11.5.08

La habitación de Fermat: Enigmas inocentes







Caso de que este simpático cluedo a la ibérica hubiese caído en manos americanas el resultado rozaría el estrambote tipo Saw, cinta con la que guarda alguna lejana concomitancia que de forma expeditiva Luis Piedrahita, sí, el de Cuatro, el mago y el muchas-cosas, y Rodrigo Sopeña, los precursores de esta más que correcta ópera prima, abortan en cuanto la trama va tomando cuerpo. La habitación de Fermat no está pasada por el alambique gore que algún adolescente bien adiestrado en la materia querría. Se advierte un poso más británico: hay arcanos y hay un grupo abeliano (me dejo influir mucho, qué le vamos a hacer) que debe poner a funcionar sus neuronas al cien por cien para que una máquina infernal (una prensa hidraúlica de sonoro nombre: Poseidón) les convierta en viruta pura. Antes de que eso pase, Piedrahita y Sopeña entregan al respetable un ameno concierto de estridencias dodecafónicas salpimentadas por varios trinos melodiosos que hacen que el conjunto se vea con muchísimo interés y se olvide con presteza.
El espectador reacio a resolver enigmas en la butaca puede estar tranquilo: los misterios son de una sofisticación ciertamente masticable y únicamente contribuyen a que la trama (nada compleja, pero inverosímil por momentos) discurra con mansedumbre, mecida por unas actuaciones estupendas y un sobrio registro de lo narrado. Los directores no se permiten la imprudencia de hacer alardes innecesarios que distraigan del propósito primordial del asunto: regalar hora y media de entretenimiento. Otro oficio es buscarles tres pies al gato (tripodología, dice mi amigo K.) y encontrar escenas risibles: un matemático pijo al que le piden autógrafos las muchachitas, un esperpéntico (por barato, por simbólico) accidente de coche o un escasamente creíble lazo que procura casualidades sencillamente imposibles.
Los formidables títulos de crédito, que prefiguran el tono guignolesco de la opereta a la que vamos a asistir, la certera banda sonora y la fluida presencia de unos diálogos comedidos, que no incurren en tópicos ni se afilian al bochorno dramático, consienten que la sensación sea, en todo momento, placentera. Sabemos que no va a haber sangre: sabemos que los arcanos y las conjeturas, los pantanosos terrenos de la matemática y las turbias maneras del perturbado al que imaginamos detrás de la trampa (elementos de la ecuación) despejan una incógnita light, alejada de modelos más sesudos (Pi de Aronovski o hasta Los crímenes de Oxford de De la Iglesia, por citar dos obras más o menos recientes) y más cercana a algún episodio frenético del Hitchcock televisivo, al que se echa en falta para retorcer todavía más los comportamientos y las razones que mueven a la gente a hacer lo que hace.

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En estos tiempos de clonamiento artístico se agradece que existan películas inocentes y limpias, concebidas sin otro propósito que no sea el de hacer pasar el tiempo. Ésta hace que hora y media suceda en (digamos) una hora. La media hora fantasma es el verdadero mérito de sus autores. Y no crea el lector, el amable lector de siempre, que aquí hay fantasías intelectuales, rocambolescas piezas que acaban por engarzar y dejarnos boquiabiertos en la butaca o giros narrativos asombrosos que nos obligan de continuo a considerar bajo el prisma de la trascendencia cada mínima expresión o cada diminuto elemento plástico que cruza la pantalla. No sucede nada de eso. Ya he escrito que se ve con tanta facilidad como luego se arrumba al limbo de las películas irrelevantes, pero incomprensiblemente necesarias. Ah, el desenlace es penoso, pero se le perdona. Hemos visto otros infinitamente peores. Así funciona nuestra bondad y así se puede ir con el pecho ancho y la mirada honesta por la calle.

8.5.08

Scarlett Waits








Lo relevante no es que Scarlett Johansson cante. También lo hizo Jane Wyman. Lo que hace festiva esta revelación es que el repertorio para este primer disco sea de Tom Waits. El ogro ha bendecido que la glamurosa diva del cine rebusque en su música y extraiga once temas. La niña tiene gustos sofisticados y no es Paris Hilton para tirar del inventario de Village People o de Barry Manilow. Al reclamo de Waits hay que añadir la presencia (más glamour, más divismo, más genio) de David Bowie, que pone coros en dos temas. Anywhere I lay my hat es el popero título extraído de Rain Dogs, la obra antológica de Waits. A falta de oirlo, sólo podemos consentir la ubicuidad fantástica de esta moza idílica, que promete concupiscencias intelectuales de alto voltaje, volutas sensuales por donde pasa y descargas de cinefilia (vean su meteórica y más que aceptable carrera). Le podemos hasta perdonar que su voz no nos guste. Si el maestro Waits ha dicho sí, quiénes somos nosotros para dudar del asunto. Mientras cae, repaso iconografía.

7.5.08

Lost (once more)



Yo soy el naúfrago. Soy Morel. Soy el insomne que prefigura el universo bajo la forma de una serie de televisión.

Tal vez mi paciencia se haya visto desbordada por las anomalías del relato, por sus obstáculos y mi absoluta falta de hábito. Reconozco que se me van los roles, que el asombro no vence a la perplejidad y que las noches no dan ya más de sí para asimilar toda la oferta a la que uno puede agarrarse para no andar perdido. Qué casualidad.

88 minutos: Al Pacino, el rey de la mueca




Jack Gramm no es Jack Bauer. 88 minutos no es 24. Al Pacino no es Al Pacino de Tarde perros o de Scarface. A partir de ahí el amable espectador que suelta sus euros en taquilla puede estar avisado, pero la puya puede alcanzar una profundidad rectal considerable. Es tan lamentable el film que no siente uno ni ganas de despotricar con saña y hacer spoiler de la trama (hoy mi amigo Víctor Trujillo me ha enseñado qué es eso del spoiler: qué bonita es la semántica, qué bonito es aprender). 88 minutos es una cosa tan previsible, tan sumamente cochambrosa que incluso podríamos no pecar de exagerados si decimos que sus agentes patógenos internos (no duden que los tenga) podrían dañar irreparablemente su córnea (una o incluso ambas). Hay estudios serios que relacionan la pérdida de visión en uno o en los dos ojos por la visión reiterativa de subproductos de escaso valor artístico. El propio Al Pacino, que es (fue) un actor como el Empire State Building, se rebaja al subsuelo mismo de la interpretación y ofrece un repertorio ampuloso de tics, muecas y retorcidas enarcadas de cejas. En el capítulo de rebajas intelectuales podemos meter a Jon Avnet, un tipo que una vez hizo Tomates verdes fritos (qué buena) y que ahí se gastó: literalmente. El guionista (a quién le importa el nombre) es otro zombie al que le debían nóminas atrasadas y quiso vengarse así: no se puede escribir un libreto más previsible. Esta noche es probable que me resarza con algún clásico de Fritz Lang. Me acabo de dar cuenta de que cuando veo un bodrio (este lo es en grado muy sumo) necesito meterme un chute de Lang. Da igual qué película. No le he visto ninguna mala. Se trata de darme la vuelta del butacón desde el que escribo, mirar la estantería y coger un DVD. Uno. Da igual. Qué maravilloso es confiar en el azar y saber que no nos va a fallar.



6.5.08

Mil

Nada relevante, pero hoy el Espejo cumple 1.000 entradas. Lo decía Rilke: "Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre". Este cronista de sus vicios ni siquiera maneja la certeza de que esta recopilación de desvelos consienta alguna riqueza. La casa está, no obstante, abierta. Vamos, como Sherezade, al cuento mil y uno.

5.5.08

Robert Langdon, presidente de Filipinas


Tardaron en exceso en desalojar a los que interrumpieron el festejo en Las Ventas hace un par de días. O tardaron muy poco. Todo depende del grado de afinidad hacia los intrusos. Los activistas anti-taurinos alcanzaron el mismo centro del ruedo sin que ningún operario de la plaza les pusiera obstáculos. Son tiempos duros para la lírica y para el folclor patrio. No es únicamente que la cruzada contra los poderes episcopales cope titulares y suscite, a pie de calle, encendidas discusiones entre los unos (los que consienten, crean o no ) y los que disienten y ven vulnerados sus derechos con los que se arrogan los otros. Leo que existe un Movimiento Scout Católico. Como se descuiden se les cuelan los irreverentes de turno y les aguan los discursos o los bailes de juventud. Como nos descuidemos no habrá nada más que tiniebla sobre la faz de la tierra, que es un slogan de lo más bíblico pero que igual conviene para evidenciar (alto y claro) que de un tiempo a esta parte no nos aguantamos nada. No se trata tanto de una defensa de la voluntad intelectual de cada hijo de vecino sino de una reivindación de la soberanía moral de quienes ejercen sus vicios allá donde sus estatutos les dan cuartel y la tradición o el entusiasmo les ampare: sean católicos o taurinos o nudistas. Todos vienen a buscar más o menos idéntico misterio: la felicidad bajo la forma de algunos vistosos ritos.




Este Viernes pasado se celebró el Dia de Libertad de Prensa, que es una festividad que tal vez no debería existir. No sé si todo lo anterior viene de aquí o termina aquí: en la libertad de expresarse y en los límites que la cordura redacta para que los actores de este teatro público y universal manejen el mismo libreto. Parece que no podemos navegar por el optimismo: que son malos tiempos para la Fiesta Nacional y para la Conferencia Episcopal, para la Economía mundial y para las ballenas azules. Y mientras todo se devana en estas anomalías el Real Madrid gana su liga número 31 en siete minutos a la heroica. Si fuésemos discretos lo celebraríamos en la intimidad, pero al forofo futbolero le agrada la exhibición de sus colores y democratiza su júbilo sin atender a quienes no lo comparten. Nada que los demás no hagan cuando les bendice a ellos la diosa del talento o de la suerte o de ambas cosas, que el deporte no se rige por logaritmos. Del mismo modo en que hay en España autonomías que penalizan el uso del idioma español y fomentan con dinero público el suyo propio, hay también gremios que no aguantan una tos más alta que otra y acuden al insulto o al mandoble para regular ese desequilibrio acústico. Cierra el lunes de fiesta en mi pueblo y oigo en la radio que España es el segundo país más ruidoso del mundo. Sólo nos gana Japón. La contaminación sonora en Japón agrava, a lo visto, problemas cardiovasculares o incluso (ellos sabrán) es capaz de crearlos. Es el ruido de los vecinos el que ocasiona la fractura en el corazón. Aquí tenemos el corazón enfermo cuando unos toros salen a una plaza o cuando un equipo gana una Liga en siete minutos. En Japón, por lo menos, no terminan en comisaría por arruinar una corrida. Entiéndanme como se debe.

En la antigua Birmania un ciclón que han llamado Nargis deja este lunes 10.000 muertos. No estaban en ningún sótano austríaco ni eran ciudadanos de la jovial Comunidad Económica Europea. Los tifones, los ciclones, las tormentas, los tsunamis y los grandes seísmos siempren suceden en la misma pobre franja. Parecen abonados al cataclismo y a la hecatombe. En la anciana Europa el Real Madrid gana su liga y Robert Downey Jr. ocupa la cartelera de todos los cines. Así son las cosas. A Tom Hanks le proponen ser el presidente de Filipinas. Está rodando Ángeles y demonios. O sea que se ha vuelto a enfundar el traje de Robert Langdon, el criptonista (se puede decir, creo) que el benemérito Dan Brown inventó para que el pueblo llano (el más llano de todos) no se altere en exceso con las pandemias y con los rigores de la injusticia en el mundo.

4.5.08

Beauty and the beast



A Norma Jean alias Marilyn Monroe le sedujo siempre el sex-appeal del talento. Norman Miller. Truman Capote. Hasta Billy Wilder, cegado por su belleza, consintió que le convirtiera los rodajes en un infierno. La fotografía es lo suficientemente contundente como para abortar cualquier intento honrado de que las palabras digan algo más: no dicen, no pueden. No obstante admitamos que éste no es un slideroll ni tampoco una colección pública de fetiches visuales así que permítame el amable lector que me fije en el caballero orondo de las gafas de pasta. Lo ideal sería que no supiésemos nada de él y que ella no fuese Marilyn Monroe. Lo ideal sería que fuese una foto encontrada en una revista húngara de cotilleos que hubiésemos encontrado en un contenedor. Y así, no siendo Capote ni Monroe, la fotografía no reviste mayor trascendencia. Él es un tipo feo y hasta podríamos concluir con algunas especulaciones que harían más narrativo el hallazgo de la foto. Parece un salidete de sábado, una especie de donjuán de los libros que ha querido salir de su torre ebúrnea y ha encontrado a la damisela abandonada. Está bailando con ella, pero sabe que es el último baile. Lo ha sido muchas veces. La poesía de los guateques consistía en un verso muy hermoso, pero casi nunca podíamos recitar el poema entero. Los adonis de turno, los guapitos con arrojo, iban de metáfora en metáfora, aunque los tímidos de chaqueta de tweed y gafas de pasta les reconocían débiles, en el fondo, tristes después al terminar la fiesta. Esa ficción les consolaba mientras el pick up desgranaba un single de moda, una canción azucarada para tres minutos de manoseo. O tal vez era el amor. El amor es un cocktail demasiado complejo como para que salga de un guateque de sábado noche con bailables de cuatro minutos y luces que parpadean y ciegan o iluminan (según el vaivén de la tuerca que las fija al techo) el cortejo fundamental.
Billy Wilder hizo que Jack Lemmon lograse el arquetipo del perdedor con encanto en El apartamento, pero la historia del cine (y de la literatura) está infectada de perdedores absolutos. Y no hacía falta que tuviesen la planta cohcambrosa de Truman Capote para que el alma se les partiese a medida que la vida les iba robando la gloria de la juventud y los arrumbaba al desafecto de glamour escenario de la madurez.
Lo de la fotografía no tiene sentido alguno: tal vez una presentación a la que Marilyn debía aportar su belleza inmarcesible: era inmarcesible cuando lo parecía, por supuesto. Truman Capote era el cerebro en la sombra o el cerebro iluminado por los focos. La maquinaria del show business requiere de ambos para que la bobina ruede a 24 fotogramas por segundo. La vida también precisa de cerebros y de divas. Pocas imágenes más sugestivas que ésta: la del amor surcando el aire mientras el galán se pregunta si es una broma pesada o un festín del azar.
De todas formas Capote no tiraría cohetes por agarrarle el pandero a la Monroe. Eso, en la foto, no se advierte, pero es manifiestamente cierto.

30 días de oscuridad: Vampiros en O.K. Corral




Por momentos, uno cree que esta película de vampiros polares se asemeja más a un western que a un clásico del género. Contiene sobradas evidencias de que el cine de terror no está esclavizado de lo gótico ni precisa acudir a patrones románticos. Ese desajuste iconográfico permite que la historia discurra por alguna vereda novedosa, aunque bien al final todo se amansa y la golosina cromática (el blanco de la nieve y el negro de la noche salpimentados con el rojo de la sangre) da paso a una coreografía de víctimas más, una ciertamente no mal filmada, pero que en ningún caso, a pesar de que David Slade dirija y tengamos Hard Candy en la memoria, entusiasma.
La diáspora alimenticia de los vampiros los conduce a Barrow, un pueblito de postal ártica que sufre treinta días de oscuridad al año. Allí viven pintorescos personajes muy sucintamente presentados a los que incluso se les niega un mínimo de profundidad psicológica (esa pareja al borde de un ataque de odio que no sabemos de qué va ni hay interés alguno en explotar su conflicto o la muy gris relación entre los vecinos de esta impostada comunidad de zombies en vida. De resultas de todo lo cual pudiera haber nacido un film original, pero Slade no apura esos vistosos elementos y lo que podía haber una opulenta obra magna sobre los vampiros en el siglo XXI (no hay ninguna buena desde que Carpenter facturó los suyos propios, Fantasmas de Marte, a la que se asemeja, a mediados de los noventa) queda en una amena (tan sólo amena) opereta o un videoclip hinchado de angustia muy light y escenas de una contención plástica excesiva.
De diálogos planos, cuando no ininteligibles, 30 días de oscuridad es otra oportunidad desaprovechada que arrumba el género vampírico a la estantería videoclubera de films palomiteros, de fácil alquiler y pronto olvido, como diría mi amigo K. La claustrofobia geográfica, esa dureza estética, se pierde en lo que, a simple vista, parece puro descuido: como si nadie hubiese querido ir demasiado lejos y restarle público adolescente, ávido de hachazos, goloso de acción tremebunda. Lo han conseguido de pleno.

3.5.08

Faulkner vs. Stan Lee


“Ahora es frecuente que se hable de la decadencia de Hollywood, pero posiblemente Hollywood, que ha sabido siempre mucho de cine y de público, ha mutado al compás de la nueva sociedad. Nosotros, los ‘ilustrados’, seguimos viendo el cine con códigos literarios e incluso filosóficos, esperando de la cinta lo que demandaríamos paralelamente a un libro de Faulkner o Marguerite Duras, pero esta historia ha concluido. La celebración de horrendas películas llenas de efectos especiales por parte de la juventud no es consecuencia directa de que “no saben nada”, sino de que saben algo que los adultos no llegaremos a saber jamás: ver cine con el canon de la imagen y el sonido, sin la expectativa de recibir estímulos morales o intelectuales, sino con la sola idea de pasar un buen rato.”

Vicente Verdú,
Yo y tú. Objetos de lujo
2006, Debate

1.5.08

Iron Man: El Golem digital




Es muy curiosa la expresión autoría intelectual a la hora de encontrar al ideólogo de cualquier causa terrorista. Ese capricho semántico concede al bárbaro que comete la fechoría una tregua moral y hasta una coartada social. El lenguaje es el que crea las corrientes de opinión: los creativos de las empresas de márketing son los que crean o los que destruyen las modas y las corrientes de opinión y son capaces de hacernos ver como un corderillo inocente al más déspota de los tiranos o como un atroz villano al manso ciudadano que parece no haber roto jamás un plato.
El mundo en el que vivimos está sujeto a estas esclavitudes de las palabras. Incluso los gestos, que son los que delatan las posturas en cualquier conflicto, mienten: quienes organizan la realidad son las palabras. Así que no me da rubor (intelectual o no) escribir que el mundo se está marvelizando: lo está haciendo a pasos agigantados y no se advierte que la transformación vaya a menos. No hay ningún indicio que nos haga suponer que la factoría de sueños que es Hollywood tenga en mente cerrar los ojos ante la realidad de este siglo XXI recién parido y ya tan asalvajado y patético. Además no es posible, en términos meramente monetarios, degollar al nuevo vellocino de oro, que es el comic. Las extremidades de esta bestia furibunda de hacer dólares urbi et orbe anclan sus zarpas en el territorio de los videojuegos (que se han convertido en otro esclavo de las tropelías de estos héroes de papel) o en el merchandising que abastece los estantes de las jugueterías cuando huele a Navidad. El negocio es tan colosal que Iron Man no es únicamente (o no debe ser) una película sino que se arroga la facultad de convertirse en una experiencia total.
Stan Lee, el padre de todos los superhéroes de las hamburgueserías y de los sueños más épicos de los niños, no tenía ni idea, allá en los sesenta, cuando ideó esta caterva fabulosa de personajes con capa, poderes y patriotismo a prueba de misiles tomahawk que todos estos años después el zoo de patentes que alumbró su genio artístico iba a producir esta avalancha de héroes. De hecho el abuelo Lee sale en todas las franquicias y en todos existe ese punto de humor socarrón (qué ha de nuevo, jefe) que procura el guiño entre iniciados.
Iron Man es otro héroe más: no tenga el amable lector duda alguna al respecto. Uno copiado del dietario de héroes de los cajones de los grandes peces gordos de la industria de Hollywood, que es la que, al final, mueve los hilos del imaginario popular, no nos equivoquemos en esto. Éste incluso bebe de las mismas fuentes que Batman (DC Comics, la otra compañía de valores seguros en bolsa) ya que ambos son creados en tanto superhombres en un marco exótico, a menudo de naturaleza mística, y ambos regresan a la ciudad (Los Ángeles, Gotham City) para desfacer entuertos, combatir al mal y ganarle siempre la partida. Además los dos viven muy holgadamente y tienen servicio doméstico que les evita tener que bajar al mundo de lo terreno. Jamás veremos a un superhéroe atender ninguna rutina del hogar: nacieron para enaltecer los modelos de patriotismo creados a conveniencia de su autor y para engolosinar la fantasía de la muchachada (desde Superman hasta Super Agente Cody Banks) ávida de prodigios y cómplice en todos los artilugios técnicos y maniobras morales habilitadas para perpetrar las heroicidades previsibles.
La marvelización afecta incluso a la salud del mercado cinematográfico: consientan la ficción de que Stan Lee no hubiese existido o que los héroes de la parrilla no tengan los reclamos al uso y sometan a su buen juicio el deterioro de todos los negocios implicados (desde el mastodonte de la productora al dueño del videoclub de la esquina de mi casa, por no hablar de la formidable maquinaria de las consolas: la propia PS3 ha movido el mercado y ha borrado del mapa, en la guerra de los formatos de alta definición, a su competidora, el HDVD de Toshiba y Microsoft). Tal vez debamos inventar otra frase de doloroso eco en el oído: el mundo se está sonyficando.
Iron Man es espectáculo soberbio. Tal vez nada más. El tufillo a moralina patriotera que sobrevuela el metraje, a pesar de dejar caer una leve doctrina política de cuño pacifista a lo Benetton, es ya marca de la casa.
Las hazañas mediáticas de un excéntrico señor de la guerra (Tony Stark/Robert Downey Jr.) que de pronto reconoce que él es el enemigo y que bajo su causa comercial mueren inocentes soportan dos horas de entretenimiento simple como una patata light, pero con alguna capa de sorna escondida. Que casi la mitad de la cinta se centre en la génesis del héroe, en cómo su mente prodigiosa forjó la armadura proverbial da a entender que hay Iron Man para rato y que esta entrega (larga, como viene siendo costumbre en productos parecidos) es tan sólo una avanzadilla, un ir abriendo boca para siguientes andanadas. Está además la pasta de este nuevo héroe: crápula, mujeriego, alcohólico. Nadie mejor que Robert Downey Jr. para representar ese desquiciamiento vital. Nadie, al menos, de su edad. Nadie, tal vez, con un humor tan irreverente ni un físico tan decadente para un superhéroe de esta guisa.
Por lo demás, Iron Man es una buena película, un distraimiento de altura salvo que a uno le dé grima el mensaje interior, la farándula metálica del protagonista y la ninguneada (a posta) viñeta del enemigo afgano, escondido en las montañas (tal vez ésas que decía Aznar) y a la espera de darle a Occidente (qué le hemos hecho, se pregunta siempre uno) una ración de su propia medicina.
De eso se trata: de que todos, al fin y al cabo, enfermamos igual. Olvídese el lector de encontrar en la película un malvado digno: Jeff Bridges cumple, confía a su experiencia y a su mayúsculo talento la gestión de un personaje particularmente rico, pero abandonado sin remedio al vértigo de la infografía (Yo me pido un Jarvis para mi cuarto) y a las pericias acrobáticas del Golem bueno que nos ha colado para amenizar la primavera de acción en el cine.
Pero no vamos al cine para encabronarnos con los malos tiempos que corren. Quizá vamos justo para todo lo contrario: para recibir una explosión inocua de aventuras. ¿Inocua?


El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...