Hoy pensé en la esperanza. La estuve interrogando, se dejó, no impidió que la agobiara a preguntas, que la pusiese en un brete de no darme nunca más palique, pero respetó que le aplicara un tercer grado, que la agotara. No llegamos a ninguna conclusión. Ella se esmeró en contentarme; yo, en comprometerla. Quise, más que otra cosa, ver si podía contar con ella; si, llegado el caso, podría echarme una mano, hacer que lo malo que suceda no me afectara más de la cuenta y pudiese seguir con la rutina en la que me manejo. Estoy muy satisfecho con ella. Nos llevamos bien. Adoro que no flaquee y me abastezca de ocupaciones. No sabría qué hacer si no estuvieran. Se me harían enormes los días, me dolería el alma, me comerían las tinieblas. Lo bueno de hacer mil veces la misma cosa es que el desempeño en su ejecución es altamente satisfactorio. Actúa uno como un buen reloj suizo. Hoy mismo, echando los toldos de la casa para que no se nos incendie de flama, me alegré de que haya sol y de que haya toldos, de que el día se impaciente y anhele castigarnos con sus calores, de que tengamos con qué vencer su reprocahble costumbre. Pasa lo mismo con las interminables horas de la siesta en el verano. Yo pienso en Dios cada día. Le agradezco que exista la siesta. Antes de conciliar el bendito sueño, creo que él y yo nos miramos. Es un instante, una especie de mirada cómplice. De no disponer de la siesta, no sería persona, sería un fardo, una criatura menesterosa, un zombi de la vida. Prefiero restarle horas al sueño de la noche para que el diurno acude con todo su esplendor. Tengo la esperanza de que estos buenos hábitos no mermen. Hasta rezo (es un decir) para que el azar no me incomode en demasía y no tenga que sacrificar esas horas de idilio conmigo mismo (lo que me quiero, qué feliz soy) por la injerencia de algún imprevisto, una de esas cosas que requieren nuestra presencia consciente y no pueden anularse, ni siquiera aplazarse. Vuelvo a la esperanza, asunto de este arrebato: ojalá siga firme junto a mí, por qué habría de decepcionarme. Llevamos una vida entera intimando. Ella me da un hilo de alegría y yo aplaudo que sepa engañarme con tanto entusiasmo. Hasta los avatares desgraciados, juro que los hay, me duelen menos cuando pienso en lo cabal que es y en lo determinada que está en el oficio de no malograr ninguna de mis muy altas expectativas. Ahora me despido. Gracias por venir, por entrar en mi casa, por leer. Si no se me desgracia el futuro, comeré, recogeré la cocina y me dispondré a desvanecerme. Será una retirada breve, nada de lo que preocuparse. Suelo regresar con el ánimo robustecido. Se me verá en la cara.
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Elogio veraniego de la esperanza
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