Lo malo de haber nacido Darth Vader es que luego no puedes quitarte la Estrella de la Muerte, la respiración cavernosa y los problemas paterno-filiales. Uno nace con un fondo de armario, con una marca testaruda en el corazón o un tic ancestral en el ojo derecho, aunque el tesón modele esa herencia y haya puertas disponibles a las que acceder o de las que esperar que nos hagan ingresar en estancias confortables, en mentiras deseables y, una vez franqueadas, podamos deshacernos del traje o de los gestos o de todo cuanto ha sido invariablemente nuestro y haya sido difundido y sea del dominio público. Por eso siempre miramos igual a Kafka. No hay manera de que le imaginemos en una playa, en plan dominguero, leyendo la prensa, bebiendo cerveza de lata y echando un ojo disimulado a las concupiscibles mozas concurrentes. Poe es la absenta, los callejones oscuros, esa cara desgraciada y la primas enfermiza. Un Poe extraído de su Boston e incrustado en el alegre París de los veinte o en el San Francisco jipi es difícil de montar en la cabeza de quien lo haya leído a fondo y aprecie su decadencia y entienda que quizá sólo puede escribirse El gato negro o La caída de la casa Usher si has bebido mucho o has trasnochado en tugurios infames.
A Darth Vader le tenemos un afecto que no es posible argumentar. Supongo que los afectos no precisan justificaciones. Provienen de edades pretéritas, se incrustan entonces y difícilmente se logra extirparlas. De ahí que este juego en el que la dama del parasol de Monet deja su sitio al caballero oscuro que ruge de venganza, poseído por el mal. Por otra parte, visto así, en esa actitud desenfadada y primaveral, Darth Vader no impone, no es el ser temible y cruel. Todo es cuestión de atrezo. Te quitan el casco y eres un don nadie. Se te ven las costuras en la cara, el resto de lo que fue un ser bueno, angelical. Te retiran la silla en el Despacho Oval y regresas a tu agujero podrido de odio. No creo que haya un restito de humanidad. A ese hay que condenarlo sin ambages. Lo de quitarle la silla y la vara de mando no es cosa fácil. Hay en su tierra mucho descerebrado censado. Y adláteres afuera, comprados, asustadizos, advenedizos con probadas tragaderas.

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