6.7.26

Haaland



Me apenó ver perder a Brasil. Mi memoria sentimental es más carioca que nórdica. Mi deseo fue que ganaran los pentacampeones, que ya no son lo que fueron, hace que no hay ni rastro de Zico, Romario, Ronaldinho, Pelé, Garrincha (cómo regateaba) o Pelé, el dios, el rey del fútbol, el tricampeón mundial. Fue un bicho nórdico el que los apartó de la corona. Se veía venir. La canarinha es una panda de mediocres, un simulacro de samba, un arrebato sin disciplina, puro talento, desborde y verticalidad, delirio sin argumentos. Lo de los noruegos fue perseverancia, planificación, programa, programa, programa. Quiizá tienen fe en Haaland, que es un cyborg, un robocop, un titán, un ser de otro mundo, un virus del que no se tiene vacuna, Thor con su mjörnil, el martillo de la mitología vikinga, el drakkar sin agua. Bastaron dos intervenciones, dos escaramuzas sin mayor urdimbre, para que la historia se desdijera, para que la épica brasileira se desmoronara y los que amamos el fútbol pensarámos que la memoria es un accidente, un souvenir, algo a lo que no debe hacérsele aprecio alguno. Lo de Brasil perdiendo anoche es una evidencia de los males del mundo. Brasil debería ganar siempre, salvo que se empareje con España y el corazón tiemble al tener que escorare hacia un bando. El jogo bonito es la alegría, el baile, la capoeira, Copacabana, Stan Getz soplando la chica de Ipanema para que Astrud Gilberto se prodigue en susurros dulces. Esta vindicación del fútbol es legítima. Me hace regresar a la época en que adoraba las virguerías de unos cuantos jugadores, el talento puro de unos cuantos elegidos. Daba igual que hubiese un equipo sólido que los asistiese: eran capaces de enmendar un roto con una coreografía en el área contraria, con un juego de pies inverosímil. No escatimo elogios a los noruegos (me encanta el salmón, anhelo viajar a ese país, ver la aurora boreal, perderme en la catedralicia comparecencia de un fiordo) pero no estuvo bien que viésemos una selección tan flaquita, de tan escaso desempeño. Ni Vini Jr, el tuerto en el reino de los ciegos, enmendó el descalabro. Así que me he hecho nórdico, noruego de pies a cabeza. Si no somos nosotros los que levantamos el trofeo, que sean los vikingos. Son los más entusiastas. Hacen cosas en las gradas que me parecen adorables. Viva Noruega, viva el salmón, viva la pragmática sin circo, la matemática severa, todo lo que no es fútbol, pero hace que se ganen los partidos. Y me quedo con ese ser extraterrestre, insensible, aunque sonría, El fútbol moderno será de iluminados como Haaland. Seres fríos, inalterables, cazadores que no se inmutan cuando no se tiran días sin saber dónde está el bosque. Al final, adquieren su presa. La derrotan, ponen el pie sobre su testa quebrada. 




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