El superviviente, René Magritte, 1950
Ahí la sangre con su eco antiguo, con el temblor de la memoria, con la honda convalecencia del porvenir, con toda la elocuencia de la barbarie. De la escopeta que chorrea sangre de Magritte se queda uno con su disposición a perseverar. Con su coherencia inverosímil. Como si estuviese a la espera de que se la reclame de nuevo. Como si los muertos que ha ido escribiendo no contasen cada uno fuese el primero. No sabemos si los objetos tienen remordimientos. Si se avienen al reconcomio o a la desazón. Tenemos la idea de que no poseen voz que exprese el dolor al que puedan llegar. Está bien dolerse, saber que se ha obrado mal, consentir que algo se rompa adentro de uno cuando rompemos algo ajeno. Asombra, más que la escopeta con su sangre fértil, esa pared inocente, esa madera noble. Todo conduce a pensar en que no ha pasado nada realmente. Que no hubo un roto, una derrota de la vida, un llanto verosímil, pero el arma tiene alma, el dolor cunde, prospera, hace que se desdiga, que reniegue de sí misma, que anhele que alguien la haga trizas, que la estampe contra una pared o contra el tiempo. A su modo, se expresa. Ha dejado de ser una escopeta, ahora es otra cosa: un hombre que gime tal vez. El dolor no requiere retórica: se vale con su manifestación más sencilla, la del charco de sangre, la de la conciencia de pronto ensimismada, convencida de algo que únicamente puede ser contado con el vaciado de sus pecados. Todos son de la misma terca sustancia sin cordura. Fascina la depuración de la idea, su reducción a una elementalidad mayestática. Magritte ha escrito un cuento breve, uno de esos microrrelatos que, en pocas palabras, despachan un relato sólido. No sabemos tampoco quién es el superviviente que da título a la obra. Quizá se refiera a quien observa. Podría ser su propia sangre la que mana de la culata del arma. El cuadro es de una naturalidad que estremece. Toda la realidad estremece, por cierto. Eso lo sabía Magritte, que prescindía de la grandiosidad para reflejar su inquietud sobre la naturaleza misma de los acontecimientos, de esa realidad huidiza, a la que no siempre se puede encerrar en una idea. No hay nada que escandalice en lo que se ve: no se aprecia fehacientemente un destrozo, una evidencia del drama que se nos desea contar. Es tan solo esa sangre deliberadamente manumitida, exhibida con sobriedad, sin la dramaturgia de las grandes tragedias.

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