Algo sucede a lo que no sé dar asiento. Unos perros a lo lejos conversan sin que se sepa el desorden que les arrima a la discusión. La noche está ocupando la blanda extensión del día. La urgencia de la luz se obstina en desocupar su oficio. Esa hendidura dulce con la que el cuerpo se vacía. Unos grillos rivalizan con la música caótica de los ladridos. La iglesia al final del camino invita a que busque a Dios. De pronto lo escucho con torpe claridad. Me hace creer en la incertidumbre generosa de mi espíritu. Casi brama ahí adentro, pero distingo en el ruido que incesantemente produce grillos y perros. Ahí vamos a ciegas los dos, Dios y yo. Llevamos tiempo intimando. No sé quién se ha tomado más confianzas. El tiempo discurre con pasmosa certeza No sabe uno nunca a qué atenerse. Si a la memoria disponible o al yermo caudal del porvenir. Regreso a casa después de haber caminado por el campo. Tengo que subir a la azotea y recoger la ropa. Doblarla. Guardar la que no precisa plancha, comprobar que la cocina está recogida, el lavavajillas terminado, ni platos, ni sartenes, ni cubiertos en el fregadero. Abrir el ordenador. Escribir el texto que he ido montando en mi cabeza. Habrá algún adjetivo que no pensara. No importará si fueron perros los que a lo lejos parecían conversar. Tampoco si anochecía o abría el día. Ni de Dios tendré nada fiable de lo que apropiarme para que no se maleen las palabras y no cumplan el cometido que les encomendé.
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Un paseo
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