24.5.26

Pereza

 



Estoy alertado contra la pereza, se me ha informado de su influjo riguroso, mi voluntad está avisada de que posee malas artes y de que caer en alguna no es infrecuente ni, en la mayor parte de los casos, desagradable, pero por mucho empeño que pongan en contarme el mal que pueda causarme no pongo obstáculo alguno para que me abrace. En cierto sentido, facilito el acceso, dejo abierta la cancela, abro las ventanas, dejo que mi cabeza no se oponga y le pido al resto del cuerpo que se deje hacer como tantas veces, que no se ponga tenso ni exhiba en ningún momento un gesto reacio, un indicio de que está siendo invadido. De la pereza, de lo que me incumbe de ella, amo su absoluta intimidad, amo que no me obligue a nada, amo que me mime sin tocarme. De cuanto la pereza ofrece es su comprensión lo que más admiro. Está ahí siempre, espera siempre, conoce el placer que concede y la rutina formidable de su estricto desempeño. La pereza comprende que a veces la desechemos, no aceptemos su confort indolente, no queramos tumbarnos a su raso, contemplando el manso sol que regala. No sé quién fue el que antepuso tener hambre y sed al hecho mismo de beber y de comer, de modo que únicamente así la bebida y la comida serían de verdad apreciadas. Yo aprecio la pereza. Su lujuria inversa, su condición contemplativa. Es en su recogimiento donde advierto la bondad de mi corazón latiendo y de los pulmones subiendo y bajando en mesurada danza. 


La pereza es una bruma confortable. Uno se declara un poco Bartleby y cancela toda posibilidad de abordar una empresa. Lo expresa con el mayor tacto posible, pero prefiere no hacer nada, no involucrarse en nada, no sentir que los demás esperan algo de uno mismo y aplicar el esmero esperable. Se dedica entonces el ánimo a asuntos mínimos, de escasa o nula nombradía, de los que no afectan a nadie y de los que nadie habla. No debería ni hablarse de la pereza. El hecho de nombrarla la violenta. Como si esperase que de pronto se quisiese echarla a andar,,impedir que prosiga su sustancia sin sustancia, su admirable galbana. No es tanto desidia o holgazanería, que también, sino algo mucho más hondo, de hondo calado metafísico. 


 Yo lo que ansío es la molicie. Tiene mala fama la molicie, palabra que procede remótamente de la griega "malakia", nombrando lo blando, lo suave, hasta lo débil, aplicados esos atributos al estado de la mar. De ahí se pasa al molities latino, que viene a ser una blandura, un desasimiento. En la creencia de que la etimología surgía del adjetivo malus (malo), los romanos trocaron el término y crearon "bonacia", de donde el castellano forma "bonanza". Alejados de la nomenclatura marítima, el vocablo ha comparecido con la instrucción de referenciar lo bueno, lo que procura serenidad o sosiego o, más atinadamente, puro bienestar, esparcimiento noble. Hay términos que devienen a la lengua por decisiones erróneas, más por afectos al espíritu que respeto al progreso mismo de los sufijos o los prefijos que la conforman. Se escucha poco molicie y entra en lo posible que acabe en ese limbo de las palabras en franco desuso. No creo haberla escuchado, aunque se podría aducir que es abundante su uso escrito. Fascina que haya palabras que se prefieren escribir antes que pronunciar. El que habla, se retrae en articular entradas del diccionario que considera abiertamente cultas. Cuando se airean, en las ocasiones puntuales en que se embravece el ánimo y se decide imponerlas al discurso, se les añade sinónimos, aclaraciones innecesarias o, llegado el caso, pedagógicamente necesarias. Si yo digo que amo la molicie en una conversación casual, puedo incurrir en la pedantería. Hago magro alarde de lo que no conviene alardear. 


Con frecuencia, la erudición semántica es engreimiento, vanidad, petulancia, jactancia, ostentación, lucimiento, soberbia, afectación, fatuidad, engolamiento o envanecimiento, cuando quien la perpetra (permitidme el verbo reprobable) tan sólo recurre al volcado más preciso entre todos los posibles. No es pretenciosidad, ni inmodestia, sino pulcritud, esmero, esa finura que delata un respeto a las mismas palabras y a su escrupuloso escrutinio de la significación. Así que declaro aquí mi molicie, esa blandura en el ánimo, esa comodidad tan frecuentemente confundida con la pereza o con la holganza o con la indolencia, que cultiva el espíritu y lo expande hacia el bienestar o hacia la contemplación de su esencia, sin otro oficio que el de la satisfacción. Es esta molicie mía un letargo productivo, una especie de ociosidad perecedera, de la que extraigo casi siempre provechoso fruto y con la que mantengo una relación fluida, sostenida durante años, refinada, en lo posible, pulida a conciencia hasta alcanzar ese estado de indiferencia que me conduce, las más de las veces, al sueño más armonioso, conciliado yo conmigo mismo, feliz y hospitalario con la vida.  



El verano no entiende de etimologías. Tampoco de honduras. En la superficie, al ras de las cosas, se vive bien. El verano es horizontalidad, visado superficial, recado vago. Ha habido tiempo y habrá para la prospección habitual. Quisiera uno pasar desapercibido. Quizá no desapercibido del todo, pero retirado de la rutina, a salvo del vértigo y de la fiebre con la que se manejan los días en ocasiones, conmovido por la pereza, obligado a contarle los secretos, afincado en su territorio pequeño, de susurros, de palabras que apenas se izan en el aire, caen y pierden una parte de lo que desean revelar. El verano, el que ya tengo aquí, rondando la ventana, quemando la acera, matrimonia bien con la pereza. O al revés. En esa querencia de cosas que ensamblan bien, yo escribo. No me sale nada que me exija mucho. Nada que me ocupe mucho. Está el texto, un poco traído sin gana, a pesar de su extensión, como comido también de pereza. Tal vez debiera haberlo aligerado, detraída la suma de lo accesorio, podada la parte magra, hecho sucinta expresión de algo que, bien contado, no tendría ni que ser contado siquiera. Este texto no debería existir. 

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Pereza

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