21.5.26

Jazz / 5 / Billie Holiday

 



Cuando nació Eleanor Holiday o Eleanor Fagan, su padre, Clarence, un guitarrista de jazz y trompetista frustado, un pobre hombre, como solía presentarse, tenía quince años. Su madre, Sadie, tenía trece y tuvo que aceptar un trabajo de camarera para cuidar de su hija. Nunca conoció a ese padre: conoció a muchos hombres que la tomaron como hija y ocuparon su lugar en el hogar familiar, que solía ser un cuartucho en la trasera de los bares o una habitación en una pensión barata. Cuando Billie tenía diez años, fue violada por un vecino. “Nunca tuve la oportunidad de jugar con muñecas” dijo una vez. “Comencé a trabajar cuando apenas tenía 6 años”. Se sabe que fue internada en un infame reformatorio católico. Pocos años después, pedía trabajo por locales de segunda categoría como bailarina. Esbelta, guapa, bien formada para su corta edad, zalamera, no tuvo problemas para engolosinar a los dueños, que veían en Billie el reclamo perfecto para los blancos ricos y para los pobres negros. No duró mucho porque Billie Holiday quería cantar. En Pod's and Jerry's, en el Harlem más oscuro, en la calle 133, consiguió su primer contrato. Unos veinte dólares a la semana. Más propinas. Cuando cantaba "Trav'llin' alone" la concurrencia dejaba de parlotear y escuchaba. Solo se oía ese tímido y característico ruido de cubitos de hielo tintineando en el fondo del whisky. Hay discos de jazz en los que se escuchan, pero nada como sentir esa pequeña música en un vaso de verdad, en un club de jazz de verdad.

En 1.933 Benny Goodman la vio cantar en uno de esos clubs, en uno cualquiera, no el más señalado ni concurrido, y la llevó a un estudio de grabación. Este primer contacto con el micrófono no evitó que siguiese frecuentando algunos locales de Nueva York. Iba de la barra al escenario y luego de vuelta a la barra. Tras Benny Goodman, fue la Orquesta de Teddy Wilson la que la adoptó como cantante. Hizo más de 70 grabaciones, realizó cientos de actuaciones, se formó una orquesta que llevaba su propio nombre e hizo giras exitosas por la Costa Oeste con Count Basie y Artie Shaw. Palabras mayores para una chica negra sin otro aval que su espléndida voz, plena (se dirá más veces) de matices y de verdad. Sus ídolos eran Bessie Smith y Louis Armstrong. Es la época en que se codea con las eminencia del jazz de la época: Ben Webster, Johnny Hodges, Bunny Berigan, Roy Eldridge y sobre todo, Lester Young, un tipo parecido a ella que tocaba con los mismos matices y con la misma verdad, con quien tuvo una relación por encima de las convenciones del jazz. Probó el cine en una película, "Symphony in black", delante de la orquesta del Duke Ellington. No muy a gusto como cantante de big bands, empequeñecida con la tromba sonora de la orquesta, decidió probar fortuna sola. Tenía ya las credenciales suficientes como para hacer lo que quisiera. Había desbancado a Ella Fitzgerald, como "mejor cantante de jazz" según las revistas del ramo y se la disputaban todos los locales de los EEUU. Era ya Lady Day. El mundo del jazz estaba a su servicio. Se había coronado. 


Por esa fértil época, firma con Commodore, un sello selecto, y graba lo que probablemente sean sus mejores canciones. Los nombres que vendrían después serían Norman Granz -el mejor productor de jazz del mundo, el promotor por antonomasia, el emperador de los contratos - Miles Davis, el propio Louis Armstrong, con quien actuaría en una película ( New Orleans", interpretando el papel de una sirvienta) o la sublime serie JATP ( Jazz at The Philarmonic, de la cual tenemos a mano excelentes discos), reservada únicamente para genios absolutos e indiscutibles. Esta es la biografía estrictamente musical. La accesible en cualquier enciclopedia.  Hay donde acudir, aunque también hay morralla, según he visto, para estar al tanto de la parte exenta de glamur, del caos que ocupó su vida, de la bajada al infierno, da igual cómo nombrar la miseria, ella siempre se persona convenientemente. Detrás está (siempre sucede así) la historia canalla, los episodios que marcaron su personalidad y modularon su voz en esa tesitura triste, en ese abandono dramático que ninguna otra voz ha sabido recrear nunca. Sus registros son únicos. Se la reconoce, hasta se puede hurgar en esa voz y dar con el dolor que la hace surgir, imponerse a la realidad y, con pudor, con llanto, contarla. Su sofisticación vocal, paradójicamente natural, no ensayada ni pulida, adquiría suspiros, atenuaciones, impulsos, gritos callados, inflexiones roncas calcadas de su adorada (y alocada) Bessie Smith y hasta un matiz casi infantil en el timbre que le daba texturas a veces dramáticas, otras amargas como la muerte y, en muy contadas ocasiones, joviales y festivas. Mucha culpa de este cambio en los registros vocales la tuvo Prez, su amigo Lester Young, el Presidente, un hombre triste, un perdedor como ella, un talento único como el que Billie Holiday albergaba, con el que compartió no solo primorosas jam sessions (históricas, mitológicas) en Harlem y a quien se entregó para que tutelara su ingreso en el olimpo de las diosas del jazz, sino una amistad sincera, una especie de hermanamiento en la desgracia, si se quiere pensar así. Lester la llamaba Lady Day. Billie lo bautizó President, luego, Prez. Ambos, curiosa y trágicamente, murieron el mismo año y víctimas de los mismos vicios. Estupefacientes. Heroína. Alcohol. Cocaína. Todo compuesto farmacológico que pudiera transportarlos fuera de un mundo que no deseaban, pero en el que estaban obligados a subsistir. Hay una canción ( I'll never be the same ) en donde ambos ejecutan las mismas notas. Uno al saxo. Otra con la voz. Gloomy Sunday, Strange fruit y Long gone blues fueron piezas maestras de esta química pura en todos los sentidos, el humano y el anfetamínico. La adicción a las drogas rebajó el caché de Lady Day. Su voz perdía la brillantez, pero el genio tiraba por otro lado y buscaba, en los rebajes, en la creatividad, en la supervivencia, el nuevo tono, una voz distinta que se adaptara a estos nuevos tiempos. Más míseros, adictivos y extraños. Casada y separada tres veces, Billie Holiday sufrió maltratos por parte de al menos dos de sus maridos. Uno ( Joe Guy, trompetista ) era cocainómano. El amor que ocupaba parte de sus letras (desamores más bien) no ocupó nunca ninguna parte de su vida. 


Al alma, cuando la asedian, la de Billie en igual medida que las demás, le da por convertir la necesidad en virtud. El artista, atrincherado en su decadencia, entenebrecido,  rinde más, hace que en la plasmación de su oficio se compendie mejor su quebranto, tal vez el quebranto de otros. Al arte se accede desde el dolor con más que providencia y lírico estímulo que cuando se arrima el júbilo o nos abraza la alegría. Lo tuvo, quebranto digo, con creces Billie Holiday. Dolor sin tregua, atenuado (es un decir) con las muchas adicciones, que la hacían lúcida y torpe, alegre sin propósito, en una estrepitosa espiral de destrucción. La imagino cantando en el Royal Albert Hall en Londres. Creo que no la sobrecogería el marco imponente, la suntuosa sofisticación victoriana, todo ese selecto y estirado público de la City poco acostumbrado al swing, esa fiebre negra que causaba furor en la otra orilla. Billie iba a lo suyo, iría a lo suyo. Se estaba mejor ahí arriba, mirando desde esa cima, altiva, imponente, en el escenario, dominando la escena, se estaría infinitamente mejor que en el Reformatorio de Mujeres o en la cárcel (a la que mandaron por escándalo, por posesión de drogas, por negra quizá también) o en alguna apestosa clínica de desintoxicación. En cualquier sitio mejor que encerrada. Mejor en el Carnegie Hall o en la calle 52. Hasta valdría algún tugurio de comarcal. En la barra de un bar. En la cama de algún músico recién llegado a la orquesta. Cada uno elige la forma de irse de esta vida. Algunos se dejan llevar y sobrellevan como pueden que sea el azar o el cansancio de los años los que les aparten. Otros se empecinan el elegir las armas del duelo. Prefieren excederse, confirmar eso de que vivir es siempre algo accidental y gris. El alma sensible confirma todos los pronósticos más extremistas. Al alma arponeada por los vicios más grandiosos se le fuga el numen, ese don invisible, se pierde más aceleradamente, termina arrumbada en un callejón, expuesto el cuerpo que la cobija como un fardo andrajoso. Como Poe. Como Baudelaire. Como todos los grandes poetas y los grandes músicos que sacrificaron el equilibrio (qué importa el equilibrio) para pasearse como funambulistas por el alambre resbaladizo de las horas. Billie Holiday, caída en pura desgracia, graba en 1.958 con esa pinta de absoluto abandono. Fondona, rebajada físicamente, moriría un año más tarde, mermada en registros, abandonada por los dioses, quemada por dentro y por fuera, entre la indigencia y el fatalismo. Billie Holiday, en estas fotografías, es la dama venida a menos, sí, pero exhibe una nobleza visible. La he visto en Chavela Vargas. No en Amy Winehouse, que se desquició antes de que su talento descollara como se preveía y se le diera la aureola de diva. Billie Holiday era la gran señora del jazz, con permiso de Ella Fitzgeral y de Sarah Vaughan. Su vida, sin embargo, se distanció de lo que hubiese querido la abnegada parroquia de adictos a su voz quebradísima, frágil, elocuente en donde la versatilidad (el fluir armónico, el roto por debajo de la armonía) narra cosas y las narra hinchadas de tragedia y de verdad. En la voz de Billie Holiday hay mucha verdad. Está el destrozo de un pueblo, el negro, el suyo, y está el blues o el jazz o ambos como expresión de ese sentir. Sale uno aseado y feliz de estas travesías por la bellleza. Le queda la secreta impresión de que quien nos invitó al viaje se perdió en los preparativos, se sacrificó para que nosotros pudiéramos comprender. El arte entero es un ejercicio de sacrificio. Alguien se vacía para que otro, ajeno, invisible, se llene. Rilke lo dejó escrito con más atino: "Todo a lo que me entrego se hace rico, dejándome a mí pobre".


Solía lucir gardenias en su cabello mientras cantaba en los clubs, que era donde verdaderamente ganaba dinero. Provocadora, promiscua, solía estar desnuda en su camerino. A Lester Young le molestaba ese exhibicionismo. No te traerá nada nuevo, pudo decirle. Debes contenerte, también. Las compañías de discos la engañaban, nunca tuvo a nadie que mirara por ella, que la defendiera, tan necesitada de defensa como estaba. Nunca se lucró por los abundantes materiales grabados que hiciera bajo distintas compañías. Con el final de la guerra, llegó su declive absoluto. Curas desintoxicantes en buenas clínicas (pagadas a veces por aficionados ricos, temerosos de que su musa del jazz se les fuese o por otros músicos) y cuando el dinero escaseaba o nadie se lo prestaba tuvo la soledad de su habitación, la del hotel que fuese, ese santuario en donde podía beber sin que nadie la molestase. Detenida por la policía muchas veces, Billie Holiday nunca volvió a subirse a un escenario como la Reina del Jazz.  La revista Metronome, la biblia del género en aquella época, la recordó nombrándola nuevamente Mejor cantante de Jazz en 1.945 y 1.946. En esa época, renacida, curada de nuevo, grabó con Columbia los mejores temas de su carrera. Body and soul. Sophisticated lady. I've got you under my skin. En 1.958, con su salud ya irremediablemente pertrecha, regresa a Europa en una gira. Fue un sonoro fracaso. Murió en la habitación 6A1 del Metropolitan Hospital de Nueva York custodiada por un par de policías que debían vigilar que no consumiese heroína. Estaba atada a la cama. También se llamaba Metropolitan el club donde en 1944 cantí I love my man. Nunca hubo ningún hombre, estuvieron todos, la amaron todos, la perdieron todos. Era la fruta extraña, rememorando la inmortal canción que escribió Abe Merepool al ver una fotografía en la que tres negros aparecían colgados de la rama recia de un árbol. Billie no comprendió en un principio la letra, la cantaba embutida en el repertorio, como una canción más. Luego, una vez entendida, la hizo suya. Ninguna voz podrá cantarla como ella. 

No hay comentarios:

Jazz / 5 / Billie Holiday

  Cuando nació Eleanor Holiday o Eleanor Fagan, su padre, Clarence, un guitarrista de jazz y trompetista frustado, un pobre hombre, como sol...