Pannonica de Koenigswarter (Kathleen Annie Pannonica Rothschild de Koenigswater, no me dejen solo al volver a escribirlo) vio morir a Charlie Parker y a Thelonius Monk. Los había acogido en su casa, una suite en un hotel en la Quinta Avenida de Nueva York por la que desfiló el mejor jazz del siglo XX. Pannonica tenía dinero para pagar todas las suites de todos los hoteles de Nueva York. Charles Rothschild, su padre, era un eminente banquero inglés, más por tradición familiar que por vocación. Lo que verdaderamente le hacía vivir era la entomología. A su hija le puso Pannonica por una mariposa a la que adoraba. Cuando pequeña, en la época en que parecía una princesa de un cuento, la retuvo en un castillo lleno de obras de arte. Luego se suicidó. Nica (así se dejaba nombrar) no tardó en abrirse paso, en inclinar la vida a sus caprichos, en ser una hermosa anomalía, una excentricidad maravillosa. Una mariposa no puede estar encerrada en un torreón. El jazz hizo de aire para sus vuelos. La aristocracia británica no la contentaba, no cubría sus expectativas, no casaba con su personalidad libérrima.
Jules Koeningswater era un barón ruso que amaba pilotar aviones y del que sabemos que se prendó de Pannonica por tener esa misma insólita afición. Se casaron en 1935 y se separaron en 1952. Eran ricos y eran judíos. Jules sirvió a De Gaulle contra las hordas nazis en la Segunda Guerra Mundial y se ocupó de la embajada francesa en algunos países africanos. Inquieta, de una actividad rayana en lo enfermizo, la señora Koeningswater se alistó en el ejército de De Gaulle y luchó junto a su marido, llegando a ser locutora de radio, conductora de ambulancias y teniente al mando de la logística en el norte de África. Tras el conflicto, Pannonica vio cómo los Rothschild embocaron un más que severo proceso de decadencia económica: bienes requisados por los dos bandos, los nazis y los franceses. Aburrida, cansada de esa vida itinerante, carente de estímulos, decidió residir en Nueva York. Era la ciudad perfecta para un espíritu inquieto como el suyo. Con apasionamiento, con el entusiasmo del asombro perenne, con la voracidad de un hambriento, se convirtió en la dueña de las noches de la aristocracia, en la gran señora de la vida urbana, la de los salones fastuosos de la alta sociedad en los que departir sobre filosofía o incendiar la convivencia de la élite con cualquier chascarrillo que escuchara. Fue (además) una defensora a ultranza del mundo de los negros. Por muchas razones, por ninguna. Por lealtad al ser humano, por tener algo contra lo que luchar. Lideró muchas pequeñas batallas, las domésticas y las públicas, por la dignidad de esa raza en los Estados Unidos. Quería sacarlos de su precariedad económica, ofrecerles un futuro en el que no precisaran drogarse, en el que la violencia policial no los tuviera más tiempo en la cárcel que en las calles, que eran otra cárcel. También se hizo musa y protectora del jazz de la época, del bebop. Esa es la historia a la que prestamos atención. Era un figura totémica para ellos: les daba seguridad, estabilidad laboral, protección legal, apoyo emocional, incluso refugio doméstico.
La baronesa lo dejó todo por amor, como en tantas canciones, boleros mayormente. Cuentan que camino del aeropuerto, se paró en casa de un amigo, el pianista Teddy Wilson. Este le puso el disco de Thelonius Monk en donde atacaba Round midnight. Fue un deslumbramiento que le hizo no coger el avión, dejar al barón ruso y a sus hijos y dedicar su existencia a que Monk le tocase piezas de jazz en exclusiva, cuando se lo solicitase, como un aplicado trabajador que se ocupase de mantener su cabeza llena de jazz. Antes de esa acogida sublime, tuvo la fortuna de coincidir en París con Monk. Se lo presentó Mary Lou Williams en el concierto de la Sals Pleyel. Era 1954. Esa amistad (más seria) duró casi treinta años en los que no había más genio que Monk en este mundo a ojos de la fascinada baronesa. Esa relación tan extraordinaria no impidió que Thelonius se casara con Nellie, por lo que los conciertos privados crecieron en público. Ninguna de esas circunstancias (las del matrimonio, la de compartir al genio) le preocupó lo más mínimo a Pannonica. Siguió con su patrocinio a tiempo completo hasta que el pianista murió. Ninguno de ellos alentó una relación amorosa. Era el arte cuanto anhelaban. En el sepelio de Monk, la prensa hacía fotos de "las dos viudas", sentada una al lado de la otra, en el mismo banco de la iglesia. Hasta se tenía de ellas la idea de que consentían ese matrimonio extraño en el que un hombre es adorado por dos esposas.
Pannonica era la puta de los negros, ese era uno de los insultos más repetidos. A Monk no le importaba otra cosa que no fuese su música. Monk era un artista introvertido, un gigantón de casi dos metros y ciento cincuenta kilos que tocaba el piano como si fuese un ángel liviano, un iluminado al que una fuerza mágica le hiciera mover unos dedos delicados (incluso en la fiereza de su desmedido tamaño) por las teclas y hacer poesía. Eso de ser un tipo tan enorme y hacer unas cosas tan extrañas (tocar jazz, adornar su cabeza con esos sombreros tan insólitos y vestir como un dandy arruinado y digno) le granjeó no pocas enemistades: blancos, en su mayoría, que detestaban el jazz, y policía de blancos, que no tardaban en pillar marihuana en las maletas del músico o en el Bentley de su protectora. En alguna ocasión, para evitar que le retiraran la licencia que permitía a los negros tocar en cabarets y en antros de comarcal, fue precisamente Pannonica quien se declaró dueña de la mercancía. No siempre fue útil el ardid: Monk perdió la licencia un par de veces, lo que no significó que no tocara. El Monk clandestino, el genio regalando inspiración y huyendo después, a lomos del imponente Bentley azul plata por los estados pobres de la Unión. Una de las cosas que más le gustaba a Pannonica era montarse en su coche millonario, descapotable y cálido, y recorrer los clubs de jazz neoyorkinos. Le encantaba cerrarlos, meter dentro al genio que más la hubiera impresionado esa noche y fotografiarlo con su Polaroid. De hecho la colección de instantáneas que hizo la baronesa pasa por ser uno de los mayores y más hermosos bancos de imágenes que nadie haya hecho a propósito del jazz y de sus artistas.
El título de baronesa no le disgustaba a Pannonica. Esa manera de llamarla era muy de su agrado. En las fiestas de sociedad, entre humo de cigarrillos caros, copas y pompa sin circunstancia, pedía que la llamaran así: "Baronesa". En privado, en sus jam sessions, era Nica. Algunas de las más deslumbrantes piezas del jazz están inspiradas directamente en ella. La mejor (Pannonica), la entregada por Thelonius Monk. En 1954 la baronesa deja París (verdadero hogar, en el fondo, cuando se cansaba del trajín de la Gran Manzana) y se instala con su hija favorita, Janka, en el Stanhope, uno de los mejores hoteles de Nueva York. Los otros cuatro hijos quedan al cuidado de su esposo, del que se había separado poco antes. Prendada del jazz, eso no cambió nunca, comida por su lujuria, acoge a la élite de músicos caídos en desgracia. Bud Powell, un tipo triste y depresivo, adicto a los estupefacientes, durmió en esa suite más de una noche. Oligofrénico y epiléptico, Coleman Hawkins, el saxo que rivalizó con Lester Young en el trono del jazz, encomendó a la baronesa la delicada misión de soportarlo y conducirlo de escenario en escenario, entre las recaídas en el alcohol y las convulsiones habituales. Horace Silver, Kenny Drew o Sonny Clark, a los que no se les conoce adicción que la baronesa pudiera paliar, fueron también visitas habituales del Stanhope. Pannonica siempre hacía a sus músicos la misma pregunta: ¿Cuáles son tus tres deseos? Su idea era publicar un libro en el que las fotografías ilustraran las respuestas. No consiguió ver ese sueño realizado en vida, pero una editorial francesa (ignoro si hay una edición en español) ha dado luz al proyecto, eso leí no hace mucho. Es el libro ideal para un friki del jazz. En algunas páginas de la red se lee la famosa frase de Miles Davis, su único deseo: Quiero ser blanco. John Coltrane pidió tener tres veces la potencia sexual de la que disponía y más amor en el mundo. Monk pidió que nunca le faltase una buena cama y buen piano cerca. Sonny Clark quiso tener siempre disponibles a las mejores putas del mundo. Charlie Parker pidió estar sano y que nunca dejara de tener alma para tocar su saxo. La Baronesa cuidó que ese deseo se cumpliese. Lo que debería haber sido el regreso triunfal de Bird a su club, el Birdland, fue una celebración del desastre más absoluto. Charlie llegó tarde. Tarde y muy borracho o muy drogado, serán la misma cosa, al cabo. Bud Powell, el pianista de la banda, amenizando la espera, liquidó el whisky reservado a los músicos. Charles Mingus, el contrabajista, anunció al respetable que se suspendía el concierto. Lo haría encantado. Pocos músicos más responsables y nobles que el contrabajista mestizo. Nadie vio a la banda ensalzarse en una de las muchas disputas que tenían, pero todos imaginaban que Bird no volvería a tocar. Fue así. Era la época en la que el músico estaba más hundido. Había vendido su saxofón para comprar alcohol y había vendido su alma en el trueque. Ya no era Parker. Era Bird. El mejor músico de jazz vivo. Al dejar a su banda en el Birdland cogió un autobús que debía llevarle a Boston donde tenía un contrato en vigor. Nunca llegó. Se quedó en la suite en donde Pannonica, sin saberlo, le esperaba. Le pidió agua con hielo y paz. La baronesa le enchufó la tele y llamó al club de Boston para cancelar la gira. Emitían un programa en el que Tommy Dorsey, trombonista de fuste entonces (el jazz blando, el músico sin hondura, el jefe del swing blanco, el padre artístico de Frank Sinatra) ejecutaba algunos standards. Entre uno y otro emitieron un sketch cómico. Charlie Parker murió riendo. El ataque fue fulminante. La risa, convulsa, extrema, a decir de la propia baronesa, que lo oía desde lejos, lo derribó. El doctor certificó su muerte a las ocho de la tarde del 12 de marzo de 1.955. Ella siguió haciendo lo que más le gustaba: ver a sus sesenta gatos ocupando todas las estancias de su mansión mientras ella ponía discos de jazz.
En 1982 Thelonius Monk moría en una villa de la baronesa, Cathouse. El mecenazgo tocaba a su fin. Antes había estado diez años recluido en su mansión, enmudecido, hablaba con monosílabos, apenas mantuvo una conversación seria, interesada. Al parecer, al despertarse cada mañana, se vestía con ceremonia, se anudaba la corbata y se colocaba algún sombrero, se miraba al espejo, paseaba unos minutos por la casa y volvía a acostarse. Alejado del circuito del jazz, sin interés en tocar una sola nota hasta que falleció al sobrevenirle una hemorragia cerebral aguda. Sólo, perdido. Qué hizo en esos diez años es algo que me he preguntado algunos veces. ¿Qué es lo que hace un genio de la música cuando ya no tiene música? Esos diez años (años atrás) fueron objeto de un mal cuento que ahora estará por ahí perdido, en el trastero en donde arrumbo lo que no estoy seguro de poder tirar. Hay muchas cosas que uno jamás tira. Las guardamos en un trastero o las custodiamos en la memoria, que es una especie de trastero falso por donde entran y salen objetos y palabras, emociones y olvidos.
Vuelta a Nica: sus cenizas fueron esparcidas por las aguas del río Hudson. Antes de ese desenlace simbólico, había superado un cáncer y una operación de corazón. En la misa una banda de jazz tocó standards y hasta hubo bailarines de claqué. Pidió que las arrojaran a medianoche (around midnight) mientras sonaba la inmortal pieza de su querido Thelonius. Para Julio Cortázar, Pannonica es la Marquesa Tica en su cuento El perseguidor.

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