28.5.26

Jazz / 8 / Sonny Rollins



En noches como esta

una hemorragia 

cándida y dulce vacía mi cuerpo. 

Desaloja primero la voz, 

luego me extravía en el hueco del sueño. 

Ahí hago sutiles navegaciones elementales, cubro distancias de azúcar, 

paisajes de luz sin fijar todavía 

en el temblado aire, extensiones 

que a mi paso se ondulan y arquean, 

adquiieren la sustancia de la niebla, 

progresan enfebrecidas, 

se pierden en una línea 

y súbitamente aparecen luego en otra, 

libres, turgentes, plenas, 

respirando ya sin cordel que las fije.

Hay con qué apaciguarse aquí. 

He dado con la cualidad del silencio. 

Sostiene el peso del ruido. 

Oigo crujir la ciudad. 

Puedo entender su padecimiento. 

El mío es similar al suyo. 

Tengo una ciudad en el pecho. 

Tengo que limpiar mi alma.

Por eso toco bajo la lluvia. 

Estoy bien, estoy pagando un peaje.

Llevo dos años viniendo. 

Toco solo, siento solo.

Nunca seré John Coltrane. 

Nunca serás John Coltrane. 

Primero se acercó un periodista. 

Guardó lo que pudo el secreto. 

Un gigante con un saxo 

bajo un puente de Brooklyn. 

Quiso aplazar la invasión. 

El advenimiento del fin. 

Acabaron llegando. 

Es Rollins, el tío que tocó con Thelonius, 

con Miles, con Dios mismo 

si hubiera nacido en Harlem. 

No les increpo. Vienen a ver tocar 

al hombre desnudo, todavía por terminarse. 

Está uno a medio hacer siempre. 

Da igual que tenga estos treinta años 

o se me conceda llegar a los noventa y cinco. 

Está la lengua flambeada de vértigo 

y solo soy Sonny Rollins 

bajo el puente de Williamsburgh

soplando como un condenado

la melodía del tráfico de arriba. 

A veces creo que traduzco el caos. 

Mirad al músico que lo tuvo todo

y se retiró a tocar solo. 

Escuchad su vieja liturgia. 

Tiene la mirada emboscada y turbia. 

La boca se acopla al instrumento. 

Le exige la cuenta del pulso infinito. 

Lo interroga sin escrúpulos. 

Hace que la misma respiración de la tierra 

sea negra, sea pura, sea bop. 

Sabe qué tuvo que perder,

sabe que volvería a renunciar a todo. 

Dejar el Lower East Side, caminar 

las calles, dar con el río, perder

el ruido de las cosas y encontrar el propio, 

el de la sangre conversando con el aire, 

el del corazón intimando con la luz. 

No hay nada más que música en el alma. 

Como un acto de fe. 

Como un salmo. 

Como la historia más hermosa del jazz. 

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