7.5.26

El oficio de vivir

 Siempre hay una noche en las afueras,

un blues decadente en una barra de bar, 

un resto de bourbon en el vaso,

trenes de algodón que descarrilan

en las últimas páginas de un sueño.

Las nubes están tocadas de tragedia,

La tierra invita a su habitual ración de espanto

con la que advertimos la zanja de los días,

el narcótico beso de las noches. 

El aire está obsequiado de nostalgia.

Uno predice el abismo, lo acaricia, ciego.

Hay abismos predecibles, corazones vacíos.

La caligrafía precaria de las horas

herrumbra la luz en las sílabas,

pero la luz codicia siempre extravíos nuevos,

caballos que meditan perderse en la tormenta,

palabras que ultiman sus últimas voluntades.

He aquí el festín carnoso de los días.

Yo soy el arquero ciego de las noches.

Escribo el atlas de la tristeza, 

registro el peso del mundo. 

El dueño del bar nos anuncia que cierra.

Volvemos a casa con el silencio dentro. 

Como una música. 

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