Negra, deslenguada, feminista, promiscua, pobre, bisexual, atea y alcohólica. Ella no lo desmentiría. Hasta engordaría el listado. Tal vez fuese todas esas cosas y se aplicara a ellas con empeño, para que constara en su biografía algo parecido a la perseverancia. Bessie Smith es la quintaesencia del padecimiento y de la terquedad por apartarlo. Bessie fue también la emperatriz, la gran dama del blues antes de que el género de los tres acordes se electrificara y las leyendas del diablo en los cruces de caminos conversando con los necesitados perdieran predicamento. De familia extremadamente pobre, sin partida de nacimiento que fije la fecha en la que vino al mundo, padres fallecidos cuando Bessie era muy pequeña, la última de siete hermanos, tuvo que aprender a ganarse la vida cantando junto a un hermano, en la calle, emulando a la inmensa entonces Ma Rainey, en cuya banda acabaría entrando, o bailando con inocente procacidad para que los blancos se acercaran y echaran uno centavos al cestillo. Salió de esa vida ambulante y pasó a otra, la de los minstrels, que eran espectáculos entre lo circense y lo metafísico, cosa de cómicos, actores blancos ,en su mayor parte, tiznados de negro, con números de ópera bufa, con curanderos del tres al cuarto que vendían medicinas mágicas y recitaban cantos religiosos y espirituales negros. Cuando el vodevil no le dio más fama que la de los habituales de los burdeles y de las timbas de póker, Bessie razonaba, en su corta prospección del futuro, que contaba más grabar tres canciones en un estudio de grabación que cantar treinta en un garito noche tras noche, entre borrachera y revolcón, esperando que alguien la sacara de esos tugurios y se la llevara a las grandes salas de la gran ciudad. Ese alguien fue un productor de la Columbia Records. Por esa época se le cruzó Jack Gee, un segundo marido: el primero murió a poco del enlace. El maltrato y las infidelidades mutuas se sucedieron; tal vez su anhelo de corregirse, hizo que su temperamento volcánico no resolviese más expeditivamente un finiquito satisfactorio: en el fondo, ella lo dijo muchas veces, le gustaba la briega, ese aire de tormenta en el cielo, más que el sol meciendo el algodón de las nubes.
La fama llegó pronto. Se codeó con todos los músicos varones del género, grabó con ellos y aparecía en los carteles de igual a igual. Combinó jazz, swing y mucho blues. A Louis Armstrong o Fletcher Anderson les pareció que debían hacer discos con ella. Esa iniciativa no impidió que hasta treinta años después de su muerte, acaecida en 1937, por el interés de Janis Joplin, su sepultura no tuviese la dignidad que exige cualquier muerto. Antes de que la tierra la acogiera, Bessie exprimió la vida. Eran los felices años veinte. Luego llegó la Gran Depresión y la industria fonográfica, junto con el grueso de las demás, se vino abajo, por lo que Bessie regresó a su espectáculo de clubs de poco o ningún fuste, se casó con el timador y se rindió a la evidencia de que una vida miserable en la que pudiera beber a morro de las botellas y acostarse con cualquiera era mejor que no tener nada que echarse a la boca ni nadie con quien darle a su cuerpo (grande y agradecido) un buen repaso. Cantó con descaro. Sus letras (muchas eran suyas) contaban las penurias de los negros, sus anhelos, toda esa liturgia de la redención y del pecado que era tan grata a los oídos de quien no tiene nadie que le cante. Sin embargo, ella fue la que careció de alguien que la confortara, un hombre (daría igual que fuese una mujer) que la consolara cuando volvía a casa (cualquier cosa era una casa) después de haber estado días por ahí, bebiendo, alternando, intimando con la desgracia, rota como una muñeca que no ha estado a cubierto cuando arreciaba la tormenta. La fatalidad se cobraría su peaje con ella. Lo haría, antes o después. Todo conducía a que esa vida tuviese un final dramático. El Packard en el que Bessie se dirigía a un concierto en Clarksdale embistió a un camión. Un amago de suerte hizo que esa fatalidad se retractara: un médico que asistió a la colisión le dio los primeros auxilios, quién sabe si salvadores, pero esa suerte se debió aburrir o la adversidad tomó ventaja, tampoco podemos saber eso. Al médico acabó arrastrándolo varios metros otro coche que no se apercibió de que el buen hombre, samaritano y cualificado al tiempo, estaba empleado en recuperar la vida de la pobre Bessie. No pudieron hacer nada en el hospital. Esta vez estaba rota por dentro de verdad: no interviene en esta descripción ninguna herramienta moral, nada de lo que pudiera padecer antes. La historia menos consistente, la perversa, tan frecuente eso, tan grato a las maniobras de las habladurías, refiere que su condición de negra malogró que la atendieran dignamente. La parte benigna de la historia niega que sucediera tal cosa. No se pudo haber nada, era mucho el daño. Ese fue el fin desgraciado de la emperatriz del blues. Acudieron más de 70000 personas en el entierro de Bessie Smith en Filadelfia. Quedarán unas doscientas canciones en diez años de carrera, si es que esa palabra cuadra a la actividad de esta mujer indómita, de voz dramática, de arrestos suficientes como para batallar contra la pacata sociedad en la que vivió. Billie Holiday cogió los trastos de tragedia que ella dejó en esa carretera rural. Este agradecido escribidor de sus vicios la escucha siempre con una brizna de sobrecogimiento. Basta escuchar esas letras (algunas suyas, tristemente verídicas, verosímiles, en todo caso) para sentir una congoja, un roto, un llanto muy tímido, un estrecimiento. Hablaban de la vida, como todas. La suya fue un vértigo de penurias y de jolgorio. Esos dos extremos hermanados. Como suele pasar. La traición, el llanto, la segregación, el abandono, el alcohol, el sexo, el orgullo, la dignidad, el dinero, la vulnerabilidad, el fatalismo. Todo servido con absoluto magisterio.

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