20.2.26

Nadie está del todo solo / Los cuentos del agua / Fernando Molero Campos





 Probablemente haya una cara A y otra B, como en los discos de vinilo, en todo lo que hacemos, en la vida que llevamos, en la que esperamos. Esa partición, simbólica, evocadora, no siempre funciona. En ocasiones, la A, digamos la parte realista, la que se adhiere a un procedimiento cartesiano, se impregna de la B, la más dotada de una ficción sin compromiso con la realidad, que se deja convidar por lo fantástico (hasta por lo fantasmagórico) y por cierta tensión narrativa rayana en lo inverosímil, en lo que despertaría la incredulidad, bendita ella. Lo primero que llama la atención en el libro de cuentos que nos ha regalado Fernando Molero Campos es que esa escisión, dividir la colección de relatos en A y en B, dar esa arquitectura más topográfica que sentimental, no sea, pese a la contundencia de su propósito, verdaderamente fiable. Tampoco la vida arbitra compartimentos estancos, habitaciones en las que nada ajeno a ellos las habite: todo está imbricado, todo es una misma cosa, aunque nos agrade disponer de una serie de certezas y manejarlas como si fuesen axiomas, discursos taxativos, como una especie de normativa sobre el modo en que se supone que debemos vivir. La literatura, la de Fernando lo hace espléndidamente, permite que esas fronteras no sean sólidas y se nos permita, al leer, al permitir que otras vidas ocupen la atención de la nuestra, acceder a un estado de bienestar absoluto, uno en el que no nos importe qué es real, qué no. Esa es la primera conclusión después de haber leído (diré que degustado) "Nadie está del todo solo", el volumen de cuentos de un señor escritor como Fernando Molero Campos. 

Leer debería ser siempre esto. Está aquí el cuento tomado como un artefacto delicado, está atravesado de respeto hacia todos los cuentos, hacia la naturaleza promisoria del hecho capital de contar y de que lo contado cunda, permanezca, adquiere consistencia conforme lo leído cala, hasta que la misma realidad (doy fe de eso) remite a algo que se ha sabido no por ella, sino por el modo en que los cuentos la ofrecen. Eso hace, permitidme todos los elogios, esta sincera conversación conmigo mismo, este decir entusiasmado. De hecho, leyendo estos cuentos se me ha hecho recordar esa idea antigua, fundacional, en la que la lectura era una cancelación pura de la realidad y el sostenimiento vigoroso de una realidad alternativa, siempre deleitable. He usado adrede ese adjetivo: hay deleite en el obsequio que uno se da cuando comparece esa literatura, la posiblemente única verdadera, la que nos reconcilia con algo inherente a nuestra condición humana: el desear saber, el dejarnos contar, el aceptar que alguien tiene un don y hemos sido convocados a su comparecencia. Fernando lo tiene. Lleva toda la vida puliéndolo. Se advierte un cuidado en la sencilla (debe serlo) rendición de los acontecimientos que ocupan la trama de sus historias. 

Vamos a meternos en honduras. ¿Qué cuenta Fernando Molero Campos? ¿Sobre qué materia aplica su oficio? Hay una determinación temática que atraviesa todos los cuentos. He pensado que no es solo la soledad a la que alude el título. Nadie está del todo solo, es cierto. Es una buena manera de combatir la soledad, por minúscula que parezca, por inapreciable o incluso por devastadora, la que se manifiesta en esa declaración: siempre hay un resquicio, por ahí debe entrar la luz, como escribió Hemingway. Que todos estamos rotos se da por hecho. Que podemos atenuar la dureza de esa circunstancia o sublimarla hasta convertirla en un asidero o en un refugio dependerá de qué hagamos, de cómo nos avituallemos, de la reciedumbre del carácter o de la conformidad (hermosa a veces) con lo que hemos hecho con nuestra vida y las pocas (nulas también) ganas de que se debiera cambiar algo. Para qué, con qué propósito. Yo he visto una visión hedonista de la soledad en estos cuentos. La urdimbre de las tramas tiene suficientes evidencias de que el autor (generoso con sus personajes, a pesar de los obstáculos que les coloca en su camino) anhela sacarlos a flote, darles una oportunidad, aunque no siempre parezca que sea la que uno, al leer, desearía para sí. Es lo hermoso de la literatura: hacernos ser otros, cambiar el modo en que miramos, en que entendemos, en que somos. 

Hay cosas extraordinarias en los argumentos de todas las piezas de "Nadie está del todo solo". El anciano perdido en "El laberinto de espejos" no sabe que está entrando en la dimensión desconocida, en la memoria del tiempo, en su perseverancia, en (tal vez) su compasión. Porque el tiempo, protagonista relevante, aunque discreto, sutil, ocupa la atención del escritor y lo invita a que explique lo que probablemente ni él mismo sepa. No habrá que pedirle a Fernando Molero que hable sobre sus cuentos. Podrá hacer que comparezcan los motivos por los que se animó a escribirlos, el oficio a la hora de pulirlos, de censurarlos, de darles cuerpo, pero qué sabrá el autor sobre lo que está contando. Tampoco sabríamos dar una respuesta cabal si se nos preguntara sobre nosotros mismos, sobre qué hacemos aquí o el porqué de nuestras acciones. En "El teléfono rojo", tenemos un teléfono averiado que pone al que lo usa al habla con el pasado es un prodigio (sencillo, en el fondo, como deberían ser los prodigios), un emotivo homenaje al amor cuando el amor (por la ausencia de quien se ama) ha desaparecido. Voy a insistir en que la naturaleza fantástica de todos estos argumentos está construida con mimbres de una realidad cartesiana, manejable, conocida. Los personajes que aparecen en todos ellos son también sencillos, sin que esa aparente sencillez (no lo hay, de verdad que no lo hay) descuide un más que trabajado estudio de las emociones. Todo está gobernado con un pulso narrativo firme. Se sabe desde qué se empieza (cualquier cosa vale, el escritor puede desarrollar su historia desde la cosa más irrelevante) y cómo va a terminar. Ignoro, tendremos el autor y un servidor que hablar a ese respecto, si el nudo y el desenlace surgen porque la escritura los extrae a su antojadizo capricho o porque hubo un trabajo responsable, un traer las piezas precisas para que todo más tarde ensamble, fulja. 

No hay un cuento malo en esta colección. Muchos tienen premios concedidos y están aquí compilados. Todos exhiben una especie de musculatura apreciable. Se percibe a poco que el narrador (homodiegético, heterodiegético) se viene arriba y va comprobando (imagino que será así, yo lo he sentido algunas veces en algunos -pocos- cuentos que he escrito) que todo fluye, que funciona, que tiene futuro. Hace bien el autor en no concederse una voz omnísciente: cuando recurre a la tercera persona lo hace con pasmosa fijación en un personaje. Sucede invariablemente, pero ahora me da por recordar "Muñecas rusas", un cuento de matriovska y de venganzas rurales, escrito en un presente determinativamente trágico. Sucede en "La biblioteca del agua", creo que mi pieza favorita. No porque exhiba una escritura más depurada o porque su desenlace se haya fijado con más vigor en mi agradecida memoria, sino por la metáfora maravillosa del agua como creadora, del río como fuente y motor de la vida, como demiurgo, como inspiración. Tiene habilidad Fernando Molero en cerrar sus cuentos. Yo creo que imagina esa escena. Piensa en Esther, la mujer de Basilio, el escritor protagonista de "La biblioteca del agua", "sensual y perfumada como una diosa", aguardándolo en la cama para que la ame. Entonces la cabeza del escritor Molero Campos empieza a contarse la historia hacia atrás hasta que de pronto, será así, de improviso, da con un inicio. 

Qué cuidada es la escritura, qué español más limpio, añado ahora. No precisa frases largas, de esas que a mí tanto me gustan, ay. Los enunciados son a veces cortantes, no hay ninguna subordinación que exaspere. Todas esas emociones que hace vivir a sus personajes deben expresarse con contención. Si alargase las frases, si extendiese el roto que los hace padecer, la enfermedad con la que conviven, quizás se desmoronaría la credibilidad a la que se suele confiar la lectura. No hace falta, no obstante, creerse nada: hay que dejarse engañar, hay que esperar lo imposible. Que, en "Los breves encuentros", homenaje a la maravilla película de David Lean, dos enternecedores fantasmas enamorados se cojan de la mano para ver en un viejo cine abandonado las películas con las que vieron nacer (oh, hará cuánto) su amor. Que otro fantasma (se sabe que lo es, no hay intriga en eso) se deje habitar por las casas en las que permanece y en las que espera encontrar el calor humano del que adolece en el cuento "A quienes me habitan". Que alguien ("El escultor de golondrinas") no se inmute cuando la muerte lo cerca, lorquiana ella, por muchas razones, y se convierta, en su último acto, ala que festeja el vuelo, déjenme que me ponga poético. "Y para asombro de todos, fue, en el cielo, golondrina". Los personajes no buscan una épìca, sino un lugar en el mundo. A eso aspiran. 

 Siempre pensé que escribir un cuento consistía en no contarlo del todo, en no contar todo, en quedarse con cosas, en callar, en ir restando en lugar de aplicar continuamente una adición de circunstancias. Esa razón, otras habrá, hace que se paladeen estos cuentos también. Desprenden amor a la cuentística, al supremo recado de contar para que otros sepan. Hay amor a todos los cuentos que el autor ha leído. Tendrá el respeto requerido, doy fe de eso; tendrá hacia el invisible lector un respeto insobornable, el de alguien que maneja con amor los instrumentos de la literatura. Yo sé que el autor, hemos compartido lo suficiente como atreverme a decirlo, es un hombre de letras, de fotogramas, de cualquier cosa en la que haya algo que se cuente. Ahora el lector de esta reseña debe leer "Nadie está del todo solo" y dejar que cuente quien sabe. 

Y no puedo cerrar este escrito sin hacer mención a la portada, estupenda ella. La hace Carlos Arrabal Mantilla. Y el autor tiene el detalle de contarnos en la solapa interior quién es. Lo que más me gustó, aparte de la ilustración, es que en los libros que se ven en las baldas aparezca mi adorado "Watchmen". 



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