Quién no esté saturado de Uclés que tire la primera piedra. No se me tome la cita bíblica al pie de la letra, por favor. Lo de este hombre me recuerda al primo de un amigo mío: no había sitio al que fuéramos en donde no estuviera, daba igual que fuese un paseo por las avenidas del centro de la ciudad o alguna taberna escondida, pequeñita, lejos del bullicio. He estado al margen de la algarabía alrededor de David Uclés por no haber leído todavía "La península de las casas vacías". Aunque se me zahiera por lo que voy a decir, creo que no la voy a leer: se me ha atravesado el libro, el autor, la paja y el grano. Estoy al tanto de los méritos narrativos, de su pericia al urdir un tocho y ensamblar todas las piezas que lo componen tan habilidosamente: un excelente texto, en su día, de mi amigo César Rodríguez de Sepúlveda me abrió los ojos, aunque luego se cerraran, claro. Salgo de mi silencio por lo de los libros de cuentos. Yo creo que a Uclés se le ha subido el éxito a la cabeza o a la boina. Que se ponga cualquiera en su lugar. De la nada al estrellato. Del acordeón en la bohemia París a llenar el Bernabéu como si fuese el mismísimo Springsteen. No tengo nada contra su fama, no me mueve algún tipo de envidia que pugne por hacerse valer y de la que él salga lastimado y yo, el envidioso, resarcido. Como lo que me gusta es leer, suelo no estar al tanto de las peripecias biográficas de los escritores que me gustan, pero hay veces en que es imposible no saber, haber pasado de puntillas o ni siquiera haber comparecido adrede para no perder detalle de las cuitas del autor, que es un ser adorable y dulce, quién lo pone en duda, pero metido ya en el centro de una borrasca que lo va a zarandear más de lo que él quisiera y mucho menos de lo que anhelaría su nueva editorial, la que le ha hecho dejar la antigua, la de las casas vacías, la que lo aupó al cénit y puso su cara en todos las pantallas y sus decires en todos las tertulias. No voy a leer la novela con la que ha entusiasmado al jurado (egregio él) del Nadal de este año. Quizá cuando amaine todo y las aguas (no es símil que deba yo traer, pero así ha salido) vuelvan a su cauce, abra el libro (lo tengo en casa, me está esperando) y me sumerja en sus historias. Deberían ser esas, las de la ficción, las únicas que nos ofrezca el bueno de Uclés: las otras, más bastardas, aunque reales, sobran. Uclés cuenta que ha ido al Reina Sofía para ver el Guernica de cerca. Uclés cuenta que su madre le elige la ropa. Uclés cuenta que de pequeño no tenía bicicleta. Por otra parte, no hace nada que no haga uno mismo: contar sobre cuadros, sobre madres, sobre la infancia y las bicicletas. La diferencia entre Uclés y el resto de los mortales (escribamos o no) es que a él se le atiende con voracidad. Es un famoso, alguien con influencia, uno de esos personajes que tiene un micrófono y cosas que decir. Tendrá pronto un biógrafo, si no es él mismo el que deje la novela y se envalentone con unas memorias. Yo ya cambio de canal (o de página) cuando escucho o leo su nombre. No es culpa suya, será del mercado, de su voracidad. Hace tiempo que un escritor no tiene tanto renombre, y eso es bueno para el negocio de la literatura, de la cultura en general. No es culpa suya, insisto, y lo es al tiempo. Habrá sido succionado. Será eso del síndrome de Estocolmo: los captores terminan siendo casi de la familia del capturado. Con el tiempo, poco se recordará si se fue de unas jornadas sobre la guerra civil por no sentarse en la misma mesa que Aznar o si sus pingües ganancias librescas le permitieron tener una casa en algún barrio de su capricho en la capital del reino. Solo los más memoriosos sabrán los porqués y acudirán si se les pide que nos cuenten la historia de nuevo. Todo se acaba diluyendo. Eso lo sabe también Uclés. ya no será portada de la revista Elle, ya no lo invitará Broncano, ya no tendrá cien mil likes. Lo que querrá en el fondo será que se le lea. Que la cruzada moral o política o lo que sea con la que la vistamos a la que se adcribe prospere no va a depender de su comparecencia en las redes, pero hoy lo entrevistan en RNE. No sé si escucharlo ahora o luego, más tarde, en uno de esos podcast que tanto me gustan. Hasta puede pasar que me caiga de maravilla el chaval y empiece La península antes de la primera cerveza de la mañana. Dirá que no ha estado más vulnerable que ahora en su vida. Dirá que todo el mundo puede ser demagogo cinco minutos al día. Dirá que su condición sexual es suya y que cada uno tiene la propia. Dirá que cualquier día de estos coge la puerta y se va, que estará un año o cinco en sabática lejanía, pensando en la tormenta y en el barro. Puede pasar que diga que si él no fuera David Uclés estaría hasta la boina de David Uclés, pero que compren el libro de la ciudad de las luces muertas. Yo, por mi parte, ya he opinado. Llevaba unos días preocupado por no haber dicho esta boca es mía y aquí la abro para lo que surja. Todo lo de los tejemanejes de las editoriales es hasta divertido. Los escritores acabarán siendo como esos astros del balón que en verano ocupan editoriales y nadie sabe si jugarán contra el enémigo o serán el enemigo mismo. A ver si de este jaleo va a resultar que a la gente le va a dar por entrar en las librerías y dejarse los cuartos en caja. Celebro, pese a todo, el éxito de Uclés. Es el de todos los que no somos nadie y de los que no sabemos si querríamos ser alguien. Es el triunfo del trabajo y del sacrificio, del sentarte horas (días, años) delante de páginas en blanco y hacer un Macondo en Iberia. Quien sabe lo que cuesta hacer eso aplaude que alguien llegue adonde ha llegado Uclés. Ahí, en la cúspide, es donde vienen, con los abrazos, los palos. No tenemos remedio. Qué necesidad habrá. Con lo bonito que es leer y no saber nada más que lo que se ha leído. Lo que no le voy a dejar pasar es lo de la paja de los cuentos. Por ahí no. Que se ponga a contar La península en cinco páginas. A este le ponía yo en uno de esos realidades alternativas o cuánticas o como se llaman en presencia de Borges y los dejaba echar una charla. Me temo que lo embobe con sus zalamerías, en fin. Tal vez estemos ante un ser bendecido por la bondad y el talento, juntamente las dos cosas. Pero yo no he abierto la novela todavía.

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