Wendy Wallace ya está madura. En una terraza del promiscuo Sena, un joven neurólogo de Salt Lake City aficionado a Proust le hace mojar magdalenas en el café.
Wendy ya está en edad de merecer. Un joven sindicalista entrado en años de una aldea perdida de Soria la instruye en la historia de los movimientos obreros mientras llueve con desatino en el jardín en donde la tarde se ha puesto de un feo anarquista.
Wendy ya está convencida de que se la puede cortejar. Un joven cartógrafo de la Baja Sajonia le cuenta que todavía no se ha hecho un mapa del corazón.
Wendy ya está en edad de merecer. Un joven cartógrafo con un máster en métrica poética la instruye en la biografía de Ptolomeo mientras el mundo tangible colisiona con los mundos etéreos.
Wendy ya está plena y rotunda. Un joven crooner de Las Vegas le canta "Blue moon" mientras el barman prepara un White Russian y duele en el aire la noticia de la muerte de todos los pájaros del siglo XIX.
Wendy comprende el rumor oculto que se aboveda en las alturas catedralicias y anhela que un ángel la desflore en un altar de pétalos místicos.
Wendy ya ha dicho adiós en casa. Un joven rapsoda de Trinidad y Tobago le cuenta la influencia de Walt Whitman en la poesía caribeña, pero antes de que todo sea armonía métrica y dulce clamor de sílabas, comido por una fiebre venusina sin par, se incendia en endecasílabos y la colma de sonetos y de semen con su cesura y sus sinalefas mientras en la radio suena un bolero de 1956.
Wendy ya es una señorita deliberadamente concupiscible. Se le atormenta el vientre cuando en la hondura de la noche un descuido hace que sus deditos tremolen entre sus piernas una obertura sinfónica, un aria inspiradísimo, un solo de trompeta en la cima de un volcán infinito. Un joven nigromante del Cáucaso le cuenta en un inglés primoroso que su himen no continuará intacto ni veinte minutos.
Wendy ya tiene una idea de cómo funciona el mundo. Un joven revolucionario checo le llena la cabeza de soflamas y la hace redactar panfletos en una buhardilla pobre y digna desde la que se ve el puente de San Carlos y el Moldava como si fuese una postal en la zona Duty Free del aeropuerto de Praga.
Wendy ya está encinta. Un joven arponero del Báltico le ha dicho que todas las ballenas gimen el nombre de su novicio vástago. El arponero, aficionado a la numismática magiar, alto, fornido, rubio como la cerveza, la lleva a congresos estivales, a mares que no aparecen en los mapas, la corteja en todas las terrazas de los paseos marítimos, la mima con colmo de sintaxis y metáforas con el propósito de que el amor recién fundado prospere y la criatura por venir nazca con el pelo rubio y los brazos como martillos. De lejos creen escuchar ballenas.
Wendy se ha tendido en la hierba. Un ejército de avaras hormigas la olisquean, le hacen unas cosquillas que la turban y mueven a pronunciar, entre risas y gemidos, unos versos del surrealismo más canalla. "Poeta negro, un seno de doncella / te obsesiona". "Nace en las ingles un calor callado".
Wendy abre su pecho cada noche al claustro de los númenes.
Wendy masca los cabellos de la nieve, acaricia con el corazón la espuma de los hijos de los ángeles, se cree hija de la virtud de los primeros hombres. Tiene Wendy el cereal esdrújulo del mundo en la comisura de su alma.
Wendy cree vergel lo que los ojos rubrican como páramo, ve dioses en la voz andrajosa de los pobres, se desajusta el alma cada vez que la tormenta abate la terquedad del silencio y le duele la tripa como un adjetivo sin acabar o un pájaro al que le falte una sílaba.
Wendy ya está plena y rotunda. Un joven crooner de Las Vegas le canta "Strangers in the night" mientras el barman prepara una ambrosía de ginebra y zumo de cereza y se escucha en el aire la noticia de la muerte de todos los poetas del siglo XVIII.
Wendy se ha prendado de la historia de las sociedades secretas de los países del Este en la etapa soviética. Un joven nigromante del Cáucaso que dice haber conocido a Bakunin le cuenta en el primor de una lengua romance que su himen, sendero al parnaso, brocal del tiempo, brújula del porvernir, se deshará en una blonda de néctares cuando un mirlo cante al alba.
Wendy ya está nuevamente encinta. Un joven trompetista de una big band de Wichita Falls le ha dicho que el hijo que tengan se parecerá al Miles Davis de la portada de Tutu. Que tendrá el ceño permanentemente fruncido y tocará por los escenarios de los mejores festivales de jazz del mundo con la cabeza agachada, sin mirar al público, ensimismado, pensando en Dios.
Wendy se dejó largo el pelo en su verano en Marienbad. Un nocturno de Chopin al declinar el día amenizaba el hall del hotelito en donde estudiaba literaturas germánicas medievales y departía con las señoras adineradas sobre la futilidad de lo real.
Wendy arde en deseos de ser cubierta por efebos dionisíacos. Los dispone idílicamente en filas. Ocupan un campo de fútbol abandonado a las afueras de una ciudad industrial de la cuenca del Rhin. Algunos, entusiasmados por el ejercicio lúbrico, retoman la fila nada más abandonarla. No les importa esperar un día completo. Nadie conversa mientras esperan. Si alguien hace algún comentario improcedente, se le conmina a que se vaya .
Wendy ha leído mucho sobre la trashumancia, sobre el aroma de las avellanas, sobre la hidrografía de la cuenca mediterránea, sobre columnas de alabastro, sobre insectos en ámbar, sobre triglicéridos, sobre aldeas perdidas en los Cárpatos, sobre las iglesias al borde de los acantilados, sobre la tectónica de placas, sobre los cinco hijos de Juan Jacobo Rosseau, sobre los efectos narcóticos de la poesía birmana, sobre los embajadores venezolanos que adoran el dixieland. Memoriza los capítulos más granados y los recita, desnuda y entusiasta, ofrecida a quien la quiera colmar de atenciones, en la puerta de un destacamento de soldados de la Reina.
Wendy ya está madura, un joven poeta sarraceno la ronda con versos cada noche, le besa el aura, la conmina a que deponga cualquier resquemor, le cree ninfa húmida en un soneto, la ve Eco sin Narciso.
Wendy ha encontrado en la presentación de un libro de repostería hindú a un clarinetista bielorruso que le dio la mano al mismísimo Stravinsky. Conmovido por la gracil compostura de Wendy, el clarinetista le ha compuesto una pieza delicadísima en la que se escucha crujir el musgo de los tejados de su casa natalicia cuando el viento tiene fe en sus dientes de nácar.
Wendy bebe a morro con un exégeta de la obra pía de Santa Rosa de Viterbo que le canta canciones de Jacques Brel. Ella le dice cosas de su vida, de sus andanzas amatorias. Le dice que un astronauta zurdo la cortejó vestido de gondolero por videoconferencia. Que un sacristán reprobado por su parroquia por mirar con impropio desatino los escotes de las feligresas le pidió que viajara con él a Roma para que el Papa se conmoviera vivamente y le escribiera un documento exculpatorio. Que un joven taxidermista del Bajo Ampurdán aficionado a las literaturas germánicas medievales la llevó a congresos estivales en un Cadillac Seville que compró a una estrella del hip hop. Que un arponero (otro arponero, en realidad) septuagenario de la isla de Thule aficionado a la numismática soviética la llevó a congresos estivales y la cortejó en los intermedios de las grandes óperas que se representan en las ciudades portuarias.
Wendy ama los pasajes bíblicos en los que colisionan imperios y la sangre del incesto rivaliza con los milagros de la nueva Jerusalén celestial. Hay quien ha visto crecer su barba, quien ha caído enfermo por hambre o por melancolía, escuchando a Wendy interpretar pasajes del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento, de los evangelios apócrifos, de las páginas de una revista eclesiástica humildísima de una parroquia de provincias. Un obispo luterano la ha elegido para la conversión a la fe de los espíritus más enconadamente reacios a la gracia de la divinidad.
Wendy pasea con un tractorista con un máster en agrimensura babilónica por las calles de su infancia mientras unos jóvenes músicos tocan polkas vienesas.
Wendy acaba de iniciarse en los rudimentos de la metafísica. Un bufón de la corte de Felipe III el Piadoso se la presenta a la reina María Margarita de Austria que de inmediato la introduce en las intrigas palatinas para que proteja a su primogénito varón de las malandanzas y lo curta en el arte de seducir a las hijas casaderas de las monarquías europeas.
Wendy contempla de cerca el ojo de un caballo. Cree ver en esa hondura ancestral la geometría de las tormentas, la perfección del silencio que precedió a la fundación de los cielos, la lluvia incesante en los prados de la glauca tierra primeriza.
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