28.2.26

Breviario de vidas excéntricas/ 2 / Edgar Allan Poe

 

Acabo de escribir un cuento y se lo leo a mi perro. Mi perro se llama Edgar Allan Poe. Hace mohines de aprobación. En tramos, son de vivo interés; en el nudo, cuando las circunstancias avanzan con más penoso empuje, se distrae, bizquea, hace como que busca algo con lo que amenizar el rato incómodo que le hago pasar. Es exigente Arquímedes y me acucia a que yo lo sea. Que yo escriba es entera causa suya. Por advertir su entusiasmo. Por cualquier causa en la que él no me parezca un perro. Ese es el tamaño de mi soledad. Si algún cuento le enternece, no se cohibe en exhibir un llanto menudo, como de cosa rota, que aparta sin demora cuando lo animo al indicarle que saldremos al parque y le prometo que, a la vuelta, comenzaré otro de más alegre compostura. Se lo leo mientras lo escribo. Lo hago a mano para que el ruido de las teclas no importune su atención y pueda centrarse con más vivo empeño. Como no está facultado para la risa, si la pieza es jocosa, menea el rabo, da unos ladridos humildísimos que a mí se me antojan aprobatorios. En mis momentos de flaqueza narrativa, al no dar con qué ocupar la página en blanco, entra en una tristeza que no tiene consuelo y se diría que pierde hasta las ganas de vivir. Lo recogí en la calle y él se desvive para agradecérmelo. Le llamo Perro, le llamo Edgar o Poe, según me da. Él me llamará Hombre, me llamará Carlos, según le dé. Vi en sus ojos anteriores al mundo una razón para izar mi desánimo literario, vi la luz que ven los poetas, vi milagros del Concilio de Nicea cuando los apóstoles maquinaban la erección de un imperio por la fe y por la garantía de la eternidad de las almas. No sé vivir solo. Probé con un gato, pero iba a lo suyo. Tuve un hamster, pero era necio. Ni el uno ni el otro tenían las virtudes de Poe. De entre todas, la que más aprecio es la que responde a mi necesidad de que se me escuche: es una criatura adorable, atenta, sumamente disciplinada, agradecida. No es perro de poesía bucólica, ni de ensayos sobre literaturas germánicas medievales. Sus preferencias son los cuentos. No se cansa si se exceden en líneas, aunque he comprobado que paladea con verdadero agrado los más cortos. En las muy contadas ocasiones en que la lectura se alargaba inapropiadamente, Arquímedes pierde todo interés y sale al patio de la casa o se sube a la planta de arriba a dejarse desfallecer en un cojín mullidito que le agrada muchísimo. Es un elegido, tiene porte de mesías, escucha música de cámara con arrobo inefable. Hago propósitos para que su vida sea placentera. Un día le paseo por los cementerios de París en donde reposan los grandes nombres de las artes. Charles Baudelaire, Marcel Proust, Edith Piaf, Jim Morrison, Honoré de Balzac, Oscar Wilde. Él les oirá y luego me contará qué dicen. Murieron locos, me dirá. Poe sabe de muertos. Yo entiendo de esas cosas. Hemos llegado a un nivel de comunicación en el que podemos omitir la injerencia de las palabras y hasta de los gestos. Vuelvo a los muertos de París. Dejaron el mundo por iniciativa propia, le responderé yo. Morir es un acontecimiento simultáneo al de vivir. Se va uno yendo conforme va llegando. Mi perro sabe de ausencias, se lo noto. Quién sabe qué vida tuvo antes de que acompañara la mía. Espera que no decaiga mi extraordinaria capacidad para saber qué desea en cada momento. Anoche le puse un disco antiguo de blues del delta. Hoy me he demandado unos huesos de ave estinfálida, unos huesos de cabra vieja. Se conmueve al escuchar el ruido de la lluvia en el alféizar de la ventana. Lo he descubierto mirando los retratos de mis padres, que presiden la chimenea. Le he contado que no fueron buenos. Bebían, Poe. Me desatendían, no supieron que tenían un hijo. Los atropelló un coche. Ella murió en el instante. A Padre lo tuve en casa hasta que decidió apagarse del todo. Hay personas que no saben estar en este mundo, le susurro. Le digo que le leía mis cuentos. Padre, ahora uno de piratas, te va a encantar. Mañana haré uno de gente que roba bancos. Él callaba. Escuchaba y callaba. A veces hacía mohines de aprobación. Reía si era de reír lo que escuchaba y hasta en alguna ocasión le vi llorar, aunque de inmediato apartaba las lágrimas y se avergonzaba por haber dejado abierta la puerta de su corazón. No había corazón en su pecho. Ni la sangre corría por sus venas. Murió loco, imagino. Nunca nos entendimos. Yo a Poe le entiendo. He tardado una vida entera en adquirir esa competencia de mi inteligencia, pero ahora no dejaré que desaparezca. Nos tenemos los dos. Temo que un día se canse de las historias que le cuento. Se me ha ocurrido que mañana le leeré este cuentecito que me está saliendo. 

No hay comentarios:

Breviario de vidas excéntricas/ 2 / Edgar Allan Poe

  Acabo de escribir un cuento y se lo leo a mi perro. Mi perro se llama Edgar Allan Poe. Hace mohines de aprobación. En tramos, son de vivo ...