12.2.26

Babieca, cachivache, ósculo

 



Vienen a veces a la cabeza palabras a las que uno profesaba sincero afecto y que se han ido extraviando de alguna manera, no se puede entender cómo se alejaron o qué impidió que se buscase. Palabras que uno colocaba aquí o allá en cuanto podía y que casi nunca esperaba que fuesen, por sí mismas, distracción de la conversación en que se contenían, sino pequeñas piezas cuyo cometido fuese asear la rutina de la conversación o, en lo posible, recabar el asombro, dar al rey el trono que perdió en el camino de las palabras, en fin, cualquier cosa que abriera un fuego en la ceniza fría, un milagro a ojos de un descreído. Qué placer tan enorme que así resulten, que de pronto cobren vida y desvíen incluso el motivo que las alentaron, el cuerpo doctrinal del mensaje. Cae entonces uno en la cuenta de que el lenguaje es sensible y se deja conmover o acariciar o incluso se duele o gime o se ofusca, que avanza sin el concurso de nuestra voluntad o hasta la cancela, acercándola a territorios que conocemos mal, en los que a duras penas medramos. En ese bosque dar con el tesoro del que ni noticias teníamos. Y ahí tantos tesoros y tantos bosques. No hay cosa hablada o leída en la que yo participe en donde no perciba la contundencia fonética o semántica de una palabra que inesperadamente concurra. Inadvertidamente o adrede les doy cobijo, las sostengo y acuno. 


 Anoche, sin ir más lejos, fue la palabra babieca. Podrían haber sido gaznápiro, memo, bobo, tontolaba, palurdo, mentecato, pasmarote, zote, atolondrado, mentecato, imbécil, estúpido, majadero, pazguato o papanatas, pero irrumpió esa, babieca, y no escrita con mayúscula y asociada a ningún caballo. No había otra palabra mejor para explicar cierta cosa que debía ser explicada, y ahí vino, por obra de alguna magia maravillosa, con intención de estancia, perseverante, intrigándome. Se quedó y prosperó. No sé cuál será hoy la que me fascine. Me vienen cachivache, que es antigua y creo que la traje a un texto con parecido propósito a este y que por ahí andará. También ósculo, que es usada entre mis alumnos desde que recuerdo. En alguna ocasión me propuse (lo he logrado) marcar ese vocable en la rutina semántica de mis niños. Trato de hacerles conscientes de que nunca estarán solos si abrazan las palabras, si se dejan abrazar por ellas. No hay soledad cuando estás rodeado de palabras. No hay un plan, no se urde ninguno para que una palabra (babieca, cachivache, ósculo) adquiera esa nombradía, existe con mayor pujanza que las otras y se le reserve un pequeño refugio en la memoria, hasta que ella la aparta o difumina. Obran casi siempre a su antojadizo capricho, aunque creamos disponer de un gobierno sobre ellas. Lo que sucede en ocasiones es que uno se congratula (hace años que no digo o escribo congratula) por el uso de unas o de otras, como si eso fuese algo extraordinario. Quizá verdaderamente lo sea. Estamos hechos de palabras: son una extensión inmaterial de nuestro cuerpo, se expanden desde él y alcanzan cotas de elocuencia y plenitud a las que no siempre concedemos la apreciación que merecen. Vamos al jueves. Que les sea favorable. Den muchos ósculos, dejad que os los den. 

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Babieca, cachivache, ósculo

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