13.5.23

Elogio de la pedagogía

 



Al mundo quizá le falte pedagogía, ganas de convertir las artes más secretas en disciplinas asequibles. Incluso es posible manejar la posibilidad de que en ese volcado de buenas intenciones se entregue, sin quererlo, un modo nuevo de afrontar los abundantes pesares con los que el azar se distrae en contrariarnos y rebajarlos. Digo el azar por no entrar de lleno en las razones del mal que asola el mundo, pero detrás del azar hay raciones de mala leche a espuertas. Digo mala leche por no entrar más de lleno en esas razones y porque tal vez no sepa yo (en mis cortos alcances) cómo se gobierna y se desgobierna el alma, cómo el hombre se desentiende de la bondad y del amor al prójimo y se abraza sin ambages al medro sucio y a las limpias ganas de joder al prójimo. En la fotografía que ilustra este elogio de la pedagogía está el bueno de Dizzy Gillespie impartiendo alegría. La escuela debería incluír en sus muchos planes de estudio un protocolo que elevase la alegría al motor que lo mueve todo. Miren ustedes a estos niños arracimados sobre el embajador del jazz del siglo XX. Están aprendiendo a vivir. No se equivoquen: no es únicamente jazz lo que envuelve el ambiente fotografiado, es vida. Y a partir de ahí contamos de otra manera la convivencia entre los iguales, el procedimiento a partir del cual hacemos de este mundo un lugar menos terrible en el que vivir.

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