30.3.22

89/365 Johnny Griffin

 



Admiro la gente que extrema su cautela para no perder el ingenio, la chispa, esa destreza en lo exquisito que los hizo alguna vez grandes y que les confiere la voluntad de no dejar de ser grandes nunca. Gente que muere en un escenario, frisando los ochenta, sobrepasándolos, discretamente imbuidos de la aristocracia de la edad, pero alejados de la soberbia, exentos de ningún tipo de dogmatismo ni de certidumbre sobre el futuro. Cuando pienso en estos términos siempre acabo buscando en mi memoria la figura oronda y campechana de B.B. King y su infatigable y dócil Lucille, que barrieron la ampulosa geografía del blues para regalar su talento y su divino magisterio y, al tiempo, según él mismo confiesa, poder disponer de un dinero extra con el que pagar la manutención de sus abundantes ex-mujeres. Ignoro si Johnny Griffin (John Arnold Griffin III) actuaba con estas premisas pecuniarias, quién las orilla. La suya era también una profesión de riesgo. Uno sólo tiene que mirar la nómina de músicos con los que tocó y babear al encontrar en ese listado a Thelonius Monk o a John Coltrane, a Wynton Kelly o a Art Blakey.  El impulso que me lanza a teclear estas pequeñas líneas de condolencia íntima es el hábito frío (pero indispensable) de los discos. Todavía recuerdo un disco de vinilo, grande, hermoso, que compré en una tienda que todavía existe en mí agradecida memoria, pero que ya habrá sido devorada por las exigencias del mercado y escora su línea de trabajo a otros asuntos de más generosa caja. Hablo de una tienda de compra y venta de discos de segunda mano cerca de la plaza de la Corredera, en mi Córdoba natal. El disco se llamaba Misterioso y era de Thelonius Monk. Mi afán enciclopédico me hacía (sucede aun hoy) buscar los créditos y empaparme de los nombres de los músicos. En rock, en blues, a veces no te importa quién toca el bajo o los teclados y te limitas a saber el nombre de la formación, pero el jazz impone otras exigencias. Ahí, entonces, leí por primera vez el nombre de Johnny Griffin. Luego supe que Monk, el genio, el creador de la inmortal Around midnight, le había reclutado para tocar en el Five Spots, el club antológico del jazz en Nueva York, para sustituir nada más y nada menos que a John Coltrane. De eso, ahora, hace poco más de cincuenta años. Johnny Griffin tocaba en un escenario, ajeno al lazo de la muerte, insistiendo una y otra vez en soplar su saxofón y hacer su hardbop bruto, agresivo, de un lirismo exultante. Su corta estatura hizo que le apodaran The Little Giant y así se llama el disco que ahora tengo de fondo (otra vez, vuelvo a menudo a él por encima de otros igual de buenos)  mientras arranco el día garabateando esta crónica sentimental. No sé si importa mucho o nada en absoluto que sepamos quién fue el que nos deleita, si hizo tales o cuales cosas o le afectaron tales o cuales vicios o costumbres. Lee uno a veces con verdadero interés esas biografías, pero sabe que no trascienden o no deberían hacerlo. Importa la música. A mi amigo K. se le ocurrió ayer decir que los nombres no son necesarios. No saber que estamos escuchando a Haydn o a John Lee Hooker, esos nombres dijo. No tener ni idea de quiénes tocan con Griffin en cada pieza o, al menos, no siempre. Dejarse impregnar por el arte sin la obligación (cultural, muy difícil sustraerse de ella) de conocer la periferia. Hoy escucho a Griffin como si fuese la primera vez. Escuché una vez que llegaba al club de jazz donde le habían contratado y saludaba a los músicos con los que compartía escenario, que en ocasiones no conocía de mucho, pero un bolo es un bolo. Decía: hola, qué tal,empezad algo, yo os sigo. Tocaba muy rápido. También se le conocía como "el saxo más rápido del mundo". Vivió sus últimos años en un castillo en Francia. Era amigo de Tete Montoliu. Muñoz Molina fue a verlo al camerino tras un concierto que dio en Madrid y estaba desmontando el saxo. Cuando el escritor le felicitó, le contestó un seco "It's my job". Es mi trabajo. No hay más. Gente que se levanta y hace lo que sabe. Gente como Griffin sabe con qué palabras reemplazar el silencio. Lo único a lo que se compromete es a seguir tocando. Lo hizo hasta que un infarto se lo llevó a otro mundo, alguno habrá. No sé qué nos enseñó, si es que los músicos de jazz enseñan algo, pero a veces cuando paseo mi pueblo pongo sus discos y lo saco del silencio en el que estaba. 

 

 

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