12.3.22

71/365 El Bosco




 El Bosco fue un visionario al modo en que lo fue William Blake. Los dos crearon una obra de una rareza que nos sobresalta todavía. Tuvieron la ocurrencia de no ser del tiempo que les tocó ni tampoco de ningún otro en el que alojarse. No miraron al accesible pasado, ni tenían ni remota idea de lo que depararía el ilusorio futuro. El canon imperante no les atrajo. A El Bosco, más que a Blake, lo que le seducía era la contemplación del fuego: esa luz que irradia, redención y luz a la vez, lo fascina al punto de que su religiosidad aflora y toma el mando. Es el pintor del apocalipsis. No está en mejor época para contarnos ese descenso al infierno. El ideal de perfección del Renacimiento no le tienta: prefiere desbocarse, caricaturizar la figura humana, censurar cualquier intención de sublimar. Lo cómico, lo satírico, lo pecaminoso, prefiguran un surrealismo, ambiguo y loco, fantástico y repulsivo. Van El Bosco y también Pieter Brueghel a dibujar a la muerte, con su turbulenta eclosión de delirantes actores, con su encantamiento de cuento a medio contar en el que sabemos de antemano que no ganará el bueno. Tienen los dos, también Blake y Goya y cien más que no citaré ahora, el bendito talento de hacernos, más que mirar, leer: producen ese milagro. Son, en su perturbación, operaciones sanadoras: nos liberan del rigor de lo cotidiano, que constriñe, que hace más simple lo que ya es simple, que nos hace correr a ciegas o a tientas y nos impide tomar aire y aprender nuevamente a mirar o a respirar o a sentir el cosquilleo del amor en la punta de los dedos cuando tocamos a alguien. El Bosco hace que tenga sentido la palabra sinestesia. Porque escuchamos los colores como Scriabin cuando componía. El silencio era de oro, escribió Juan Ramón Jiménez; la tarde es de cristales.


Con El Bosco hay una ascensión al cielo y un descenso al infierno. Se nos invita a asomarnos al abismo y no siempre sale uno indemne de ese paseo. Nietzsche, siglos más tarde, lo cinceló para siempre. El abismo también te mira. Lo terrible de ese prendimiento espiritual es la resaca que produce. El padecimiento no es ligero, por más que sepamos cuál es nuestro sitio, el de observadores anestesiados. El mal es un asunto tan rutinario que estamos inmunes a su contagio. Creemos que todas las bestias con las que trabamos conocimiento son materia de la ficción, no extensión de la realidad, aunque a veces lo real, aunque adolezca de esa iconografía tan atroz, tenga mayor mal en sus adentros, agazapado, no expuesto, sibilinamente oculto, vestido de normalidad, obstinado en no delatarse en demasía. No es que carezcamos de monstruos, es que no lo parecen, no exhiben dientes podridos,  manos retorcidas, rostros enfermos, ojos turbios, toda esa imaginería grotesca con la que el arte ha exhibido la presencia del mal entre nosotros. Tal vez el ánimo de Hyeronimus Bosch, El inmortal Bosco, no fuese el de amedrentar a las almas débiles, sino la de exponer un deseo, el de regenerar el espíritu humano, bosquejando un paraíso inverso, un edén corrupto, que escenifica el pecado y la ausencia absoluta de luz. No sabemos por qué Felipe II, tan devoto en la fe, lo tenía colgado en su cámara, cómo no le produjo rechazo aquel deslumbramiento de cuerpos desnudos y de exaltación casi pornográfica del pecado. Todos esos monstruos, toda esa mistificación de lo grotesco. Tal vez contara el misterio, que es la primera palabra de cualquier religión, más aún la cristiana entonces, todavía hoy. No conozco a fondo la pintura de El Bosco, carezco de la preparación que querría. Mi emoción proviene de reproducciones en alta definición en una buena pantalla, no de la contemplación de los lienzos. El jardín de las delicias tiene más de 2 metros de alto por casi cuatro de largo. Dicho esto, cualquier cosa que yo escriba es baladí. El jardín de las delicias, Las tentaciones de San Antonio Abad, Mesa de los pecados capitales o La extracción de la piedra de la locura me han acompañado desde hace años. A veces me siento y me dejo ir. No suelo poner música que me distraiga. El Bosco me habla. Yo escucho. Agradecido y conmovido. 


El Bosco nos dice: "Un ejército de demonios ha ocupado la tierra, Dios está bajo su asedio, debemos regresar al origen" o quién sabe, tal vez su cometido fuese alentar el caos, sembrar el vértigo entre los falsos cristianos, los inclinados a pecar y a desoír las admoniciones de los sacerdotes. Por eso tenemos un cerdo con casulla, un puerco alucinado y culto, trasunto de la herejía, tan en boga entonces, cuándo no. Hay lujuria y hay fiebre. El Bosco fue un surrealista. Su procedimiento creador no difiere del perpetrado muchos siglos después. Al alma no se la puede cartografiar, pero nadie como él anduvo más cerca. Nos vemos a nosotros mismos cuando nos detenemos en El jardín de las delicias, la obra magna, el arrebatador lienzo. Son un espejo. Es nuestra la cara que se ofrece. Y tienen algo que de lo que nuestro rostro carece, en apariencia: los cuadros de El Bosco son inagotables, no hay manera de que podamos conocerlos, siempre habrá algo que nos sorprenda si le concedemos más tiempo. Nuestra cara en el espejo es inacabable también, pero es más difícil leer en ella, aunque todo cuanto debamos o deseemos saber esté en ella y sólo se precise una brújula para orientarnos, un pequeño arrimo de voluntad y de osadía para surcarla. 

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