23.11.16

Vicios




Fotografía: Michael Ackerman

Fueron tiempos de beber y de fumar como si oyésemos en la cabeza un anuncio de que acabase el mundo. Luego uno pasa media vida de la que le queda en convencerse de que no es bueno ni una cosa ni la otra y llega a la edad adulta bebiendo poco y fumando ocasionalmente, por no zanjar de cuajo un vicio del que jamás se ha podido desprender del todo. Se convive con ellos, se las consienten sus extrañezas, toda su promiscuidad y su ligereza. Al fin y al cabo, pensado con detalle, confortan, alivian, dan la paz que su ausencia muta en conflicto, en guerra a veces. Yo no sabría vivir sin que me acompañen. Son míos al modo en que lo es mi mano izquierda o el sonido que hace mi voz o la manera en que ando. En cierto modo son un fabricación personal, no estaban cuando me arrojaron al mundo y los he cultivado yo, cuidando de que no ladren y me den el bocado que no deseo. Los vicios son perros a los que se ata en corto y que nos sacan a pasear. Un vicio es un animal de compañía, uno con gesto de jauría si es preciso. Basta desatarlo para concebir el tamaño de la bestia. No hay quien no tenga alguno, nadie que pueda decir sin que le asome una brizna de rubor, rubor por mentir, que jamás se acercó a ellos y hasta intimó con soltura. Lo mejor de los vicios es que sólo mostramos los que no nos importan. Los aireamos, les damos vuelo, consentimos que los demás los observen y piensen de nosotros conforme a lo que esos vicios dicen que somos. Los vicios privados son los verdaderamente nutritivos. Dan la exacta porción de sombra que precisamos para huir de la luz. Porque a veces quema tanta luz o porque en la luz, a poco que se mire de frente, sin cuidar en rebajar su dureza, descubre uno que no hay nada que ver. Queda el humo, la cerveza a medio tomar y la sensación de que hay para cuatro o cinco caladas antes de apagar el cigarrillo en el cenicero y dar  el último trago con el regusto a tabaco en la boca todavía.