16.3.22

75/365 Madame Bovary

 





A Juan Cristóbal Valenzuela, de nuevo. 


Las novelas han tenido siempre algo de trampa. Unas más que otras, pero Madame Bovary es sublime en eso de engañar, cuidando extremadamente que la impostura sea aleccionadora y arrime su didáctica.  La novela de Flaubert cuestiona la sociedad de su tiempo, embosca al lector, lo predispone a la misma infidelidad que comete su protagonista y termina por hacerle creer que salirse de la senda que nos marcan es lícito, no contraviniendo otra norma que la impuesta por las convenciones sociales, lo cual es lúdico y hasta sano a veces . Le convence de que hay que procurarse placer aún a sabiendas de que esa inclinación sensible arruinará su vida, la hará entretejerse de habladurías, la emponzoñará de un modo probablemente irreversible. 


Flaubert, por no ser blasfemo del todo, por no claudicar completamente, hizo que la mujer infiel se administrara arsénico, convirtiéndose (en ese gesto expeditivo) en juez y en verdugo de su casquivano proceder. La trampa de la novela (en realidad una de las que plantea, quizá la más evidente) es que el final no importa, el gesto con el que Madame Bovary la cierra no es el verdadero epílogo de la trama, sino uno que contribuye a dramatizarlo todo, pero queda a salvo todo lo demás, la cadena de circunstancias que desembocan en el suicidio, tan del gusto de la época y, en este caso, de la maquinaria censora de la sociedad biempensante de entonces, que no consentiría que Flaubert difundiera un retrato tan lúcido (lúcido y transgresor, pecaminoso y laico) sobre la moral de la época (tan recta e hipócrita). Los dos adulterios de Emma Bovary (que recuerde fueron dos) no eran presentables, ninguno de los dos, por más que Flaubert los impregnara de ese romanticismo tan a la moda con el que se travestía la literatura erótica, un poco por agradar a la crema de la aristocracia lectora (damas de escándalo fácil) o a los inspectores del orden, que ejercían la función del catón, velaban por la prudencia y cuidaban de que no hubiese indicios de que la sensual Emma pudiera arrogarse el modelo de mujer. 


Lo que hay que entender de Madame Bovary es que la vida de su malhadada protagonista no tiene interés alguno (ni para ella ni para el goloso lector) hasta que decide corromperse, abrazar al pecado, demorarse en él, realizarse en él. No habiendo similitud entre la vida practicada y la solicitada, Emma toma decisiones que acercan la promiscuidad de esa vida anhelada y apartan la rigidez (debería decir el aburrimiento) de la corriente. Charles Bovary no es el amante, sino el generoso, bondadoso y conformista marido. El matrimonio no es el amor, sino la rutina. El adulterio no es el pecado, sino la salvación. La exaltación del amor es el verdadero motor que hace que todo en la novela vuele y se ice con brillantez, con pena también. Hace Emma lo que sus heroínas librescas: saltan todos los obstáculos, vencen todos los miedos, se conjuran sin flaqueza a parecerse a las mujeres de sus intrigas amorosas, las de los libros, las prestadas, al modo en que Alonso Quijano se desquició en los suyos, en la ficción de los caballeros andantes y su heroicas hazañas. La literatura es el mal facultado para herir una vida de rectitud o, en los casos más extremos, hacerla agonizar, arrumbarla a la expiación misma. La realidad no consuela, la rectitud no alienta ninguno de todo esos placeres que cuentan para hacer de la vida un viaje de lujuria y de privilegios, parece pensar Emma. Lo que me ha tocado vivir no es lo que deseo vivir, no es la vida a la que aspiro, no deseo vivirla, añade. Emma Bovary, enferma de lecturas, letraherida (me encanta esa palabra, me gusta muchísimo), no es nada más que la proyección de todas las mujeres entregadas al amor que pueblan todas las novelas de amor que su tedio matrimonial le ha hecho leer y en donde ha encontrado el consuelo que la realidad no le ofrecía o la vida que siempre deseó tener. 


El asunto de Madame Bovary-novela es la disipación, cierto concepto de patología del descontento y de la anuencia, primero, y de la repulsa, después, agitado todo con el espíritu del escándalo. La señora Bovary pugna por zafarse de ese desánimo en el vivir. No teniendo muchas vías por las que escapar, da por buena la de la carne. Si es la suya, sabe cómo manejarla, conoce las maneras para usarla como instrumento de su redención orgánica y sentimental. No sabemos bien cuál de las dos es más deliciosa a los sentidos. Fue Demócrates (creo) quien dejó escrito que no todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de burla. En la historia de Flaubert no hay buenos ni malos, no existe esa licencia de índole moral. Todos son buenos y todos son malos. Emma no desea ser ejemplo de nadie; tampoco advierte que se haga chanza o burla de su descenso a los infiernos. No hay pedagogía, no se persigue exhibir alguna clarificadora sentencia que rubrique la enfermedad de su protagonista. Flaubert no tiene piedad, no la mima, la deja ir a su antojadizo capricho, sin marcar con saña los momentos de debilidad, ni afinando la pluma en los (pocos) en donde alcanza cierta satisfacción, un (digamos) apreciable grado de confort vital, casi siempre extraído de las tramas de todas las novelas románticas que Emma ha leído. 


El revolucionario de Flaubert compuso una obra monumental contra la sociedad burguesa y su tedio formal, redactó un panfleto en fascículos en el que arremetía contra los valores de la religión (qué poco le valió a Emma) y contra los de la decencia (qué precario su equilibrio, qué poco consistente su argumentario), de resultas de lo cual la pacata sociedad francesa de ese tiempo fue maravillosamente zarandeada, arrojada a la discusión pública sobre si la adúltera debía ser exonerada o defenestrada, convertida en el pendón del pueblo o en su más valiosa representación de la valentía y de la feminidad. No hubo piedad, Gustave Flaubert no la tuvo con Emma: la dejó enfermar, la postró en la cama, la indujo al suicidio, no la elevó al cielo de las criaturas que vencen las circunstancias que les cercan y de las que se extraen enseñanzas positivas, dentro de todo lo negativo que las circunda. La pasión, el delirio, esa fogosidad que la señora Bovary sintió en carnes propias no siempre se entendió. Hubo lectores que se escandalizaron. Qué felicidad para un escritor que sus lectores se echen la mano a la cabeza, duden si seguir leyendo o no. No porque se cuestione la calidad del texto sino porque se pone en juicio (lo hubo, Flaubert fue el acusado) la sustancia moral de la trama. Cuánto duele a quien no ama que otros lo hagan, qué suplicio saber que otros pecan y además no se recatan, no ven nada punible en ese desenfreno lúbrico y dulce. 


Sucede con Madame Bovary que la recuerdo como si la hubiese leído ayer, cuando fue hace mucho tiempo la primera vez y, que yo recuerde, no tanto la segunda, quizá no más de tres veranos. Recuerdo que fue verano y tengo la idea de que las noches que duró su lectura pensé en la bendita felicidad de tener tanta buena literatura a mano, poder contar con ella, abrirla una vez que ya ha sido abierta. Porque las buenas historias se leen cada vez de una manera distinta. No era yo cuando joven el mismo que la leyó hace esos veranos. No entendí lo mismo, no sentí lo mismo, no imaginé lo mismo. Flaubert es un maestro en contener y en expandir, en hacer que desees que algo suceda y no acabe de llegar hasta que súbitamente esos deseos no cumplidos se hacen cuerpo y se explican maravillosamente. Lo bueno del romanticismo (tardío romanticismo dicen los entendidos, que yo me acuerdo) es que no caduca jamás. Siempre tenemos esa voluntad de entender el mundo como una composición delicada de la que somos legítimos propietarios, aunque no podamos tocarla, ni sentir que es nuestra. 


En esa zozobra sucede Madame Bovary, en ese territorio dulcísimo y pecaminoso en el que el ladino Flaubert despieza la sociedad de su época, menospreciando a los de su clase, despreciando el matrimonio (él no se casó nunca, su oficio requería una soltería acendrada y pura) y vertiendo su rencor hacia la mujer en ese personaje absoluto, asfixiada y rota. Habla Flaubert, en boca de su personaje, de cierto "refinamiento de la vida". Lo refinado va a veces emparejado con el pecado. Los placeres son la esencia del refinamiento, podría decir cualquier personaje burgués de la época en que sucede la historia de Flaubert y aun hoy, sin que intermedie el corsé de la moral de la época, aunque no estoy muy seguro de eso, a la vista de los acontecimientos de la andanada de precauciones con lo que se dice y lo que se escribe, a quien se cita y cómo, que tenemos en el extraño presente, en donde vivimos. Entonces o ahora, la vida nunca es refinada, siempre está pespuntada por hilos bastos. Lo tosco se apropia de lo brilla y esplende. De alguna manera, la resolución final de Madame Bovary (la ingesta del veneno) resulta la conclusión más romántica, aunque se viera en ese apaño de la trama una concesión por parte de Flaubert para que los lobos de la canalla censora no se le echaran encima y lo despedazaran. Fue otra la vida del escritor, una vez que el libro fue presentado en sociedad. Tenía 35 años y el mundo se puso a sus pies. O el se puso, puede pensarse así, a los pies de ese mundo hipócrita que su historia narraba. Pobre escritor, qué mal tuvo que pasarlo, qué dolor parir una criatura y tener que amputarle el alma, pero qué creador total, qué demiurgo absoluto, qué dios o qué fascinante remedo suyo. Qué bien escrita está, añado. Con qué perfección Flaubert cuadra las frases y hace que las palabras hagan su trabajo e iluminen. Tardó cinco años en cincelar el cuerpo que había pensado durante los cuales alternó la escritura de la novela con las cartas a Louise Colet, a única persona en el mundo que podría haberle retirado de su vicio literario. Hay, por cierto, una edición estupenda de Alianza de esas cartas (más de 300) titulada El hilo del collar que leí por enfática recomendación ajena y que ahora recomiendo yo con idéntico entusiasmo. En esa correspondencia está el espíritu de Flaubert, su coherencia o su desatino, su declaración misántropa, su dolor por estar aquejado del mal de las letras y su angustia por no tener más horas para escribir con mayor vehemencia y saldar las cuentas consigo mismo y con el mundo. De sí mismo dice en una que envía a su hermano que "·me voy a convertir en el personaje de la semana; todas las grandes zorras se disputarán la Bovary en busca de obscenidades inexistentes". De hecho, no las había: todo el libro es una obscenidad maravillosa, pero no podremos encontrar ninguna en la que se pormenorice el rubor de la carne o el ímpetu colérico de la sangre. 


Madame Bovary es atrevimiento, ferocidad y venganza. Es la implacable búsqueda de la felicidad, toda esa insatisfacción convertida en bandera, izada. Más que el suceso, Madame Bovary es la interpretación de ese suceso: gana la idea a la acción, el sustantivo triunfa sobre el dinámico verbo. Se dijo de la novela que atentaba "contra la moral pública y religiosa y las buenas costumbres". Para Flaubert, la novela debió ser un desahogo. Su afán era la escritura, incluso la escritura por encima del amor, que le pareció siempre una debilidad. Fue un misógino, un amargado, uno de esos tipos asqueados hasta de sí mismos a veces que tienen un don y lo expanden como si el mismísimo cosmos se recompusiera y pugnara por nacer de nuevo. La literatura a la que consagró su vida era, a decir suyo, la menos mentirosa de todas las mentiras. Hacía hasta de su misma vida pura literatura. Si Cervantes es el creador de la novela moderna, Flaubert, junto con Tolstói o Proust o Mann o Balzac, es el hijo atento, el aplicado, el convencido de que todo es un comercio de palabras que fluyen hasta que consiguen conmover o hastiar o doler. No escribió mucho Flaubert, pero tal vez baste Madame Bovary o La educación sentimental. No sé nada de Salambó o de la inacabada Beouvard y Pécuchet. Flaubert fue, a decir de Borges, sacerdote, asceta, mártir. Su Emma Bovary continúa su fatigado trabajo de sacerdocio de algo o de martirio de algo. No creo que el ascetismo le convenga, ni diga nada de ella: fue, en esencia, una mujer enfrentada a la mezquindad del hombre, una señora de provincias a la que no le cuadró resignarse y refrenar el romanticismo al que su vida no se inclinaba y al que, visto el devenir de los días, nunca se inclinaría. Queda, al final, esa casi heroica dignidad de los perdedores. Ella se inmoló: Flaubert la sacrificó sin inmutarse. Era lo esperado. A pesar de eso, cunde su ejemplo, vive todavía su triunfo. Da igual que al final su alma se entenebrezca o que el fracaso absoluto de sus ideales amorosos nos haga sentir un poco fracasados también los nuestros. Porque vamos de su mano. Sublimamos ese acompañar a la heroína por los bailes de salón y por toda esa voluptuosa fiesta de los sentidos que da el dinero y la fama, pero de lo que habla incesantemente Flaubert es del amor, de su medida y de su derrota también. 

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