6.3.22

65/365 Emily Dickinson

 



1

Lo más admirable de la poesía de Emily Dickinson es que fuese concebida para que nadie la leyese. De haber sido una producción corta, podría inferirse que la autora, arrebatada de inspiración, escribió unos cuantos poemas, que la distraerían de sus muchas aflicciones, pero la cifra casi ronda los dos mil, por lo que no hay tal arrojo espontáneo, sino que la literatura fue en ella una brújula, un lugar en el que consolarse a conciencia o, quién sabe, ahondar aún más sus penurias y dialogar con ellas. Trabajo en mi prisión y soy huésped de mí misma, escribió en una carta a Thomas W. Higginson, mentor primero y, tras su muerte, editor de su obra. Lavinia, la hermana de Emily, recibió de ella el recado de incinerar sus papeles si moría antes, nada que su enfermizo cuerpo no vaticinara, pero la contuvo la belleza de algunos de esos poemas. No sabemos cuántos poetas maravillosos tuvieron hermanos o amigos fiables que obedecieran ciegamente sus postreros dictados. Toda esa literatura nunca será conocida.

2

Emily Dickinson se recluyó adrede. Hay quien encuentra consuelo en la realidad que lo circunda y quien no recurre a ninguna extravagancia locomotora y encuentra todo el consuelo posible en su misma cabeza. Como si allí estuvieran las nubes y los pájaros, el rumor del río cuando se embravece y el de la tormenta cuando se enoja. Ella fue una de esas niñas que ven a otras niñas jugar, precavida por la inminencia de la lluvia, convencida de que su lugar no era ése, aunque tampoco tuviese idea de cuál podría ser. Fue la niña hacendosa, un poco como todas las niñas de esa época, quizá de muchas que la siguieron, ocupándose de los padres y del jardín, que encontraba un hueco para consignar en papelitos todos los versos que se le ocurrían. Hacía esas dos cosas de modo convulso: escribir poemas y recoger flores y tallos del jardín familiar. Quizá no hizo nada más en su vida. Una actividad, la de la botánica, precedió a la otra, la literaria. Puede inferirse que tenemos el tesoro de su obra por una mera circunstancia accidental: se arrojó a la creación porque agotó la composición de su herbario. 

3

El carro que lleva el alma humana es frugal, escribió Emily Dickinson. Tal vez, vuelvo a especular, lo que de verdad quiso contar es que ella era la frugal, la de costumbres sencillas, la que no se excedía nunca, la que se prefería parca y adusta, un poco triste también, aunque podemos leer cosas asombrosas que hacen pensar en un temperamento de una vitalidad asombrosa. Amó con colmo, pero se reconvino pura, decidió no entrar en los ardores de la carne, no se arrobó con el veneno de los cuerpos. Es mayor su anhelo: entrar en comunión con la naturaleza, hacer de ella una extensión suya y permitir que su felicidad tuviese el cuerpo de una hormiga o de una ardilla, que su alegría oliese a hierba recién cortada, que una abeja hablara por ella cuando libara la vulva secreta de una de esas flores a las que ella dedicaba las atenciones más altas.

4

Emily Dickinson es una mujer que podría haber sido un hombre. Se me ocurre que valdrían Walt Whitman o Henry D. Thoreau. Todo lo que ahora se me viene a la cabeza al pensar en lo bueno que ha sido haberla leído es romántico y es inconfundiblemente vertido por una mujer, sé apreciar eso, pero no puedo dejar de ver a Whitman y a Thoreau. Están los tres recorriendo un campo y les azota la lluvia. Esa es la imagen que va ocupando mi memoria y con la que voy escribiendo. 

5

La primera vez que leí a Emily Dickinson sentí una especie de apesadumbramiento. Me abatí, me consterné. Creo que estuvo unos días sin tener verdadero asiento en la rutina. La buena poesía tiene esa función: la de apartarnos de lo que hemos sido, la de hacer que otro irrumpa, la de subvertir una parte de nosotros y extraer todo lo que de sensible tenemos. Porque leer a Dickinson es enternecerse, es comprender que la poesía es una herramienta de una precisión absoluta cuyo único fin (habrá otros, pero no interesan ahora) es permitir que aprendamos el agua por la sed y el éxtasis, lo dijo ella, por la agonía. Hay versos suyos que hacen que todo tiemble. El viento mece la hierba, la paz se revela por las batallas. Una vez leída con el bagaje de la experiencia, Emily Dickinson no apesadumbra, no abate, no consterna: iza, endulza, hace que sintamos un deslumbramiento, una punzada.

6

El primer libro que leí de Dickinson fue una antología que editó Pre-textos. Se llamaba La soledad sonora. No sé si tuve de ese libro una impresión ya duradera o fue calando con aplomo lento, como si precisara del concurso del tiempo y lecturas posteriores que aposentaran lo leído. 

7

Borges amaba la poesía de Dickinson, pero sufría por la persona que las escribió. De ella dijo que prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo que arrimarse a él y tomarlo. Entre temer y tomar dista una vocal, pero ahí, en esa pequeña contienda fonética, está el mundo. A veces las palabras poseen su propio vértigo e imponen un discurso del que no es posible zafarse: se dicen y se desdicen, se exaltan y se apaciguan, todo por hacer que conste su primacía, la absoluta verdad con la que se teje el mundo. Emily Dickinson debió amar las palabras más que a casi todas las cosas, si exceptuamos las flores. 

8

La cercaba el silencio y la soledad y sabía prescindir del verano y de la irrupción de la luz en la ventana al clarear el día: acudía a la memoria disponible y traía de vuelta el verano y la luz del alba. 

9

La nieve era piadosa. Ni pomposa ni retraída. Como el mar. Piadoso, el mar. Los pájaros lo sobrevuelan y hacen un derroche de prodigios con sus alas. Son testigos de algo que no se podrá saber nunca. Ellos lo cuentan en sus vuelos. Cuando el invierno ocupa el jardín de su casa, Emily Dickinson mide su fuerza y escribe un poema. Lo de los velámenes de púrpura mecidos con suavidad en mares de narciso no se podrá explicar tampoco. Nunca. Las palabras tienen su secreta intención. A lo sumo, cuando nos envalentonamos, alcanzamos cierto grado de comprensión, pero no se precisa siempre: cuenta más el desvarío, un andar descarriado entre las palabras, un no sentir y, al tiempo, saber que se ha sentido todo. Por eso Emily no se dificulta el camino de acceso a la belleza, a la suya y a la ajena: no se impone una escritura ardua, no trabaja hasta la extenuación el texto, sino que se deja ir, no adorna si no es preciso que haya una blonda o un adjetivo. Escribe para que la nieve exista. Para que el mar, el mar a lo lejos, pues ella sólo ve un huerto y un bosque un poco más allá, la roce y el rumor de las olas ocupe la música de las palabras. 

10

Hay que mirar como mira Emily Dickinson, podría decírsele a un poeta que comience a hacerse. Mirar como si una virtud escondida tuviese que ser rescatada en lo que mira. Como si las cosas que se nos ofrecen, por sigilosas y precavidas, precisaran un vuelco para que irradien la luz que no se advierte o para que el éxtasis de su contemplación irrumpiera de una manera nítida y pura. Pero quién tiene que decir algo a un poeta recién llegado. Emily Dickinson no fue contada, no se le hizo esa pedagogía, no tuvo con quién departir sobre las transparencias de la realidad o sobre las oquedades del corazón. Y escribió casi dos mil poemas. 




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