26.3.22

85/365 Ulises

 

 


 

Ya no quedan mástiles a los que atarse, ni hay sirenas de cuyo canto protegerse. Un poco a lo basto, sin precisión ni esmero, se le ha extirpado a la cultura su vocación mitológica. No hay sociedad que no se haya levantado sin que la tutelen o fustiguen los dioses de turno, los convocados para que la vida no sea un paseo hueco, sino una aventura épica o mística. También hemos retirado la épica y la mística. Hemos ausentado de nuestro quehacer la oratoria de la fe, acusa cada a la que mejor lo conforte. Siempre pensé que la victoria de Ulises sobre las sirenas funda una especie de predominio de la ciencia, apartando el influjo de lo etéreo, permitiendo por primera vez que la razón derrote al desatino poético de la religión, pero no es un triunfo que haya perdurado, ni siquiera se desea que ese triunfo borre la presencia de la poesía y de los dioses, la preeminencia del espíritu, con sus sirenas arrojando su canto maléfico, con su paraíso dulce y su infierno terrible. De Ulises me quedo con su perseverancia, con la certeza de que podrá volver a Ítaca, a pesar del rigor del mar y de las maldiciones del aire, sin que le haga flaquear la dureza de la travesía y el trasegar del tiempo. Ulises no se aplicó cera en el oído, consejo que dio Circe, aunque hizo que se la colocaran sus valerosos navegantes. Remad, no cejéis en el empeño, llevad la nave a casa, no permitáis que me desate de mi mástil, pudo decirles. Él la padeció, pero se mantuvo erguido, victorioso. No sé qué Ulises hay a mano para que su valor (su heroico deseo de regreso) cunda hoy en día. No tenemos sirenas, eso me apena más. Es el corazón el sacrificado. Las mejores historias son las que ponen a prueba nuestra credulidad. Todavía me pregunto qué canción escucharía el héroe, con qué artera dulzura atraerían a lis hombres a su abrazo. 

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