Qué delicia perderse en casa. No dar con los cubiertos, no saber dónde dejamos el ebook, si quedan licores en la despensa, si los cuentos de Cleever están en esa balda donde acabas de ver, en una distracción, el libro de haikus de un amigo. Esa fabulosa sensación de que nada nos pertenece y los objetos cumplen una secreta rebelión de la que tú eres el agasajado. La ocurrencia final, cuando el asombro ha dejado paso al pasmo, de que somos intrusos de nuestra propia vida. Que si hacemos escrutinio del corazón no sabremos reconocernos dentro. Que el mapa con el que a tientas avanzamos muta a cada travesía que emprendemos. Que todo es de una imprevisibilidad dulce y gozosa.
29.12.21
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Jazz / 19 / Tete Montoliú
Solía decir que cuando se miraba al espejo veía un pianista negro. También que prefería un músico con el que tocara del que supiera que era ...
-
Hace algunos años o algunos cursos (los maestros confundimos esas dos medidas del tiempo), escribí este cuento para los alumnos de sexto d...
-
Con suerte habré muerto cuando el formato digital reemplace al tradicional de forma absoluta. Si en otros asuntos la tecnología abre caminos...
-
El Circo del Sol es adictivo. Hoy al salir del Grand Chapiteau he pronunciado esa frase. La repito mientras escribo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario